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En la inmensa ofensiva conducida contra el Cristianismo hay algo bien diverso del banal anticlericalismo e incluso de odio a la Iglesia como institución.

En la raíz del movimiento que parece llevar al mundo contra la religión, hay un pensamiento, una concepción del hombre esencialmente opuesta a la que ofrece el Cristianismo.

Aparecen los nuevos ateos. Yo le opongo mi indiferencia, porque lo contrario sería tanto como agradarle su corta inteligencia.

Los nuevos ateos. ¿No conocen acaso que esa enorme corriente del pensamiento moderno, no es más que el término que propuso desde sus comienzos la rebelión de la inteligencia humana?: la eliminación de lo sagrado, la negación de Dios.

Es en definitiva el credo en que coinciden cuantos piensan avanzar en el sentido de la historia y trabajar por el progreso del espíritu del hombre. ¡Como dudar de que así es cuando el materialista Le Dantee afirma en su libro con un título tan programático “Ateismo”, la frase digamos de fe tan invertida: “Soy ateo porque no creo en Dios; y no creo en Dios porque soy ateo”.

En esta frase se resume la inconsistencia de aquellas teorías que hoy entran en la frase despectiva de decimonónica.

El progreso de la irreligión en los espíritus, en las instituciones, en las costumbres, durante todo el siglo XIX y después en el siglo XX, hasta llegar al siglo XXI, es un hecho evidente, innegable: nadie piensa en negarlo. Pero, ¿se sigue de ello que refleja todo el clima de nuestro tiempo? No. Porque si para una extensa y creciente humanidad, Dios parece verdaderamente muerto, también para muchísimas conciencias ese Dios sigue siendo el Camino, la Verdad y la Vida.

El Cristianismo se mantiene firme frente a las resistencias que le opone el ateismo, unas veces, y el espíritu laico en la mayoría, que actúan de forma incansable. Es el enfrentamiento continuo de una sociedad que antepone el progreso material a los problemas de orden humano. ¿Haría falta mayor explicación ahora? Ambición personal frente a las necesidades humanas.

El espíritu laico. ¡La guerra entablada entre nosotros no está en los caminos, sino en la escuela! -grita el laico Clemenceau a sus adversarios. Y Viviani, otro laico, reconoce: “La neutralidad es siempre un engaño”. Finalmente uno de los grandes dirigentes del laicismo escolar, Ferdinand Buisson, llegó a hacer esta manifestación al menos sospechosa: “La escuela debe ser laica en su doctrina”, es decir, ¡no solamente de hecho!

Se puede concluir que las más graves discusiones sobre el laicismo versaran siempre sobre la cuestión de la escuela y de la formación de la juventud.

El humanismo ateo no es una innovación, como tampoco lo son las doctrinas irreligiosas. Nació y se desarrolló con la revolución de la inteligencia. La Revolución francesa formuló su doctrina y presentó también formas aberrantes. Desde entonces, no ha dejado de ganar terreno. Todas las corrientes de pensamiento que rehúsan la fe proceden de él.

El hombre, dios para el hombre… Augusto Comte soñó con edificar todo un sistema religioso sobre esa frase. Renan habló de la humanidad divina. Berthelot proclama la glorificación del hombre y Haeckel se expresa de manera tan burda que hace reír “El secreto de la teología es la antropología; Dios, es el hombre que se adora a si mismo; la Trinidad, es la familia divinizada”.

Paradójicamente, la glorificación del hombre corre paralela a su degradación secreta y muy pronto a su radical negación. ¿La persona humana en que se convierte en el sistema establecido por la técnica, en el que, dependiente del automatismo de la máquina, el trabajador queda aún más reducido al standard mientras que, en lo restante de su existencia, está sometido a presiones cada vez más pesadas, ejercidas todas contra su libertad?.

La época del humanismo ateo triunfante es también aquella en que surgen sobre el horizonte del mundo los peligrosos monstruos totalitarios, con sus métodos infalibles para reducir al individuo a la esclavitud de la colectividad y aniquilar lo que el hombre tiene de verdadero; la ocasión y el derecho de realizar un destino personal.

Esta doble evolución se acelera a partir de 1.918 de manera terrorífica y llegará el día en que de labios de testigos de la época fluya esta amarga sentencia: “Dicen que Dios ha muerto; tal vez el hombre ha muerto con él”.

El humanismo ateo va mucho más lejos. No se contentará con decir: “Dios no existe y toda religión es absurda”; querrá hacer de manera que sea así. Ya Prouldhon hablaba de un antiateísmo. Para que el hombre sea dios es necesario que no haya Dios: la conclusión es de una lógica imperiosa. Dios sentido como obstáculo decisivo para el cumplimiento del hombre, como una barrera que hay que romper para llegar a ser uno mismo, para ser verdaderamente libre, tal es el cumplimiento de todos los positivismos, de todos los materialismos, de todos los evolucionismos, de todos los cientismos.

Dos grandes pensamientos han determinado esa evolución final, absolutamente diversos el uno del otro, pero, en fin de cuentas, complementarios: el de Karl Marx y el de Federico Nietzsche.

Estas doctrinas no se quedan en los linderos abstractos del pensamiento puro: penetran en la conciencia y hasta en el inconsciente.

“La ciencia es una religión” dejó escrito Renan. Esta nueva fe, nacida durante el siglo XIX, no deja de desarrollarse. Pero cuanto más se afirma ese progreso, tanto más se acentúa su deformación. Estamos ante el cientismo. Embriagado con sus triunfos, el hombre hace un ídolo de la ciencia, en torno al cual se ordena verdaderamente esa Religión de la que hablaba Renan. Solo la ciencia está en condiciones de revelar toda la verdad al hombre; solo ella le enseña a comportarse; solo ella funda la sabiduría. ¡Ya no se cree en los filósofos! lanzaba Nietzsche, pero si en los sabios.

Hasta aquí podemos englobar a los ateos en su doble vertiente positiva y negativa. La mayor de la veces podemos definirlos como ateos raros porque podemos preguntarnos: ¿existe realmente el ateo total?
Hay también un cristiano raro, hay quienes los engloban en el ateísmo práctico, aquel del que tan exactamente dijo Jules Lagneau que consiste “no tanto en negar la verdad de la existencia de Dios, cuanto en no querer realizar a Dios en los propios actos”.

Hay una incredulidad de los pretendidos creyentes que consiste en no vivir, en las circunstancias cotidianas, en las relaciones sociales, la fe en que cada uno se dice adicto. La dicotomía que divide a la existencia en dos partes, una en la que se cumplan más o menos los gestos religiosos, y otra en la que se actúa fuera de toda norma cristiana, es una actitud burguesa cada vez más difundida. Y también refleja la gran deriva lejos de Dios.

Hoy, a la cegadora luz de los acontecimientos, numerosos espíritus han renunciado a semejantes ilusiones. Hemos sabido que la ciencia vale lo que valen los hombres y nunca nos ha parecido de más actualidad la famosa frase de Rabelais: “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”.

Debo concluir con Giovanni Papini. Los que niegan a Cristo -porque para admitirle tendrían que negarse a si mismos- han inventado hace mucho tiempo, un pretexto, una razón docta: no han dicho nada nuevo. Sus palabras se encuentran en Oriente y en Occidente siglos antes.

Hablan de la barredura y les parece magnificencia. Roban las palabras y las repiten sin ninguna inteligencia. Al final los ignorantes lo admiran y los necios lo respetan.

Me quedo con los versos de un ateo que al menos cuando lo escribió se quedo con la necesidad de Dios.


Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas.
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulza noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.

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Comentado por El amurallao en noviembre 11, 2009 a 8:59pm
Acabo de asistir a una estupenda conferencia de Manuel Rodríguez Hidalgo, director de Pastoral de la hermandad de San Benito, sobre la religiosidad en Sevilla. El pueblo andaluz creyente conjuga sin problemas razón y Fe en su devoción a las imágenes sagradas. Es un don que los católicos hemos recibido de Dios y que siempre estamos dispuestos a compartir con cualquier persona. Eso nos da fuerza y felicidad, al tiempo que nos aleja de la soberbia. ¿Vamos a preocuparnos por un vociferío insustancial? Mejor disfrutemos de este otoño espléndido visitando las iglesias con nuestras Vírgenes, vestidas de luto ante la estupidez dominante, de acuerdo, pero siempre maravillosas y llenándonos de vida. Dios nos espera, ¡qué suerte sentirlo!
Comentado por Manuel en noviembre 10, 2009 a 12:35pm
Maria Antonia esplendido tu blog. Me quedo con todo pero debo resaltar estos párrafos:
Hablan de la barredura y les parece magnificencia. Roban las palabras y las repiten sin ninguna inteligencia. Al final los ignorantes lo admiran y los necios lo respetan. Realmente grandioso. Saludos.
Comentado por carlos quintana benito en noviembre 9, 2009 a 8:12pm
Maria Antonia has estado grandiosa,la fe es un don ,y como don ,no todo el mundo disfruta de ella.Pobres hombres sin fe ,que niegan lo innegable.
Ya hubo una epoca aciaga en España, que estos mismos pretendieron quemar a Dios.
Craso herror,Dios esta sobre todo y sobretodos.Viva Dios en sus angeles y en sus santos
Comentado por MANUEL en noviembre 7, 2009 a 8:08pm
Muy interesante entrada M.Antonia...Te voy a contar mi experiencia personal.Verás,por mis estudios universitarios,estudié Filosofía,he visitado todos recovecos de la historia del pensamiento universal.Me han convencido muchos sistemas,lo epicuros griegos,los escépticos,Platón,Kant,Schopenhauer,Niezche,el Budismo,el existencialismo,el estructuralismo,el positivismo,el psicoanálisis...¡Qué se yo...!..No he encontrado ningún sistema tan totalizador y envolvente como el Cristianismo...Por su elevadísima moral,por su doctrina profunda y comprensiva de la condición humana,por el depósito de la fe,por la doctrina de la Iglesia,por sus liturgias,ritos y procesiones...Desde niño descubrí esta profunda revelación y en ella estoy mejor que en ningún sitio...Saludos.

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