Cofrades

Foro y Blog Semana Santa Sevilla


Fotografía de Manuel Jesús Rpdríguez Rechi.

 

Por TÍ, y por tantos hermanos y devotos, que en algún momento buscaron el ABRAZO en

tu CRUZ, a lo largo de estos cuatro siglos con nosotros.

 

El pregón se vuelve íntimo. Sólo Dios y yo entendemos de este acto. Ritual del nazareno que se desprende de su individualidad y pasa al anonimato colectivo. Entre evocaciones te aprietas las cintas de las alpargatas; rostros que pasaron te ayudan con primor a ponerte la túnica que un día te revestirá en el último viaje. Al ceñir el cinturón de esparto recuerdas las palabras de Juan Sierra: «experimenté todo el agobio de una reclusión en solitario abandono, que oprimía el cuerpo, pero enderezaba el alma, haciéndola hablar consigo misma... Se diría un muro seco y viejo que nos separaba de todo lo viviente». El cordón rojo anuda la medalla sin reverso, que ya descansa en el pecho; la papeleta doblada ocupa su sitio en el bolsillo. Y cierro mi mundo entre la tela del antifaz.

Por la calle, camino de la Iglesia «mi cuerpo negro pasea la claridad de mi alma», siguiendo sobriamente mi sombra alargada. Dos golpes secos sobre la puerta de Bailén. «¡Descúbrase, hermano!», me pide el nazareno que atiende el portón; tras cruzarlo el recorrido es inmediato: de rodillas ante el Monumento, refuerzo la alianza con Jesús Sacramentado que en los Oficios de la tarde habíamos renovado; en el coro, frente a los pasos, un breve diálogo con las imágenes que prepare el camino de ida y de regreso. Se escucha el recordatorio para la confesión.

El Hermano Mayor con sus palabras trata de infundir el espíritu de la salida deseándoles buena estación. A los pocos minutos la voz del secretario va desmenuzando la lista de la cofradía, y los nazarenos irán contestando «¡sí!», «¡está!», dirigiéndose al lugar donde se ubica el tramo mencionado. Ante la ausencia de alguno, habrá miradas, y algunas lágrimas saltadas. Faltan diez minutos para la salida.

Aumenta el recogimiento, los espartos aprietan cada vez más las túnicas. El eco de lejanos tambores nos anuncia que la Esperanza se ha hecho más grande. Los cirios se han encendido, las luces se están apagando. En el coro resplandece la lividez de la muerte entre la oscura caoba. Una voz manda a cubrirse y la Iglesia se torna en un negro bosque iluminado, que escucha la última meditación. Un áspero ruido de cerrojo anuncia la salida. La desnuda cruz arbórea avanza sigilosamente ante el silencio de la calle, al que contribuye la cortesía de Triana. En la plaza retumban los salmos penitenciales que el coro interpreta, mientras la tenue luz de los cuatro hachones ilumina levemente el interior de la Iglesia. Cuando el Calvario sale a la calle, hiela las conciencias: es verdad que ha muerto Cristo. La noche se convierte en mediodía con eclipse y bajo nuestros pies tiembla la tierra.

Ya se levantan los negros cirios. Tras las colas de penitentes, la blanca cera anuncia a la Virgen de la Presentación, que con su firme belleza alumbrada por la llorosa candelería nos transmite que en esa cruz se restaura el mundo, como Templo de Dios Profanado.

Cuando a la Campana llegamos, Sevilla ya se ha entregado a la plena Madrugada. La primera Esperanza se va derramando. Y siguiendo la estela de Ella, continuamos hasta la Catedral que, vacía y casi en penumbra, recoge el rezo templado del Padrenuestro de los costaleros ante el Santísimo, suave orar de convento entre celosías, que contrasta con el océano de clamores que levanta la realeza del palio macareno al salir a la plaza.

Es el punto culminante. Suenan salmos y aldabonazos admonitorios; pesa la madera en cuellos privilegiados; rachean las alpargatas, se oye el crujir de a caoba y hasta el gemir de los de espartos. Nunca, como esta noche, se ve que la catedral está hecha a la medida de la santa locura de los sevillanos. Que cuando aquellos canónigos pensaron en que por locos les tomaran estaban hablando en cofrade de crear este mundo de bóvedas y de ojivas, este bosque de pilares y este cielo de vidrieras que transparentan la luz de una remota madrugada. Tiene que estar Dios aquí, es necesario. Se le ve en la madera crucificado, se le sabe en el Sagrario resguardado. Christus factus est, canta el sochantre, y bajo las túnicas todos sabemos que es cierto y la fe -como las quietas llamas de los cirios- conoce en la Catedral, de madrugada, un instante de firmeza que ningún viento de duda puede agitar.

Ha vuelto el mundo en la plaza. Aprieta el frío de la noche que agoniza. Buscamos el Postigo en el que el gentío se aglutina ávido de Esperanza. Al entrar en Castelar la cofradía pisa tierra suya, atraviesa silencios y oscuridades que de año en año le aguardan. Hay una multitud quieta, callada, que sólo la luz de los nazarenos ilumina. Cuando la cruz levanta en Molviedro, ordenada y progresivamente los cirios se alzan como manos llameantes que elevaran sus plegarias. En la plazoleta Jesús Despojado y su Madre nos esperan como ejemplo de cristiana correspondencia. Es aún noche cerrada, pero cuando el Cristo gira hacia Zaragoza un cielo azul se despliega sin ruido, súbitamente, despertado por la cálida luz de roja aurora que el palio de la Presentación irradia en Castelar. Van entrando los nazarenos y en la parroquia la cofradía sigue formada, mar negro y afilado de capirotes vueltos hacia el coro desierto, esperando la llegada de su Cristo de amor muerto y de su Virgen agotada por tantos corazones resueltos. Cansancio, lívidos amaneceres muertos, colores marfileños, canto de pájaros, escalofrío de amanecer que sigue a una noche sin sueño. Entra el Calvario en la Magdalena mientras la Madre de la Presentación, en San Pablo, enciende el firmamento.

La iglesia ya no es mar, sino bosque de cipreses negros sobre el que amanece cuando el palio se encaja en la puerta, y que se hace día de fe y de amor cuando atraviesa las filas de hermanos buscando a su Hijo, que la aguarda en el coro. Sólo nosotros conocemos ese silencio, esa cofradía aún viva en el estertor de la estación de penitencia; hasta que con voz amortiguada e interior por el antifaz aún puesto, rezamos por los hermanos muertos. Entonces una voz nos dice: «Hermanos, pueden descubrirse. Hasta el año que viene si Dios quiere». Y el bosque de cipreses parece desplomarse de repente, cuando nos quitamos los capirotes que dejan marcada la frente. Se respira hondo, se traga saliva para pronunciar la primera palabra de enhorabuena o de aliento, hay abrazos de alegría por la feliz estación de penitencia. Sevilla recién amanecida nos espera, angustias y esperanzas nos llaman. El nazareno negro, andando solo, de prisa, silencio de pisar de alpargatas, elegancia de la cola recogida al brazo, alguna lágrima de cera sobre el ruán y alguna salada corriendo bajo el antifaz, triste por lo acabado y feliz por lo cumplido, confortado por el seguro y pronto reencuentro con su imagen y con sus hermanos, entona su canto a Sevilla bajo el antifaz:

Haz, Señor, que el año que viene vuelva a acompañarte. Que sea digno de vestir esta túnica, y que si otras manos la han de coger antes de que el tiempo esté cumplido, haya sido mi vida ofrenda de amor a tus plantas presentada, cruz alzada, luz de cirio que te alumbra, bocina que te proclama, cirial que te anuncia, incienso que te bendice, túnica que a todos proclama mi filiación nazarena. Escucha Señor esta oración del nazareno, dicha por miles de bocas, sentida por miles de corazones, todos uno en el amor, sin diferencias. Escucha, Señor, lo que te va a decir Sevilla, dentro de una semana. No es la oración pura de la fe. Tal vez tampoco la oración pefecta del mandato de amor hecho caridad. Escucha como te bendecimos por habernos dado a Sevilla y como bendecimos a Sevilla por habernos enseñado a amar así a Dios. Escucha, Señor, la oración de amor de nuestra Semana Santa.

 

PREGON DE JUAN CARLOS HERÁS SANCHEZ

29 DE MARZO DE 1998.

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Comentado por trompeta-sangre en febrero 28, 2011 a 8:47am

Precios el trocito de pregón tan maravilloso que hoy nos traes, es normal que tan maravilloso crucificado nos lleve a la reflexión y una cofradía ejemplar nos animen a este maravilloso texto.

Un besazo enorme.

Comentado por Jose Mari Murillo Del Campo en febrero 27, 2011 a 11:11pm

Me quedaría corto si tuviese que describir lo que he sentido línea tras línea. Lo más precioso cuando año tras año los cuatro zancos tocan tierra en Molviedro.

Para mi la Hermandad más perfecta de la Madrugá.

Un Saludo !!

Comentado por concapaysombrero en febrero 27, 2011 a 10:32pm
Es una de las primeras imágenes que conocí el Sevilla, no lo he visto en la calle pero tiene que ser impresionante, una pequeña gran hermandad de la noche mágica de la madrugá. y el Cristo es quizá la imágen más clásica de crucificado sevillano. un saludo
Comentado por INMA R.G. en febrero 27, 2011 a 12:10am
Para mí el Calvario es una Hermandad imprescindible, ningún año dejo de verla, me encantan tanto el Cristo como la Virgen. Mañana estaré en su besapié y espero sacarle alguna foto buena para la veas. Un beso Loli.
Comentado por Antonio Barrera Repullo en febrero 26, 2011 a 6:21pm
precioso trozo de pregon, que le dedico a la Hermandad del Calvario, que se vea por donde se vea, siempre es impresionante, aunque a mi me gusta mas por la amanecida, desde el Arco del Postigo hasta la entrada, bellisima con todos los trinos de los pajaros en el alba del dia, y si es po Molviedro, la imagen parece de otros tiempos, precioso....  besitos

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