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Cosas perdidas (y recuperadas) del Domingo de Pasión



Los que tuvieron la suerte de asistir el pasado Domingo a Misa Usus Antiquior, escucharon el Evangelio del Primer Domingo de Pasión – denominación que ha perdurado en el pueblo; en el NO se denomina Quinto Domingo de Cuaresma -, que corresponde al capítulo octavo, versículos cuarenta y seis a cincuenta y nueve. Parte del mismo lo podrán escuchar el próximo jueves, los que asistan a misa NO (Io 8, 51 – 59). El texto completo, no pasó la criba de la reforma litúrgica y en el camino se dejaron atrás unos cuantos versículos, en concreto estos:

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron los judíos y le dijeron: ¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y tienes el demonio en el cuerpo? Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis a mí. Yo no busco mi gloria, hay quien la busque y juzgue


Las lecturas de la Misa, en el Usus Antiquior, durante todo el tiempo de Cuaresma, presentan la confrontación entre Cristo y los judíos, fariseos y saduceos. Una moderna exégesis bíblica, imbuida de un malentendido celo ecuménico, ha querido obliterar la oposición entre la Iglesia y la Sinagoga, especialmente entre el Señor y los «judíos». Sin embargo, en las lecturas de Cuaresma, la oposición queda patente. De esta manera, vemos como las autoridades de Jerusalén se oponen al Señor: le preparan trampas dialécticas para atraparlo, le acusan de violar el Sábado, e incluso Le llaman siervo de Satanás (Mt, 12). En este primer Domingo de Pasión, el odio de los judíos llega a tal extremo que Le llaman samaritano y endemoniado, pero los judíos no entienden las palabras de Cristo. Si Abraham creyó las promesas divinas que anunciaban a Cristo, regocijándose cuando vio el día del Señor, los judíos, que deberían haber reconocido en Jesús, al Hijo de Dios, sin embargo, lo crucificarán. Porque fueron los judíos, no como colectivo sino en sus jefes, sus representantes, los que llevaron al Señor ante Pilatos para crucificarlo.

Odian a Cristo, por eso, cuando el Señor afirma ser el Mesías, el Hijo de Dios – Yo soy, dice el Señor -, cogen piedras para lapidarlo. Cristo se oculta y sale del templo, por esta razón, las imágenes del Señor y de los santos, que Le dan gloria, quedan veladas. Es un signo de dolor, relacionado también con la antigua práctica de expulsar a los penitentes de la Iglesia, hasta que en la Pascua no se hubiesen reconciliado con Dios. Con el tiempo de Pasión, la Liturgia quiere que volvamos nuestros pensamientos a los sufrimientos de Jesús, que desembocarán en su Pasión, Muerte y Resurrección.

No es la única peculiaridad de este tiempo. En la Misa se omite el salmo 42 y la doxología menor del Introito y del Lavabo en la Misa, y de los responsorios mayores y menores del Oficio Divino. También desaparece el Gloria del Salmo 94, con el que se abre el oficio de Maitines y, finalmente, en llegando el Triduo Sacro, desaparece del final de todos los salmos del Breviario. Las doxologías serán repuestas en su lugar, en Pascua de resurrección.

Nuestro Señor no se glorifica a Él mismo, sino que es glorificado por el Padre. El Padre se satisface en el sacrificio del Hijo. La expiación del Señor se dirige al Padre, a la Primera Persona de Dios. El Logos es enviado por el Padre a encarnarse y es al Padre a quien se ordena el amor del Señor. En palabras del P. Lippert, «Jesús reparó la gloria de Dios de una vez para siempre; la calumnia y el desconocimiento del ser de Dios fueron reparados y plenamente compensados; así satisfizo Cristo por nosotros al Padre (Concilio de Trento, sesión 6ª, cap.7), pagando el rescate a que estábamos obligados por nuestro pecado». Estamos ante el gran misterio de la redención, el sacrificio de la Cruz, que se actualiza en la Misa. Porque «la Santa Misa es el mismo Sacrificio que se ofreció en la Cruz, aunque renovado de manera incruenta. (…)La Santa Misa es un sacrificio no sólo de alabanza y acción de gracias, sino también propiciatorio , por el cual Dios se muestra aplacado y benigno con nosotros (Cat. Conc. Trent., 76 – 78) Y la Sagrada Liturgia es, «el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como Cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a su Cabeza, y, por medio de ella, al Padre eterno; es, para decirlo en pocas palabras, el culto integral del Cuerpo místico de Jesucristo; esto es, de la Cabeza y de sus miembros» (MD 29).

¿Y a nosotros los fieles, qué nos dice la Iglesia? Pues que si escuchamos hoy la voz del Señor, no endurezcamos nuestro corazón, como dice la antífona del salmo 94, el gran salmo de Maitines. Que no hagamos como los judíos y que contemplemos el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, estando abiertos a recibir la Gracia de Dios.

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