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ASÍ SENTÍA Y RECORDABA, EL FUNDADOR DE LA COFRADÍA "VIRGEN DE LA CONSOLACIÓN Y CORREA EN SUS DOLORES" (hoy Cofradía de la Buena Muerte y ...), LA PRIMERA ESTACIÓN DE PENITENCIA.

"UN VIERNES SANTO”, publicado en 1929 en una revista agustiniana; o  “UN AÑO HA”   -que dedicó a los Señores doña Felicidad Mora de Rey, y don Carlos Rey Schule- escrito en Huelva, en marzo de 1923, con leves diferencias en el texto.

"En medio de la Iglesia de Madres Agustinas de Huelva y justamente bajo el primer arco toral del presbiterio, se alzaba la hechicera imagen de María sobre un modesto, pero artístico PASO. Terminó el tradicional y piadoso ejercicio de las TRES HORAS y, al salir del templo, algo así como un desconsuelo impaciente apoderose de las multitudes que ardían en ansia de ver en la calle a la nueva Hermandad de la Nuestra Madre de Consolación en sus Dolores, constituida por alumnos y exalumnos del Colegio de los Padres Agustinos.

       El cielo, oscurecido en demasía, y el aire, en calma poco tranquilizadora, auguraban la próxima lluvia que, en efecto, a los pocos segundos empezó a caer en menudas y frías gotas. Y en este preciso instante llegó al cancel de la iglesia de las Monjas y entró en el templo, empujada por el temporal, la masa vistosa de los Nazarenos de la Consolación.

La llovizna se iba transformado en chubasco; el viento silbaba con lúgubres intermitencias; las gentes, en franca huida, buscaban un refugio en los portales vecinos, y las palmeras de la plaza próxima crujían en descompasado vaivén. ¡Pero de repente lluvia y viento cesaron, y sin que mediara orden alguna, sin que nadie se preocupara de lo comprometido del caso, salió del templo la cruz de guía, cruz fabricada con las tablas del lecho en el que, no hacía mucho, una madre joven y centro de un hogar feliz había entregado su alma de Dios! ¿Y después? ¡Oh! Nadie esperaba aquello; aquello que hacia gemir; aquello que hizo saltar lenta, vibrante y en medio del silencio más profundo la siguiente copla.

como garrote sangriento,      

se alza una cruz en la altura,

y en esa cruz posa el viento

el tiernísimo lamento

de una Madre sin ventura. 

 

Y aquello fue la visión de algo que, por su novedad, sencillez y grandeza ideológica, producía en el alma el escalofrío de lo sublime; ¡el Paso de Ntra. Madre de la Consolación en sus Dolores!

Sobre un monte de rojos peñascales, y entre pitas y chumberas enanas y algunos morados lirios, abrazados por tiernos vástagos de hiedra y zarzamora, se yergue una cruz, de cuyos brazos pende, al desgaire, una sábana cuya finura llega casi a la transparencia. En esa cruz se ven tres clavos muy grandes y negros, y el pie de ella, una corona de espinas, un martillo, unas tenazas, unas cuerdas … y una mujer divinamente hermosa, cuyo dolor, imposible de valuar, se pinta en la suave contracción del entrecejo, en el rojo encendido de los párpados, en el llanto abundoso que baña las mejillas eburneas, en la suprema melancolía de unos ojos dulcísimos, que, ligeramente velados por las lágrimas, se posan con mirada interrogadora en lo alto de la cruz. Pero, sobre todo, se dibuja la pena inconmensurable de un corazón, que sólo pide amores, en la boca; en aquella boca, -que a no dudar tallaron los querubines-, entreabierta, bellamente proporcionada y de labios finos, en los que el carmín reflejo de la vida, se mezcla con las sombras de ese azul amoratada, de reflejo del dolor.

      ¡Qué sencilla iba la Virgen! ¿Qué suprema distinción se notaba aun en los más pequeños detalles de su indumentaria ¡¿Qué dolor más grande y más sereno y más de Madre de Dios en su actitud?! La toca blanca y sutil que encuadra su rostro agraciado; y el manto oscuro, que cubre las formas elegantes caídas; y el cinturón y el peto y la saya y las joyas y cuanto lleva de exorno,- que dentro de la riqueza, da la sensación de lo distinguido sin exuberancias,- prestan a la imagen de María tal encanto, tan sugestiva atracción de cariño, que el público acogió la presencia de la Madre con atención religiosa, con ternura exquisita, y con amor tan marcado, que revelose inmediatamente en el gotear de las lágrimas y en el murmurio de los rezos

        Madre de inmensos dolores, y Madre todo consuelo, ¿Por qué diste a los traidores la fuente de tus amores, tu vida, tu luz, tu cielo…?

       Cuando la lluvia que había cesado, comenzó a caer, cernida, sí, pero abundante y molesta. El viento frio azotó los rostros y movió la sábana de la cruz y la toca y el manto de María, y apagó los cirios, y se coló almas adentro, y, adueñándose de todo y de todos, hizo más viva y emocionante, más real y aflictiva la escena del Gólgota, cuyo retrato iba en las andas. Y aquellos niños agustinianos,- algunos de muy corta edad- que llevaban a su Virgen tan hermosa; que veían a las almas asomadas a los ojos y opresas y rendidas por la admiración y el entusiasmo; aquello Nazarenos de la Consolación, que daban a conocer enérgicamente lo que puede la voluntad, puesta al servicio de un amor santo, no se acobardaron ante la lluvia y no volvieron, por impulso propio, y el corazón rebosando alegrías, prosiguieron su marcha, serenos e imperturbables, valientes y magníficos , arrastrando en pos de si, con una lentitud casi heroica, a su Madre adorada, a sus profesores, los Padres Agustinos, que inconscientes y conmovidos les siguieron empujados por idénticos amores; a la Banda de Música que tocaba sin cesar, y al público todo que recibió el chubasco y la flagelación del aire gélido con el más religioso estoicismo. Y cuando la cabeza de la procesión, rebasando la calle de Vázquez López, entró en la plaza de las Monjas; y tendieronse los penitentes a lo largo de ella en correcta alineación y cesó la lluvia por completo y un desgarrón de nubes abrió en el cielo pequeños ventanales azulinos; y el viento, convertido en brisa, acariciaba rostros y espíritus con efluvios de primavera; y los árboles cercanos se poblaban de susurros; y la oscuridad de abajo era suave y misteriosa, como la de un atardecer melancólicamente poéticos; y la Virgen llegaba a la altura del Gobierno Militar dejando como rastro de gloria, bendiciones y lágrimas… el Paso lentamente dio una virada soberbia, y paró en seco delante de un balcón de la casa nº 3.

       Lo que entonces sucedió fue algo indescriptible. El público diose cuenta inmediatamente del hecho y una corriente enérgica de compasión, partiendo de lo más hondo de las entrañas y domeñando inteligencia y voluntad, salió por los ojos, convertida en lluvia. Hombres, mujeres, niños, ¡todos! Se dejaron dominar por ella. Cesó la música, cesó el murmurio de los rezos; cesó el ruido de las pisadas: y hasta el aliento se contuvo, cuando una Saeta, saltando voladora de una garganta que pugnaba por ahorrar un sollozo, vino a hundirse en el corazón, acariciándole hasta la congoja.

        Al pie de la cruz sombría vuelves a estar, Madre mía, para renovar tus penas … ¡huye! Que están ya muy llenas las horas de tu agonía.

       Pero la Madre no huyó ¡Cómo! ¡Siendo Madre! No podía huir. Necesitaba dar riendas sueltas a sus consuelos, necesitaba sancionar sus hijos, aquellos hijos que veía agrupados en torno suyo, conmovidos y entusiasmados inmóviles y absortos.  Y María, sobre el monte que el cariño había cubierto de flores durante la carrera, ya no miraba a la Cruz ¡miraba … al balcón!  Miraba a unos padres que, arrodillados, se deshacían en gemidos; miraban a unos cristales que los vahos de unos pulmones fatigosos empañan ligeramente, miraba a un pobre niño, a un alumno agustiniano de ojos grandes, hundidos y tristes, de rostro alargado y clorótico, de labios blancuzcos que se movían en silenciosa plegara; a un niño que trabajosamente se alzó del asiento y calló de rodillas implorando la salud. Los ojos de las excelsa dolorida Madre y los de Adolfito Rey se fundieron en una suprema mirada de ternura; y cuando se contaron perna y amores, amores y penas que son el tributo de la vida humana; cuando se dirigieron todo lo que la plétora de dolores había escrito en sus almas para no borrarse más, María volvió a mirar al patíbulo, obsesión perpetua suya desde las horas plácida de Belén, y llevada en triunfo por sus Nazarenos, que no se hartaban de quererla por dolorida y consoladora , se fue a ocultar en su templo…

       La lluvia, retenida unos minutos, desatóse torrencial y bravía; y la muchedumbre, impresionada aún, oyó allá muy lejos, como supremo adiós, como supremo grito de esperanza como aspiración suprema de consuelos, la cantiga postrera, que en alas de una Saeta buscaba el corazón de una madre para elevarse en él. ¿Oh Virgen consoladora, tan bella, tan dolorida! ¡Llora, Madre mía, llora! Que ese tu llanto atesora para nosotros la vida.

Sí; ¡La vida! La vida que tornaba para Adolfito Rey en suave y amorosa convalecencia; ¡la vida que tornaba a los campos resecos en lluvia mansa y copiosa…! 

  1. GILBERTO BLANCO

Nota. - Un sacerdote americano, pasando por Huelva de viaje, depositó en el convento de mm Agustinas, - para recogerla al tomar a su país- la bellísima imagen de Nuestra Madre de la Consolación en sus Dolores. La Monjas la tomaron tal cariño devoto y tanto suplicaron y lloraron cuando se la reclamó el sacerdote que éste por fin se la donó y además les costeó el hermoso altar en que hoy venera – así lo dice la tradición … o la leyenda".

 

Fuente: BLANCO ÁLVAREZ, Gilberto. [“Un Viernes Santo”. Revista Vergel Agustiniano. Año 1929. Pgs. 108 a 114] y [en texto mecanografiado.  “UN AÑO HA”   -que dedicó a los Señores doña Felicidad Mora de Rey, y don Carlos Rey Schule- escrito en Huelva, en marzo de 1923]. A.P.A.C.

 Siendo los dos textos prácticamente iguales, la diferencia entre el artículo de 1923 y el de 1929 estriba en que, en éste, se abre el relato con la imagen del Cristo de la Buena Muerte que se integró en la cofradía en 1927 quedando conformada desde entonces, con dos pasos. Sin embargo, Fray Gilberto, no estando ya en Huelva, publicó el artículo (de1923) en 1929,  enmarcado con los dos titulares que la evolución de la Hermandad determinó. Adecuo lo nuevo, a lo que fue su creación, trayendo a colación  delicados recuerdos. Y es que los recuerdos que impregnan el alma,  permanecen siempre y se evocan con la misma naturaleza emotiva e incluso mayor que en su origen, como reacción natural de retención contra el olvido. Y en esta sensibilidad, el fundador de la hermandad fue extraordinario. La publicación de 1929 se cierra con la hermosa imagen de la Virgen que aquellos niños -los penitentes azules- acudían a recoger a la Iglesia de las Madres Agustinas sobrecogidos por la emoción,  para realizar la salida. Y es que, como decía un poeta (W. Wordsworth) y cabe aplicarlo aquí, “la belleza siempre subsiste en el recuerdo”.

         La prensa local recogió durante años la salida de esta Hermandad siendo una fuente de admiración y cariño al fundador y en general a los Padres Agustinos de Huelva.

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