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Avatares histórico del Señor de Sevilla Reedición

Avatares históricos de una imagen universal modelada por la devoción y el  tiempo.

El amanecer del 9 de mayo de 1620, sábado, nacía el rostro de Dios a la  ciudad de Sevilla. Eran días de Pascua Florida, de esplendores sacramentales, y  algunos de los oficiales de la cofradía del Traspaso, sin poder reprimir su  impaciencia, se presentaron muy temprano en el taller de maese Juan de Mesa, en  el barrio de San Martín, para ultimar los preparativos y disponer todo lo  necesario para trasladar una imagen del nazareno con la cruz a cuestas hasta su  capilla del convento del Valle, intramuros de la Puerta Osario. Antes de que los  gallegos tomaran su carga –primeros costaleros del Señor de Sevilla–, el maestro  escultor y el alcalde de la cofradía, llamado Alonso de Castro, firmaban la  cédula que formalizaba la entrega de la imagen que habían encargado algunos  meses antes, una más de las muchas que en aquellos años de efervescencia  postridentina salían de los talleres de los grandes imagineros que coincidieron  en tiempo y lugar en la Sevilla del Siglo de Oro. Una imagen de San Juan  Evangelista completaba el encargo realizado al escultor cordobés, que recibió  2000 reales de las arcas de la cofradía a cambio de tallar la faz de  Dios.

Lo que no podían ni imaginar aquellos hermanos es que ese Nazareno de  tremenda zancada, que aún olía a madera y trementina, estaba llamado a  convertirse en el rompeolas devocional de tantas generaciones de sevillanos.  Entonces era sólo “una imagen de Jesús con la cruz al hombro” que al año  siguiente salía por primera vez sobre un rudimentario paso en la tarde del  Viernes Santo, acompañado de un exiguo cortejo en el que formaban cofrades de  luz y de sangre que vestían túnicas blancas y moradas y azotaban sus espaldas al  sol de la primavera sevillana.

¿Pero, cómo era el rostro que vieron aquellos hermanos que visitaron a Juan  de Mesa el 9 de mayo de 1620? Las vicisitudes de su historia aún no habían  ejercido de escultores, ni habían dotado al Señor de esa extraña terribilitá con  la que ha llegado hasta nosotros; los besos y el cuidado –a veces  contraproducente– de sus cofrades aún no habían convertido sus manos y sus pies  en reliquias sagradas ni su rostro en un pozo hondo y oscuro de dolor.

ICONOGRAFÍA MISTERIOSA. ¿Tenía aquel Nazareno la cruz al  hombro tal y como hoy la contemplamos? ¿O quizá la portaba en vertical como el  Señor del Silencio? El testimonio del beato fray Diego José de Cádiz modifica la  iconografía habitual del Gran Poder en el prólogo de la novena que escribió para  sus cultos. Según el gran propagador de la devoción a Jesús del Gran Poder, “la  Cruz la lleva, no por el estilo común de las imágenes de Jesús Nazareno sino en  ademán de abrazarla amorosamente, de modo que, puesto el mástil o cuerpo de ella  delante, descansa por debajo de los brazos sobre el hombro diestro del Señor  quedando casi toda derecha”. Lo que no podemos saber aún es si aquella fue su  primitiva iconografía –la que ideó Juan de Mesa– o se trató de una costumbre  pasajera adoptada por los cofrades del siglo XVIII. Ningún testimonio gráfico  parece apoyar esta teoría, tan sólo un antiguo agujero en el lado izquierdo de  su pecho podría haber servido para apoyar la cruz en posición erguida. En  cualquier caso, el conocido grabado de Josef Braulio Amat, fechado en 1784,  presenta al Gran Poder en su altar de cultos llevando la cruz de manera similar  a como lo sigue haciendo hoy en día, dejando la descripción del beato como un  enigma para la historia.

Lo que sí es seguro es que el primer Gran Poder tenía  un rostro terso y sereno, con nítidos regueros de sangre y una corona de espinas  de fresco color verde de la que emergían espinas de madera. Pero el tiempo  pasaba y la hermandad del Traspaso ya se había convertido en la cofradía del  Señor del Gran Poder. Se sucedieron los traslados de sede y el Nazareno  desembarcaba en San Lorenzo en 1703. Para entonces, la fe y el cariño de sus  devotos ya comenzaba a modelar un rostro inmarcesible. Jesús del Gran Poder ya  pertenecía al alma de Sevilla; se había convertido en el brocal más ancho de sus  ausencias y sus alegrías.El Señor ya necesitaba de reparaciones y el escultor  Blas Molner repara la corona de espinas en 1775. Sólo tres años después se  interviene sobre uno de los pies. Paralelamente las sucesivas reformas de la  capilla de San Lorenzo aumentan su tamaño y suntuosidad a la vez que crece el  número de devotos que se acerca a las plantas del Nazareno. La reforma más  importante de este espacio llega en 1897 y le otorga su fisonomía definitiva. En  aquella ocasión se habilitaron las dos puertas para subir y bajar a adorar al  Señor, que ya debía recibir el contacto directo de los fieles desde muchos años  antes, besando ese consumido talón derecho y unas manos y pies descarnados por  la devoción que ya forman parte de la naturaleza más intocable de la imagen.

A ese contacto se pudieron unir, desde muy antiguo, algunas deficiencias en su  conservación. Serrano y Ortega, en su Noticia histórico artística de la imagen  de Jesús Nazareno que con el título del Gran Poder se venera en su capilla del  templo de San Lorenzo de esta ciudad ya lo apunta al referirse a las reformas de  la capilla de 1897: “Otra de las mejoras ejecutadas en el referido camarín fue  la de cerrar el muro del fondo, obstruyendo así una ventana bastante practicable  que en esta pared tenía, que, a más de no ofrecer ventaja alguna para la vista  del Señor, ofrecía el inconveniente de que en el estío, dada su posición,  recibiendo por largas horas los rayos del sol, caldeaba mucho el referido lugar,  cosa que no hacía provecho alguno a la escultura”.¿Podría ser ese caldeamiento  del camarín del Señor al que aludió Joaquín Cruz Solís en la exposición de los  trabajos de restauración? ¿Pudo estar expuesto el Señor el Señor a una agresiva  iluminación eléctrica que calcinó su rostro? ¿Alguna receta priostil  para su limpieza convirtió su encarnadura en llago de dolor? Serrano y Ortega  también alude a la especial idiosincrasia de la escultura al señalar que había  tenido "la incomprable suerte de que no se haya restaurado desde que saliera de  manos de su autor; por lo tanto no ha sido embadurnada con pinturas y barnices  como otras inapreciables obras, conservando asi la pátina de muchos años, que al  par de avarolarla artísticamente aumenta su interés por el color y tonalidad que  le va imprimiendo en el tiempo". Lo que está claro es que los cambios de la  imagen han sido imparables desde que la fotografía se convierte en notaria de la  realidad. 

Otro magnífico y válido fotomatón para conocer esa evolución es la larga  colección de retablos cerámicos que pueblan zaguanes y fachadas y otros  hallazgos, como la valiosa fotografía mural de la bodega Los Claveles (¿años  60?) en Los Terceros, que nos muestran un rostro mucho más claro y menos  lacerado que el que presentaba antes de ser restaurado.Viajando por esas  antiguas fotografías –el Señor vestido con sus túnicas bordadas, antes que la  hermandad asumiera el minimalismo de la túnica lisa y morada inspirado por  Gestoso– se puede ver un rostro ya marcado por las gubias del tiempo y la  devoción. Algunos regueros de sangre, hoy reaparecidos, son entonces visibles  aunque en estas placas no es posible calibrar los pequeños cráteres en la  encarnadura que se acabaron convirtiendo en parte indisoluble de la estética de  la imagen. Pero eso había sido antes de que esos peculiares desprendimientos  amenazaran con tragarse la faz que habían conocido tantas generaciones de  sevillanos.

Sigue el deterioro. Avanzaba el siglo XX y el Señor seguía  cambiando por dentro y por fuera. Su cuerpo cada vez tenía menos fuerzas para  soportar la cruz sobre sus hombros. Mediaban los 70 y la hermandad ya no podía  posponer más una intervención que remediara los males de una imagen que,  paradójicamente, se había convertido en una peculiar víctima de la inmensa  devoción que despertaba; cualquier cuestión relacionada con su rostro quedaba  aparcada sine die.

Los recuerdos del fallecido hermano mayor Rafael Duque del Castillo en su  libro Apuntes para la historia de la Hermandad del Gran Poder son la mejor guía  para conocer las circunstancias que rodearon la pretendida restauración que  acabaría convirtiéndose en un desgraciado hito en la historia material del Gran  Poder. En la salida de 1976 se llegó a un punto de no retorno: “una de las manos  de la imagen se desprendió del travesaño de la Cruz a que se abraza y el brazo  cayó a lo largo del cuerpo”.

Duque reconoce sin ningún tapujo que el cuidado del Señor  no había sido siempre el mejor: “Uno de los dedos, reparado anteriormente por  esos procedimientos rudimentarios, se desgajó y vino a caer a los pies. En  solución de emergencia se vendó la mano mutilada para colocar de nuevo el brazo  en la postura habitual de abrazar la Cruz”. Los dedos desprendidos fueron  reparados por José Rivera, que realizó un trabajo impecable. Pero ya no cabían  más soluciones provisionales. Había que actuar a fondo. Los hermanos del Gran  Poder, después de recabar los preceptivos informes, acabaron decantándose,  apoyados en una innegable buena voluntad, por la peor opción y confiaron a  Francisco Peláez del Espino la restauración del Nazareno en cabildo general  celebrado el 29 de marzo de 1977.

Lejos de solucionar el proceso de deterioro que iba mermando la salud del  Gran Poder, la solución Peláez se basó en la introducción de un esqueleto  metálico en el interior del Nazareno para, pretendidamente, fortalecer su  estructura. Esta simplista teoría iba en contra de toda ley artística y se iba a  convertir en un auténtico cáncer para el Señor. A la salvaje actuación que  supuso el serrado de la imagen –en los ambientes artísticos se decía que Peláez “ha cortado al Gran Poder en rodajas y lo ha metido en una bañera de Xilamón”– se unió el efecto pernicioso que las barras de hierro fueron realizando en el  alma de la madera, debilitándola hasta que no pudo más. El trabajo de Peláez del  Espino se desarrolló durante el verano de 1977 y en las siguientes salidas del  Señor no pasó nada. En la Madrugada de 1982, un movimiento oscilatorio de la  imagen encendió la luz roja.

De nuevo, la memoria de Rafael Duque nos acerca a la zozobra de aquellos  momentos: “al llegar al palquillo (...) se acercó a mí, que ocupaba el puesto de  fiscal del paso, el presidente del Consejo, D. José Sánchez Dubé y me dijo: ¿Tú  te has dado cuenta del movimiento oscilatorio del Señor? Parece que fuera a  caerse. Me volví y, efectivamente, comprobé que, al caminar, se movía de una  manera alarmante”. Aquella estación de penitencia, en la Madrugada de 1982, se  convirtió en la más larga y sufrida para los pocos hermanos que pudieron conocer  la gravedad del estado de la escultura. Por fin en la Basílica, se comprobó que  el mal tenía su origen “en el punto en el que el pie derecho ensamblaba con la  peana donde, al moverse producía una vibración acompañada de un chasquido…Se  observaron también unas grietas en ambos tobillos y una tercera en la peana,  rodeando la planta del pie izquierdo”. Además, tras la Semana Santa se comprobó  que el líquido graso empleado en la desinfección de la imagen, seguramente el  famoso Xilamón, formaba ampollas bajo la encarnadura y la peana aparecía  desnivelada. La junta de gobierno volvió a recabar varios informes  técnicos. Peláez defendía su actuación, pero la tozudez de los hechos estaba en  su contra. El resto de facultativos cuestionaban la bondad del controvertido  esqueleto metálico. Había que volver a empezar y el cabildo general terminó por  confiar la tarea a los hermanos Cruz Solís e Isabel Pozas, técnicos del  Instituto de Conservación y Restauración de Obras de Arte que ya habían tenido  la oportunidad de acercarse a la imagen en los diagnósticos previos a la  adjudicación del trabajo a Peláez del Espino.

Esta intervención tuvo la principal finalidad de arreglar el desaguisado de  la intervención anterior. Isabel Pozas, Joaquín y Raimundo Cruz Solís se  acababan de convertir en los médicos del Señor aunque entonces, hace 23 años, no  sabían que aquel Nazareno volvería a cruzarse en sus vidas. Pero a nadie se le  ocurrió frenar el deterioro del rostro, las manos y los pies del Gran Poder. En  aquel momento, habría abierto un fuerte debate y nadie tomó en consideración  restaurarlos, pero, aunque a principios de los 80 el tiznado de su encarnadura y  la pérdida de policromía no había llegado al estado alarmante de los últimos  años, el estado de opinión y la falta de conocimiento de la labor restauradora  como disciplina científica no eran las mejores circunstancias para abordar la  intervención.

Se había perdido una oportunidad de oro. Pero también se estaba corriendo el  peligro de perder para siempre la propia materialidad de la policromía, que  seguía desprendiéndose y ennegreciéndose inexorablemente, convirtiendo en  máscara lo que había sido unción sagrada. Concluían los 90 y el Gran Poder  quedaba escondido tras un velo oscuro que ya no era la venerable pátina que  habían conocido las antiguas generaciones. Se había llegado a un nuevo punto de  inflexión. El Señor ya no era el mismo y perdía sus rasgos.

LA ÚLTIMA RESTAURACIÓN DEL SEÑOR.

El pasado 19 de octubre, los hermanos Cruz Solís e Isabel Pozas deslumbraron  a los hermanos, fieles y curiosos con una histórica conferencia en la que  explicaron los trabajos de restauración a los que fue sometido el Señor del Gran  Poder durante el mes de julio. Las imágenes en las que se apoyó la ponencia nos  mostraban el alarmante oscurecimiento de manos, pies, cuello y sobre todo de la  cabeza, que además del famoso antifaz negro, presentaba un enorme deterioro de  su parte derecha y en las zonas más profundas, que se extendía a los hombros de  la escultura. De la misma forma, las imágenes ampliaban los pequeños cráteres  que a la vez que han ido carcomiendo la policromía se han convertido en parte  consustancial de su estética inconfundible.

El restaurador justificó la sustitución de las espinas de hierro –que  realizaban un efecto nocivo sobre la corona– por otras de madera, similares a  las originales que pudo tener la imagen. Algunas de las espinas de hierro habían  sido colocadas sin ningún criterio y se hincaban en el pelo o la frente de la  imagen.

Las tareas de limpieza, que se realizaron a punta de bisturí y  estuvieron precedidas de la imprescindible fijación de los estratos, arrojó  instantáneas sorprendentes, sobre todo en la comparación entre los testigos de  suciedad y las zonas ya limpias en las que se respetó la especial idiosincrasia  de la imagen y se eliminó lo que la enmascaraba. Joaquín Cruz Solís aseguró que  la suciedad alcanzaba más de un milímetro de espesor debajo de los ojos.

Además, recalcó que la cabeza había sido seccionada “infinidad de veces” complicando las operaciones de restauración en la zona del  cuello. Los restauradores sellaron con estopa y colas –de la misma forma que ya  se hacía en el siglo XVI con las tablas flamencas– la grieta que surcaba el  rostro en su mitad y descarnaba la nariz, que fue reestucada y reintegrada  siguiendo un criterio de identificación con el tono cromático que el tiempo  había dado al resto de la encarnadura. La limpieza también permitió hallar el  labio superior y diferenciar la barba y el pelo de la piel, que recuperaron vida  propia y mostraron unas hermosas calidades que revelaron una inédita dulzura en  la imagen.

Otra pequeña, pero notable, laguna fue reintegrada en el labio inferior  después de la aquiescencia de la comisión de seguimiento. Joaquín Cruz Solís  también reveló que el gran repinte que le emborronaba la cara al Gran Poder era  betún de Judea, lo que podría explicar el gran ennegrecimiento de la zona de los  ojos, bajo el que se encontraron, sobre el pómulo izquierdo,

dos goterones de  sangre desconocidos hasta entonces. Se limpiaron parcialmente las manos y se  mantuvieron los desgastes que habían dejado el roce de los besos, que muestran  claramente el soporte de madera. De la misma forma, se retiraron restos de pasta  de poliéster, que debió ser utilizada en la intervención de Peláez del Espino de  1976. En el pie derecho se observó que había más de un centímetro de madera  perdido en el talón, aunque la sorpresa llegó al descubrir que había mucha más  policromía original de la que se presuponía. También se comprobó que la punta  del pie izquierdo era de cedro y el resto, de pino.

Los trabajos también permitieron comprobar que el cuerpo presentaba buena  salud y que al margen de restañar algunos arañazos y grietas puntuales no  necesitaba de ninguna intervención relevante. El barnizado final fue la guinda  de un trabajo magistral que ya está por derecho propio dentro de la historia de  la especialidad. Ver al Señor con una sencilla alba, o comprobar su tremenda  anatomía nos acercaban más al milagro de Juan de Mesa, para el que Joaquín Cruz  Solís, sin duda emocionado por este trabajo histórico, llegó a pedir la  beatificación.

Manos del Gran Poder durante el proceso de su restauración

Como en un viaje de ida y vuelta, la intervención de los médicos  del Señor ha revelado a Sevilla una belleza que han modelado de la mano la  genialidad de un imaginero cordobés, los azares del tiempo y el amor de sus  devotos. Por muchos siglos más.

Carta de pago de Juan de Mesa

El 1 de octubre de 1620, Juan de Mesa firmó el documento en el que hacía  constar el finiquito del cobro de hechura de Jesús del Gran Poder: “Sepan  cuantos esta carta vieren, como yo, Juan de Mesa, escultor, vecino de esta  ciudad de Sevilla, en la collación de San Martín, otorgo y conozco que he  recibido y recibí de la cofradía de Nuestra Señora del Traspaso que está sita en  el convento de Nuestra Señora del Valle, y de Pedro Salcedo, mayordomo de dicha  cofradía, por mano de Alonso de Castro, alcalde de esta corporación, dos mil  reales de a 34 maravedís, cada uno, que yo hube de haber por la hechura de un  Cristo con la cruz a cuesta y de un San Juan Evangelista, que hice de madera de  cedro y pino de Segura, de estatura el dicho Cristo de 10 cuartas y media, poco  más de alto, y el San Juan, dos varas y sesma para la cofradía del Traspaso,  este presente año de 1620, los cuales dichos dos mil reales, he recibido del  susodicho Alonso de Castro que de la dicha cofradía y de su mayordomo en  diferentes veces y partidas de que me doy contento y pagado a toda voluntad,  sobre que renuncie la pecunia y prueba de la paga y de ella le doy esta carta de  pago”.

 

Articulo sacado de la web del Periódicio El Correo de Andalucía año 2012.

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