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Crónicas Soleras. Episodio I: "Bordado al Pincel"

Era la noche de un día entre semana de 1.997, de esos que invitan a refugiarse en el hogar y dejarse de cofradías y de zarandajas. Pero era difícil sustraerse a la llamada de esa naciente Hermandad del Sol que en el pasado mes de septiembre había efectuado su primera salida procesional para goce del Plantinar.
Salíamos del Cabildo con la inquietud de saber que estábamos en esos momentos de efervescencia en los que, pese a los condicionantes económicos y la precaria situación de la Hermandad (en el local-oratorio de la c/. Ulía), sabíamos que teníamos que crecer para sobrevivir. Y crecer en la diferencia con el resto de cofradías sevillanas, ya que, si algo se nos había grabado en la sesera era que no hacía falta reproducir esquemas archiexplotados y sublimados por las grandes hermandades señeras de la Ciudad.
Aguzaba el hambre, por lo que tuvimos que buscar en la calle Avión Cuatro Vientos un bar, creo recordar que Samaniego era su nombre, donde reponer fuerzas y seguir la tertulia en un tono más informal entre cervecitas, serranitos y calamares.
Todos estábamos satisfechos con lo vivido con la salida de la Virgen sobre el paso de los Dolores de Torreblanca, cuyo manto azul lució Nuestra Señora, pero sabíamos que había que empezar a trabajar en nuestra propia identidad. Resultaba impensable iniciar la construcción del paso, porque hasta la parihuela nos resultaba inasequible, pero la Virgen del Sol debía lucir su color... el verde esperanza, el color de la expectación, de las antífonas, de la Santa Cruz...
Y mientras estábamos en esas diatribas estimuladas por la pérdida de la noción de la realidad consustancial a la ingesta del rubio néctar de la cebada, nuestro hermano Bonilla se sonreía y, tratando de esconder un misterio que tarde o temprano sabríamos que nos desvelaría, va y nos sugiere que Nuestra Señora tendría el manto que se merecía. Los demás proponíamos alternativas: desde un manto de terciopelo liso, hasta los que nos atrevíamos a apostar por un manto de brocado verde manzana con cenefa en tisú granate... Y José Manuel Bonilla seguía sonriendo, incapaz de aguantar por mucho tiempo la idea que ya bullía en su cabeza y en cuya gestación había tenido un papel fundamental nuestro benefactor carmonense y compañero de correrías de nuestro director artístico, Fernando de la Maza.
No tardó mucho en reventar el secreto con la mirada encendida en ilusión... el manto de la Virgen del Sol no sería liso, sino...¡pintado!. Algunos lo miramos pensando: "se le ha vuelto a ir la pinza o es que estamos esmayaitos y andamos diciendo y escuchando tonterías...". El que suscribe soltó lo primero que me vino a la mente: "si hombre... con titanlux...¿no te jode?", pero conforme pronunciaba mi sarcasmo incrédulo empezaba a darme cuenta de que no nos estaba tomando el pelo... en absoluto.
Así era. Ya se habían comprado un buen puñado de metros de moaré verde y se habían hecho pruebas con dorados que se fijaban a la perfección sobre el tejido. José Manuel aplicaría uno de sus virtuosos diseños, entre él y Fernando estofarían la pieza en oro a dos o tres tonos, y sobre ellos Bonilla iluminaría los motivos en óleos de colores.
Tal era la ilusión que ponía nuestro artista en sus explicaciones que a poco nos convencimos de que el invento funcionaría, y en breve se asumió como una seña de identidad de la Hermandad, que prefirió optar por estas técnicas para el conjunto de su paso de palio, antes que recurrir a los siempre socorridos terciopelos lisos, y para varias de sus insignias... las ventajas de tener al pintor y diseñador en casa.
Ese manto preciosista se estrenaría en la salida de septiembre de 1.997, de la que hablaré más ampliamente en otra crónica, y se recogía en un bullón a la cintura de la Virgen, al haberse concebido para las dimensiones del primer proyecto de palio, con altura y peana casi antequeranas, y posteriormente se ha cortado perdiendo sus vistas y toca, que ahora se quiere recuperar.
Los que vivimos aquellos días le tenemos un cariño especial y hemos compartido y preservado de forma militante este estilo hasta la fecha (de hecho, este año se estrenan las bambalinas interiores, diseñadas por Bonilla y estofadas por Vicente Pappalardo di Giaimo), estilo que ha encandilado a artistas como Juan Luis Aguado, a personajes como D. Giovanni Lanzafame y a muchos cofrades sevillanos.
Es inevitable pensar en la grandiosidad de esos dibujos si pudieran bordarse en oro sobre tisú de oro verde... pero ni se puede ni sería justo para con las muchas personas que han puesto sus manos, sus ojos, su arte y su devoción para parir esas piezas que se han ejecutado íntegra y desinteresadamente por hermanos y devotos de la Madre del Sol... Por ello, disfrutemos de la diferencia... porque también en la humildad puede residir una gran belleza, especialmente cuando las cosas se hacen con el corazón.

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