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La ciudad de Estepa se extiende por la ladera del cerro que albergó la villa vieja, a través de sus calles empinadas, sus plazuelas y sus casas blancas, las fuentes de agua fresca y los naranjos y limoneros en flor. Las cruces de forja en las esquinas marcan el sendero de la devoción de los barrios, como un vía crucis en las callejuelas que los estepeños de todos los tiempos han recorrido en el quehacer diario de su vida.

Cuando las guerras en estas tierras terminaron, las gentes de la villa atravesaron sus murallas buscando sus caminos en los campos de cultivo y ganado que las rodeaban. En el noroeste del pueblo encontraron refugio sus habitantes más humildes y levantaron los muros de sus hogares bajo la esperanza de un futuro mejor alrededor de la vieja Ermita de la Vera Cruz, cuyas raíces hicieron crecer la tarama verde de su trama en cada uno de los ramajes que partían de ella. Y allí al abrigo de la Santa Vera Cruz nació la flor más pura del amor que haría estremecer al barrio. Llegó humilde, serena, tranquila, envuelta en la belleza que ocultaba el secreto de su sonrisa y la alegría de su mirada. Sus vecinos no tardaron nada en rendirse al cariño que le ofrecía. Con el aprecio que un hijo siente a su madre así la acogieron nuestros antepasados, para mimarla y quererla cada vez más con el paso de los años. Y aunque el barrio no podía ofrecerle mucho, nada importaba: sólo la oración tejía de peticiones su manto y levantaba los muros del templo entre promesas cumplidas, exvotos y el cincel de los hermanos, que bajo el rezo de su rosario pulieron la piedra, tallaron en la madera y mezclaron los colores más puros de los pinceles para proteger el delicado terciopelo del joyero que la guardaba y la cuidaba. Y bajo el calor de su mirada se redimieron los ladrones que fueron a buscar la preciada joya, y así entre las alhajas devueltas y el olor a pólvora la celebraban. Y la llamaron de esta forma porque, aunque amada y querida, entre los manchados ropajes de los pobres vivía, gente humilde que guardaba el grano de su oficio entre los gruesos muros del pósito cercano. No asustó la palabra a su barrio, la bordaron con letras de reafirmación en la bandera que en el alma ondea; vocablo que crece el orgullo del estepeño que conoce que tras él Ella le espera.

Y en su casa, la trama reverdecida de la que surgió continuó creciendo, y la palabra impregnó a la savia de las hojas nuevas que iban brotando. La Señorita con cara de niña que extiende el manto de la esperanza en el barrio quiso quedarse con la palabra y su Hijo bajó del cerro a jugar en la plazuela con los pequeños que, como Él, llevan esa palabra como galón en su pecho por sus hazañas entre incienso y el aroma a azahar de la primavera. Niños que buscan el hollín que les deja la pólvora en la ropa al jugar con las varillas que lanzan las salvas a su Madre.

La palabra de esa trama verde se vuelve ungüento denso y milagroso que da sentido a la forma de sentir y vivir del barrio, que se toma desde que se reciben las aguas del bautismo entre los muros de su iglesia, y desde allí se reparte entre sus calles y plazas. Se bebe de las aguas frías de la fuente del Llanete, que entre las palmeras y la arboleda proporciona el descanso al caminante que por calle Roya se aproxima. Se ve en el risco que protege el león enigmático que dejó San Marcos en el mirador de la campiña. Se escucha en los pasos que andan en la cuesta que recorren los que buscan su nudo entrelazado con el cerro y en las palabras de arrepentimiento que el apóstol San Pedro dijo en los palacetes y casonas que se acercan al centro. Se huele en el barrio que llaman de los Cristos en recuerdo a una familia, pero cuyo único Cristo verdadero, fruto de la tarama verde, recibe con amor en su mirada a sus hijos que constantemente le desgarran la piel a latigazos. Y hasta allí llega el aroma de la flor de la plazuela y de la calle Centurión, que lleva el apellido de los nobles marqueses que no pudieron dejar de sentir el calor que pronunciar el nombre bendito de la Señora les daba. Y se siente. Se siente en Alcoba, Toril o Melado. Se siente en Humilladero, Nueva o Dehesa. Pero nada iguala a donde más profundo se siente: aquel lugar que su mano toca en el corazón de los estepeños que bajo su mirada le imploran su remedio.

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