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Creí que era un sueño, pero era cierto, estaba aquí, junto a mi puerta, esperándome. Con la misma ilusión que un niño en la noche de Reyes magos, la dejé pasar, con ese nerviosismo en el estómago que provoca la incertidumbre de lo que traerá consigo.

 

“Adelante, entra, ¡si te estaba esperando!” – le dije, con una sonrisa de oreja a oreja - con mi casa endulzada por el olor del incienso de paso de palio. Acomódate, marca el tiempo, impón las cenizas en las frentes de los enamorados de Dios. Ella, señaló el día dieciocho en mi calendario con una cruz, y ahí mi corazón se abrió como una flor, mostrándome todo lo que ocurrirá en estos cuarenta días.

 

Lo primero que me enseñó, fue el cielo azul de Sevilla. Me hizo asomarme a mi ventana, para disfrutar de un Miércoles de Ceniza acompañado por el sol; parecía, que todo estaba preparado para su llegada, porque hasta las naranjas de los árboles comienzan ya a caerse por las calles. Yo, me tomé la pequeña confianza de pedirle que aguantara un poco más el olor divino del azahar, por lo menos, hasta que llevemos la mitad del tiempo marcado.

 

El tiempo marcado…el tiempo de la cuenta atrás, ese que comienza con el repicar de campanas de la Giralda, y finaliza con el mismo; pero qué distintos son a la vez. Estos cuarenta días son diferentes a la Pasión de nuestra Semana Santa, son de preparación y purificación del alma, del contacto espiritual directo con el Señor.

 

Dejamos atrás mi casa, que más que mi casa, parecía la Iglesia de la Anunciación por su divino olor a incienso, y nos adentramos en las callejuelas de Triana. Me comentó, que su vecino más antiguo bajaba siempre el mismo día, para que su mano fuera besada por sus marineros de Esperanza. Allí, bajo su Madre, el Señor de las Tres Caídas ofrecía su mano a todos sus hijos…y su mirada, su cuerpo, su cruz, su esencia y su aliento, para marcar el compás del tiempo.

 

Me contó, que María estaría ataviada de Hebrea durante todos estos días, y que no buscara que advocación la luciría más bella, que me quedara con todas, porque todas sufren la misma pena. ¡María, Señora, que bonita estás humildemente vestida! Mira que nos gusta ponerte enseres y joyas maravillosas, pero así, tan sencilla ¡no puedes estar más hermosa, chiquilla!

 

Paseamos por Sevilla, la cual, tenía un aire diferente. Ya eran aires de Cuaresma, y eso el sevillano lo siente. Todo está ya preparado, ya no hay vuelta atrás, la cruz del calendario ha quedado anclada, como los clavos del Señor de las Cinco Llagas. Nos agarraremos a tus clavos, besando tus pies y manos, rezándote en cada vía-crucis y cada traslado.

 

Disfruten, hermanos, esto ya ha comenzado.

 

“Bienvenida sea la cruz que nos trae la Bendita Cuaresma”.

A Montero.

A todos vosotros, gracias.

 

 

María del Amor Rasero Zárraga

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