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Buenas  tardes mis querid@s amig@s del mundo capilleril.

Hace meses comencé a copiar el siguiente artículo que llegó a mis manos en el mes de junio del año pasado; mis disculpas porque el Boletín del que lo estaba copiando para tod@s vosotr@s digamos estaba en paradero desconocido hasta hoy que casualmente llegó a mis manos.

Como os he dicho, lo leí hace meses y son los mismos que llevo queriendo copiarlo para que podáis leerlo todo el que no tenga la suerte de recibir el Boletín de la Hermandad del Gran Poder. Espero que lo disfrutéis y solo puedo deciros que me veo escrito en el.

"Acaban de dar la una y media cuando pongo el primer pie en la calle. Todavía retumba la campanada del reloj de la torre que nos contempla mientras la plaza murmurea en un silencio expectante. Tres antiguos naranjos son testigos del comienzo del largo periplo que realizaremos atrapados en el interior de una interminable hilera de nazarenos negros, que avanzará a un ritmo cansino pisando sobre pisadas, siguiendo un rígido y ancestral itinerario del que no podremos escapar hasta llegar a su final.

Tras el símbolo de la Hermandad, el estandarte, y apoyado en mi humilde vela apagada, doy los primeros pasos plantando los pies con fuerza sobre el enmoquetado suelo, pavimento alfombrado al que volveremos cuando llegue el alba con el deseo de finalizar de forma digna lo que ahora comenzamos.

Al poco la fila se quiebra a la izquierda por dos veces, hasta enfilar la calle Conde de Barajas, que nos recibe rebosante de vida, atiborrada de ganas de que pasemos raudos entre sus rectilíneas fachadas buscando quebrarnos de nuevo por Jesús del Gran Poder. Mientras, mi espíritu, sabedor del camino que nos espera, me reconforta con el gozo de saberme un año más parte de aquellos anónimos hermanos unidos por el amor a Él.

Y por Jesús del Gran Poder avanzamos, zancada tras zancada, entre murmullos, susurros, voces y palabras oídas al azar mientras el ojo de Dios se asoma a vernos a través de una bella luna de Viernes Santo o de Parasceve, que nos alumbra desde el trozo de cielo negro que la calle nos permite ver. Entonces, el sonido de cornetas macarenas procedente de la cercana calle Trajano, que corre paralela a nosotros, nos anuncia que llegamos hasta San Hermenegildo. La fachada blanca y hermosa de la antigua iglesia del colegio de los jesuitas, sobresale sobre las cabezas de los creyentes que Lo aguardan ignorando nuestro paso mientras yo atisbo la arboleda de la Plaza del Duque.

Son casi las dos. Los pies, extrañados por el inusual trabajo, dan su primer aviso, que ignoro fijándome en el rostro sencillo y arrugado de una señora detenida junto a mí. Por un momento creo oír sus pensamientos. Pero la fila avanza y avanzamos entre un súbito gentío que aparece al llegar a la plaza, atiborrándola y constriñendo la fila de forma bulliciosa.

 Cojo aire. Llegamos a la Plaza de la Campana; comienza la carrera oficial que nos llevará hasta la Catedral.

El palquillo impone la oficialidad: La gente que lo rodea la oficiosidad. El corazón de Sevilla se pone de pie cuando pasamos, pero nadie nos mira. Miran a través nuestra... porque ya se debe de ver.

Como seres invisibles, como fantasmas ignorados, pisamos la cera derramada por los que nos han precedido avanzando poco a poco en dirección a la calle de la Sierpes, que va engullendo con voracidad a los nazarenos que hacia ella nos dirigimos. La luna se vuelve a ver.

Las dos y media, la noche progresa mientras nosotros caminamos por entre pacientes espectadores que somnolientos, ateridos por el frio y aburridos por la espera, cuchichean entre ellos o escuchan la radio aguardando, siempre esperando, a que pasemos los que Lo precedemos, sentados en las uniformadas sillas entre escaparates de ropas, zapatos o abanicos.

Las tres y diez. La Plaza de San Francisco nos recibe elegante y seria. Los policías municipales hacen corro en el cruce aguardando el momento de dar paso a los transeúntes que, como autómatas, esperan pasar de un lado al otro. Con cierto orgullo la vamos cruzando entre reposteros escarlatas y espectadores abrigados camino del Banco de España. El palco de  honor presidido por el alcalde de la ciudad y las ventanas platerescas de la fachada del Ayuntamiento quedan atrás mientras llegamos a los pies de la fuente de Mercurio. La figura de bronce que representa al dios del comercio como argifonte, es la referencia.

Entonces mi mirada se dirige a los pies de uno de los dos grandes laureles buscando el alivio del ya evidente cansancio con la visión de algún rostro amado. Los veo y sé que me ven, aunque el momento sólo dura un segundo, lo suficiente para infundirme fuerzas y reconfortado me dirijo hacia la Avenida, el tramo final de la carrera oficial.

Las tres y media. Es la hora de llegar a la Catedral, de recogernos entre sus muros, de culminar el fin último que nos ha llevado hasta allí. Para ello debemos andar los últimos metros a pesar del dolor que ya se ha instalado en nuestras espaldas, piernas, pies.

La Puerta de San Miguel nos reclama y la tradición, el rito, nos precede. Los siglos parecen fundirse en un presente intemporal cuando cruzamos el dintel de la Catedral gótica, nazarenos barrocos, precediendo al Que Todo lo Puede, y un año más, las frías naves nos reciben oscuras, silenciosas, vacías.

Poco a poco vamos avanzando, con los cirios vencidos, las pupilas dilatadas y el alma henchida de orgullo los que de San Lorenzo venimos a  adorar al Altísimo en su Monumento Catedralicio.

Ya sólo nos queda volver.

Solamente nos resta devolver al señor a Su morada perpetua. Sevilla nos lo reclamó y nosotros lo trajimos. Pero debe regresar... como si eso fuera fácil, como si la ciudad consintiera perderlo de vista tan a la ligera.

Han dado las cuatro. El frío, el relente helado de la Plaza de la Virgen de los Reyes se cuela por la Puerta de los Palos enviado por Sevilla como primer impedimento. Pero nosotros, testarudos y con voluntad férrea abandonamos el templo de Dios pisando con decisión el suelo del antiguo Corral de los Olmos y abandonamos la plaza dedicada a la Patrona de la Archidiócesis buscando el ágora vecina, la llamada del Triunfo, entornando los ojos, queriendo evitar que el viento helado nos penetre más todavía mientras caminamos junto a las piedras mahometanas de las murallas del Alcázar.

Las cuatro y media. El Postigo. Por él abandonamos la Sevilla intramuros huyendo deprisa, antes de que la ciudad se dé cuenta y nos lo cierre. El gentío, ignorando el pulso que estamos echando con la urbe, se agolpa a nuestro alrededor y el silencio que nos acompañaba se rompe en algarabía festiva cuando llegamos a Arfe. Nosotros mientras tanto, nos refugiamos en nuestro interior; entornando los ojos buscando el consuelo de la satisfecha alma, chispa divina que Dios nos legó, que nos mitigue el dolor del cuerpo, la fatiga, el frío y la conciencia de saber que ahora viene lo peor.

Son las cinco. La noche llega a su momento más difícil, la gente ha desaparecido al abandonar Arfe y Castelar nos recibe en penumbras, entre cuchicheos y susurros de parejas abrazadas, de grupos de amigos que se juntan para darse calor o se sientan en el suelo rendidos los cuerpos pero firmes las voluntades de verlo venir.

Y, sí, nosotros lo traemos, le contesto por lo bajito a la mujer que veo mirar a lo lejos, expectante.

Otra, detenida a mi lado, me mira a los ojos con insistencia. ¡Ya no soy etéreo!. Alguien se ha fijado en mi. Y le devuelvo la mirada con todo el amor que las miradas pueden trasmitir agradeciéndole el gesto. Pero la fila avanza y mis pies, autómatas con vida propia, se ponen en marcha aunque yo quisiera seguir mirando su mirada un poco más, ávido de esa efímera ternura del exterior.

Sin embargo, después de unos pocos pasos, la hilera de nazarenos se detiene de nuevo y esta vez los minutos van pasando extrañamente, sin que nos movamos. ¿Será Sevilla que nos apresa no queriendo que nos lo llevemos?.

Por fin llegamos a la Plaza de Molviedro, antigua laguna en el borde de la ciudad, ahora morada de los hermanos de Jesús Despojado. Pasamos por delante de su Capilla y un foco enfoca Su cara y Su torso desnudo, pudiendo verlo con el rabillo del ojo mientras la fila, mi cárcel andante, se dirige sin pausa por Doña Guiomar hacia Zaragoza, la nueva vía dolorosa que deberemos recorrer.

Son las cinco y media cuando la comenzamos a recorrer, después del parón, con zancadas ágiles, disfrutando de cada momento, íntimos instantes de nuestra voluntaria penitencia, acordándonos de lo que Él debió sufrir. Aunque nuestro cuerpo humano vaya queriendo que todo acabe cuanto antes.

 A lo lejos, un incipiente murmullo va cobrando intensidad y repentinamente salimos a un pasillo entre una inesperada algazara, llegamos a un mar de gentes que como una súbita aparición nos rodea. Algunos hermanos nos protegen parados delante del gentío mientras nosotros apretamos el paso y cruzamos Reyes Católicos metiéndonos por Gravina buscando su estrechez salvadora.

Golpe de canastilla, cirios arriba, la fila avanza tambaleante, dolorida, reflejando las llamitas que oscilan en lo alto de cada nazareno en los portales que cada poco quedan a nuestros lados. Golpe de canastilla, cirios abajo, viento helado, parada sobre alfileres. Los pies agonizan. la noche avanza.

Las seis. Cruzamos Canalejas. Parece que la noches es eterna. seguimos deteniéndonos y avanzando a un ritmo cansino de chicotá del Señor. treinta, cuarenta pasos y parada. Una y otra vez Gravina adelante. Una y otra vez...

En cada alto mis manos buscan el calor del cuerpo agarrotadas por el frío, mis piernas se abren en un intento vano de soportar mi peso, mi cintura, sostenida por el esparto, anhela un apoyo, ¡maldita  edad!, y yo, con la mirada fija en el suelo, rezo.

Entonces ¡una saeta!. En verdad el señor viene detrás. De repente la fila se quiebra a la derecha. ¡Pedro del Toro!, ¡El Museo!. El principio del fin.

Unos pocos pasos más adelante y muchos minutos después llegamos a la ancha plaza, arbolada, con un pintos en su centro y una pinacoteca en toda su extensión. Pero nosotros solo queremos seguir.

Las seis y media, dejamos atrás a los hermanos del Museo, que nos rinde pleitesía en callada fila de luces de cirios y rostros serios y nos dirigimos hacia la calle San Vicente. En su esquina otro templo abierto también nos espera con sus hijos dispuestos a dar honores a nuestro Señor.

Ya no podemos más. Subimos por Cardenal Cisneros hasta Virgen de los Buenos Libros moviendo las piernas no sabemos cómo, no sabemos hasta cuándo. Pero seguimos. Nuestra casa ya está cerca. Nuestros vecinos, asomados a los balcones o aguardando en pequeños grupos han madrugado saliendo de sus camas para recibirnos. Entonces nos erguimos, levantamos las cabezas vencidas por el peso de la noche y elevamos la mirada buscando el negro cielo. ¿Está amaneciendo?.

En poco tiempo llegamos por San Juan de Ávila a la Gavidia. Ya falta poco. Los pies parecen que avanzan más que nunca. Ya nos queda la última calle: Cardenal Spínola.

Los cirios la alumbran con tonos anaranjados, los ruanes la embadurnan de negros reflejos y el cielo, ya definitivamente añil, como una sierpe sobre nuestras cabezas, la va iluminando sacándole los colores del día. De repente, el coro de voces celestiales de las monjitas de Santa Rosalía llega a nuestros oídos como un inesperado premio al esfuerzo realizado.

Dan las siete. Las campanadas del reloj de San Lorenzo nos sacan de nuestro éxtasis retumbando impertinentes. La fila avanza y por un momento yo no quiero seguir, no quiero salir del misticismo en el que he caído rebelándome a continuar. pero continuo con la vista fija en las llamas de los cirios que me preceden aunque el oído aún pretende seguir escuchando la dulce melodía procedente del convento, que va quedando atrás.

En esos momentos la fatiga, las náuseas del agotamiento y el frío helado de la amanecida caen sobre mí como una gran losa, atenazándome, agarrotándome, venciéndome.

Entonces un sonido pequeño y distante llega hasta nosotros: trinos, pájaros ¡la arboleda de San Lorenzo!.

Ya queda poco... ya queda poco... se escucha en los pensamientos de los que estamos allí, muchos aunque el silencio es escandaloso, tantos que nunca llegamos...

Pero llegamos. Señor, hemos llegado.

Los últimos pasos no se notan, como si el enmoquetado que dejamos atrás yace ya tantas horas fuera un blando lago de suave miel o esponjosa lana.

La Basílica nos espera, nos aguarda, nos recoge, nos cobija.

Las siete y veinte. Entro. Hemos llegado. Deo gratias".

A tod@s los que me agregaron, buenas noches; y  los que no, también.

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Comentado por Jessica Martos en abril 11, 2013 a 3:57pm

Siempre es un placer leer cosas tan maravillosas.Yo que nunca lo he podido vivir de cerca , con tantos detalles...es como si por unos instantes hubiera podido vivirlo! Una vez más gracias por compartir cosas tan hermosas como esta.Un saludo.

Comentado por SanBGranP en abril 9, 2013 a 8:42pm

me vais a sacar los colores con vuestros comentarios; saludos

Comentado por Amparo Torres Martinez en abril 9, 2013 a 6:13pm

Es lo más bonito que he leido de esta Semana Santa

Muchas gracias por compartirlo

Saludos desde Valencia

Comentado por María José en abril 9, 2013 a 1:33pm

Precioso. Gracias por hacernos vivir a los que no vivimos en sevilla una estación de penitencia en el gran poder. Se lo pasaré a un amigo que es hermano tuyo en la cofradía aunque aún no haya podido jurar. Un abrazo y me alegra que estés por aquí, ya lo sabes

Comentado por Mª Encarnaciòn Bonilla Martin en abril 9, 2013 a 10:59am

SIMPLEMENTE MARAVILLOSO RELATO !!!!!!!!

Comentado por JOSE ANTONIO en abril 8, 2013 a 8:43pm

Al leerlo es como si me hubiera puesto otra vez la túnica y el antifaz y estuviera en esa estación de penitencia tan especial contigo en la fila. 

Comentado por Emi(Angel macareno) en abril 8, 2013 a 1:19am

Una preciosa Estación de Penitencia narrada tal cual, no le falta ni le sobra nada, me ha encantado, gracias por ponerla.

Un besazo.

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