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Cuando el tiempo enfila sus últimos alientos antes de llegar a su destino, la ciudad se envuelve en una espiral de sentimientos, ganas y nervios. El tiempo del tiempo, el de la ciudad, el que nos muestra la verdadera Sevilla, la explosión de la primavera... Nos hemos dado cuenta de que la lejanía se ha esfumado o, mejor dicho, la han esfumado... Desde el Cielo concretamente, un Diamante precioso ha marcado el rumbo y el camino a los cofrades. Un camino que deja de ser camino el trece de febrero para convertirse en Cuaresma. Lo curioso de todo esto es que el Diamante de los Cielos tiene cara, boca, nariz, ojos, manos...

 

El Diamante del Cielo duerme cada día en la cuna más hermosa que tiene Sevilla. Allí, día a día, en su pequeña capilla de la calle San Jacinto, el Diamante reparte dulzura y belleza a todo el que a sus pies se postra.

 

No sabría ponerle un precio al Diamante, pues no hay muchos como este en el mundo. Es un Diamante de madera, con lágrimas de Guadalquivir, con andares de la Triana elegante, con sollozos del dolor de una Madre. Es un Diamante aferrado al sufrimiento de la muerte pero a la vez una evaporización de esta ante la evidente victoria de Dios.

 

Tanta belleza irradia y tanta calma desprende ese bendito Diamante que su Hijo, el Dios de las Penas, el de las manos cruzadas, la busca en el Cielo cada vez que el Domingo de Ramos trianea por Sevilla sus rezos al Padre. Porque en su pena vive la esperanza, esa que en esta tierra de Dios nunca se pierde.

 

Ese Diamante sagrado es la muestra de lo que es el arte en esta ciudad, es el lucero que guía a los cofrades a su destino, el llanto supremo de Triana, la quebranto más puro de la madera... Ese Diamante tiene dentro una pureza y una dulzura que es impensable entender esta locura que es la Semana Santa sin hablar con sus ojos primero.

 

Por eso ese Diamante se viste de hebrea antes de tiempo, para hacerse fugaz en el Cielo y eterno en Sevilla, para hacerse mensajera del Bendito Milagro de esta tierra y anunciarle que el tiempo va a dejar de correr y que la emoción va a empezar a vibrar en nuestro corazón.

 

Blanca carne de porcelana

y anuncio del Tiempo divino,

puro reclamo de la mañana,

motivo del fin y el destino.

 

Tan hermosa y tan soberana

sufriendo sus penas en llanto.

Viene del corazón, de Triana

y es Madre del Espíritu Santo.

 

Puso sus pies en el suelo

con su carita de chiquilla

¡Valiente se hizo en Cielo

y Estrella eterna en Sevilla!

 

 

 

José Antonio Montero Fernández

 

A la Virgen de la Estrella.

A todos vosotros.

A Rasero.

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