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Como hace 100 años…



Aquel chaval, aquella tarde, en aquel sitio, y en aquella hora. 

Todo parecía ir según lo esperado, el chaval se disponía a pasear por su ciudad, por las calles recónditas que encierran el verdadero sentimiento de Sevilla , aquellas donde el silencio es roto por el sigiloso roce del viento con las hojas de los arboles, donde hay vencejos en el cielo bajo su atardecer, donde se cuelan los rayos de sol por las calles del barrio, de la collación de San Vicente, donde se queda en la cerámica de algún azulejo o en alguna calle con sabor antiguo, donde dibuja sombras de viajeros que cruzan la ciudad en silencio… y en soledad. 


El chaval salió de su casa y puso rumbo a su caminar. Era tarde, pero necesitaba sentir a la ciudad, quería adentrarse en sus calles y experimentar en su persona, los sentimientos que tantos han escrito acerca de la ciudad y que han quedado enmarcados en la poesía del tiempo… Pero ocurrió algo inesperado… 


Llegó a una plaza, una plaza que dicen los del lugar, tiene algo especial, donde se cruzan los sentimientos y la nostalgia, de los que están y de los que no, donde una vez allí, los problemas quedan en un segundo plano, donde el recuerdo y la nostalgia se suman a las emociones y los sentimientos . Una plaza en la que los vencejos vuelan cada tarde de primavera sin faltar a su cita, una plaza donde el eco de la Soledad llega a cualquier rincón y donde dicen que una noche al año, se pasea por allí la gracia de Sevilla bajo palio. 


Una plaza en la que dicen, hay una noche al año donde Dios baja del cielo y camina por sus adoquines, donde una madrugá el silencio se escucha y se siente, una noche en la que habla la emoción y donde el límite lo pone el corazón… Una noche donde solo hace falta una mirada, para darse cuenta de que es el mismo Dios, quien camina delante de ti. 


Recuerdos que invaden mi alma, sollozos del corazón que encuentran la calma en tu mirada… 


¿Su nombre?… Gran Poder. ¿Su devoción?… no hay más que ver el trasiego diario de personas para entrar en su casa, cada una con sus problemas, con su vida, y donde no es como entran, sino como salen… ¿Qué maravilla verán esos ojos, esas personas, allí dentro?, que no hay quién salga y en sus ojos no se adivine su silueta, su mirada, en forma de lágrimas de emoción… 


Después de escuchar esto, aquel chaval no podía hacer otra cosa que desear con todas sus ganas ver al que dicen, es, el Señor de Sevilla. Pero la hora hacía imposible tal deseo, la noche se había adentrado en sus horas y la basílica estaba cerrada. 


Pero aquel chaval no dudó en acercarse a un azulejo que allí había, un azulejo que tantas historias, oraciones, lagrimas, desconsuelos, miradas… se ha llevado a lo largo de estos 100 años. Un azulejo que muchos tienen en sus hogares a modo de réplica, reproduciendo éste lugar místico de la Sevilla antigua y al que tanto se encomiendan, buscando consuelo, en esa mirada, en ese Poder bendito que el Señor transmite. 


Aquel chaval se quedó atónito, sabía que detrás de esas puertas, las puertas del cielo… se encontraba lo que estaba viendo reflejado en el azulejo, no era capaz de articular palabra alguna. Había escuchado hablar de él, pero necesitaba verlo. 


Había escuchado de palabra a sus padres que su abuelo antes de irse con el Señor, iba cada día a visitarlo y que no quiso marcharse de esta ciudad sin despedirse de él, y que los últimos días antes de marcharse, siempre al salir de su basílica, miraba aquel azulejo y se preguntaba a si mismo, cuándo sería la próxima vez que lo volvería a ver, pero fue el tiempo y el Señor quienes quisieron, que días más tarde sus ojos fueran testigo de su bendito poder y de su bendita gloria en el cielo. 


Por eso Sevillano, cuando mires y pases por delante de ese azulejo, míralo, encuentra en él su poder, las manos que cargaron con la cruz de nuestros pecados, piensa cuantos y cuantos devotos pasaron por delante de él a dejar una oración, una flor en forma de ofrenda, o simplemente cuantos pobres en la fe pasaron y una vez lo vieron, juraron no volver a faltar a su cita con el Señor. 


Porque no hay más verdad y oración más bella que la que sale del corazón y se dicta con la mirada… ante el padre bendito, ante su azulejo, en la plaza donde dicen… camina Dios una noche al año anunciando a Sevilla su Gran Poder… 

Arturo Merino González. 

 

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Comentado por Hermano de La O en junio 26, 2012 a 8:21pm

Muchísimas gracias a ambos.

La verdad es que devociones en Sevilla hay muchas, pero creo que lo que cada uno de nosotros sentimos con el Gran Poder es especial. Muchas veces cuando nos sentimos agobiados acudimos a él y no sé que será, pero parece como si nuestros problemas ante él, encontraran solución.

Un abrazo muy fuerte y que el Señor nos guíe siempre.

Comentado por rosa maria morilla rodriguez en junio 26, 2012 a 6:46pm

QUE HISTORIA MAS BONITA Y MAS VERDADERA HAY EN ESA BASILICA VIVE DIOS EN SEVILLA MUCHISIMAS GRACIAS AMIGO Y QUE EL GRAN PODER TE ACOMPAÑE TODOS LOS DIAS DE TU VIDA 

Comentado por Jose M en junio 26, 2012 a 6:30pm

Preciosa historia Arturo, me ha gustado mucho, enhorabuena! Un abrazo

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