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Buenas noches mis estimad@s y querid@s amig@s del mundo capilleril.
Algunos llaman a tal o cual tramo, hay quien dice ¡el diecinueve ya está en la calle! que es el mío y acabo de entrar. No tengo otra cosa que decir ¡el veinte!.
Aquí nos quedamos el pasado sábado, continúo para terminar mis vivencias del Martes Santo.
Se recomponen las filas y salimos de la Santa Iglesia Catedral. El diputado de tramo nos pide que nos apretemos todo lo que podamos y nos pongamos de a cuatro si fuera preciso. Hay un relevo de la cuadrilla y eso hace que el discurrir todavía sea más agobiante pero poco a poco se consigue (Ella así lo quiere, no tengo la menor duda).
En esas estamos cuando me asalta una pregunta: ¿Dónde estarán Ellos?.
Por el sonido de cornetas que difícilmente me llega intuyo que mi Señor de la Sangre debe estar por la esquina de Francos o recién entrado en ella. Mi Señor de la Presentación casi para salir de y comenzar a subir Cuesta del Rosario donde como siempre una gran multitud lo estará esperando.
Difícil el comienzo de Placentines pero ya parece que va la cosa mejor sin tantas apreturas.
Ahora soy yo el que entra en Francos y comienza a embargarme la nostalgia de que un nuevo Martes Santo se me escapa de las manos. Con las emociones que he sentido desde antes de salir de casa y ya empiezo a echarlo de menos. Me viene el pensamiento de que el día anterior fue peor para muchos y yo lo estoy disfrutando muchísimo. No debería llover en Semana Santa, debería estar prohibido pero…
Un niño pequeño en brazos de su padre me mira fijamente. Le miro a él y sin casi darse cuenta le pongo una estampita de la Virgen a su alcance. Se intenta esconder a lo que su madre le dice ¡mira nene!. Saco un caramelo y el sonido del papel parece gustarle más. Lo coge con sus miedos pero me alegro montón de habérselo dado.
Cuesta del Rosario. ¡Cuánta gente Señor!. Gracias una vez más porque cuando así la veo, será muy difícil que esto se termine por muchos crucifijos que nos hagan quitar.
Apenas puedo volverme para verla. Demasiado hacemos con no quemar a nadie ni a nosotros mismos. Pero mi Señora tiene que ir subiendo de dulce.
Calle Águilas. Se me acaba el Martes Santo. Cuesta abajo y sin frenos. Tanto esperar y ni cansado estoy. Quiero terminar para volver a sentir que gracias a Ellos he vuelto a cumplir con mi obligación libremente elegida. Pero no quiero se termine.
Hermandad de San Esteban en la calle que lleva su nombre y donde hace pocos minutos ha vuelto a ocurrir el Milagro de la Puerta Ojival. Este año nos esperan ya vestidos de calle, creo a mi parecer que con gran acierto aunque me gustaba ver la Representación con los nazarenos aunque no tiene mucho sentido puesto que su Estación de Penitencia ya terminó.
¡Qué pena más grande tengo!. Al pasar por la esquina de Navarros y San esteban veo el reloj de la Farmacia. Las dos menos cinco de Miercoles Santo. Me vuelvo a mi hermano que me secunda y sólo acierto a decirle “esto empieza a oler a Martes Santo de 2.011, esperemos poder estar aquí si Ellos así lo quieren”.
De ahí a entrar es un suspiro, pero podemos ver al Santísimo Cristo de la Sangre. Suelto el cirio, saludo a varios hermanos y me voy. Lo que tenía que contarle a la Santísima virgen se lo he contado ya.
Toca volver al coche. No hay casi nadie por la calle. Camino lento no por cansancio sino por la amargura que siento dentro de mí. Tantas ganas, tanto ir a verlo allí en Su Capilla, tanta dulce espera de Cuaresma y todo se ha esfumado. Hace un rato, minutos, iba en sentido contrario recreándome en el vuelo que tenía que sujetar de mi capa. Ahora la llevo mal colgada del brazo para que me permita caminar mejor. Da igual que se arrugue o que esté manchada.
Empiezo a quitarme el nudo que la coge al cuello para que todo sea un visto y no visto. En menos tiempo que se tarda para contarlo vuelvo a ser yo.
Ya mi túnica descansa en el asiento de atrás. Me coloco la chaqueta de un chándal, ha refrescado la noche.
Hasta aquí hemos llegado Señor. Permíteme el año que viene volver a quitarme la túnica.
Pongo en marcha el teléfono para ver la hora. Las tres y veinticinco. Más de doce horas de pié y sólo me he dado cuenta de lo cansado que estoy cuando me he sentado o mejor dicho, cuando he intentado sentarme. Me duele todo, me pesan los hombros. Aún así gracias una vez más Señor. La felicidad me desborda. Una y mil veces más gracias Señor y gracias Santísima Virgen de la Encarnación por lo que he vivido y disfrutado a Tu lado.
Un coche cansinamente se pone en marcha (hasta el coche parece que presiente el cansancio). Vuelta a casa. Intento recordar todo lo vivido y no me sale de reciente que lo tengo. Mil y una imágenes pasan por mi mente pero todo me da vueltas. Quiero ordenarlas sin conseguirlo.
P.D. Dentro de trescientos sesenta y cuatro días, será Martes Santo.
A tod@s los que me agregaron, buenas noches……….y a los que no, también.

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Comentado por JOSE ANTONIO en junio 1, 2010 a 8:00pm
Pero que bonito es el Martes Santo.....y que bonito es acompañar a nuestros respectivos titulares. Un abrazo hermano
Comentado por Jessica Martos en abril 21, 2010 a 6:10pm
Te confieso que me da mucha pena que se termine ...a través de tus blogs he seguido el mismo camino que tú, GRACIAS, UN ABRAZO .
Comentado por Margarita Vidal Alvarez en abril 21, 2010 a 1:10am
Oye!!! Que me ha dado pena leer el final. Visto de esa manera parece que no te pesaba el cansancio. Seguro que esa noche cuando te acostaste seguirías soñando con la estación de penitencia.
Bueno ahora a coger fuerzas , a cuidarse para estar en forma para el próximo año.
Gracias Carlos por contarnos tu estación de penitencia, aunque a mí me falta una que tú bien sabes.
Un fuerte abrazo amigo.

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