Cofrades

Foro y Blog Semana Santa Sevilla


VENERABLE CLOTILDE DE CERDEÑA

DIVINA PASTORA DE TRIANA

SANTA MARÍA FRANCISCA DE LAS CINCO LLAGAS

CLOTILDE DE CERDEÑA


UNA SANTA, UNA REINA Y LA DIVINA PASTORA


Amparo Rodríguez Babío

I. Nápoles y la Divina Pastora.

Sabido es que uno de los lugares donde primeramente se extendió el culto a la Divina Pastora fue el reino de Nápoles, dependiente en aquella época del reino de España. El padre Ardales hace mención en su famosa obra La Divina Pastora y el Beato Diego José de Cádiz (1) de la gran devoción que llegaron a sentir por tan celestial Señora la reina Isabel de Farnesio y sus hijos, honrando sus cultos y su Hermandad con su presencia.
Se cuenta incluso que la propia reina habría rogado a fray Isidoro que rezara ante la Divina Pastora para que su hijo Carlos pudiera heredar un trono y ser rey. El capuchino le contestó que era cosa muy difícil ...Vuestra Majestad y su hijo deben hacer méritos para que se les conceda esta gracia, y será uno de los de mayor valía hacerse devotos de la Divina Pastora y propagar su devoción por todos los medios posibles(2) . Meses después era proclamado rey de Nápoles el infante Don Carlos, floreciendo en los primeros años de su reinado una devoción sin igual por la Divina Pastora.

II. Una santa: María Francisca de las Cinco Llagas.
La expansión y conocimiento de la Virgen María en este singular título tuvo como cooperadores a los padres alcantarinos, orden de origen español allí establecida, y al duque de Montemar, pariente de fray Isidoro, que acompañó al rey Carlos a Nápoles. Pero la gran propagadora de la Divina Pastora fue María Francisca de las Cinco Llagas (3), monja terciaria franciscana, proclamada santa en 1867 por el papa Pío IX.
Hacia 1742, aparecen en Nápoles muchas estampas y grabados de la Divina Pastora llevados por los padres alcantarinos. Una de ellas cae en manos del padre Salvador de Santa María, confesor de María Francisca, a quien da la imagen para su provecho espiritual. La santa, nada más verla, entra en éxtasis y ve a la Virgen María ataviada de Pastora, encomendándole la extensión de su culto y devoción en la ciudad. Desde aquel momento, encarga al padre Salvador que le traiga cuantas medallas y estampas de la Virgen consiga con el fin de propagar tan edificante devoción. La santa solía llevar un cuadrito de la Divina Pastora cuando visitaba enfermos y hacía sus obras de caridad.
Cuenta el padre Ardales, que en uno de sus frecuentes arrebatos místicos vio a la Divina Pastora y postrándose ante ella se declaró su esclava, pronunciando la siguiente fórmula de juramento: Y con el fin de que se sepa que yo soy vuestra feliz oveja, me contrasigno por tal, con ligadura de amor y de dependencia; y os ruego que así como yo me obligo externamente para con vos, así dignaos vos ligar internamente mi alma y mi corazón a vuestro corazón y a vuestra alma (4).
La vida de María Francisca como religiosa se caracterizó por un profundo misticismo, una dura penitencia y una ferviente creencia en la oración. Vivió en una época de santos y predicadores, fundadores de órdenes que influyeron decisivamente en la sociedad del momento. La misma María Francisca pudo conocer y trató a varios de ellos, con el consiguiente beneficio espiritual.
Nuestra santa pastoreña nació en Nápoles el 25 de marzo de 1715, día de la Encarnación, fecha premonitoria de la gran devoción que tendría a María en su vida. Era hija de Francisco Gallo, comerciante de cierto nivel económico, y de Bárbara Basini y recibió en el bautismo el nombre de Ana María Rosa Nicolasa. El padre era de carácter violento, y por esta causa, la madre sufría tanto que decidió pedir consejo a dos religiosos con fama de santidad: el franciscano fray Juan José de la Cruz y el padre jesuita Francisco de Jerónimo. Ambos la animaron y ayudaron a soportar las violencias del marido, al tiempo que profetizaron sobre el hijo que iba a nacer, diciéndole cuida bien a esta niña que está para nacer porque será una gran santa (6) .
En efecto, desde muy pequeña se manifestó en Ana María un vivo deseo por la práctica religiosa, de tal manera, que recibió la primera comunión a los siete años, edad extraña para su época. Su devoción se centraba en la Pasión de Cristo, sobre la que meditaba y se mortificaba. Tanto destacaban su unción y recogimiento en las cosas del Señor, que ya desde muy niña, comenzaron a llamarla la santita.
A los dieciséis años el padre concierta su matrimonio con un joven, como era costumbre en la época. Francisco Gallo deseaba alcanzar con el casamiento de su hija una mejoría en su posición económica, puesto que el futuro marido pertenecía a una rica familia; el muchacho se había enamorado no sólo de la belleza de Ana María, sino también de sus muchas virtudes espirituales.
La joven, sin embargo, tenía otros planes. Decidida desde la niñez a consagrarse por entero a Dios, rechazó el matrimonio concertado. Se dice que contestó a la propuesta de su padre: Padre mío, no tengas pena ni te preocupes por mí respecto a este punto, porque no quiero saber nada del mundo. Hace tiempo que deseo vestir el hábito religioso de San Pedro de Alcántara, y ya desde ahora os pido autorización para ello (7). Francisco, al escuchar estas palabras, no pudo contener su ira, y golpeó y encerró a su hija en su habitación castigándola a pan y agua.
La madre, intentó por todos los medios acabar con la triste situación, pero viendo que su iracundo marido no cedía, decidió recurrir al padre Teófilo, fraile de la Observancia. Éste con infinita paciencia, y ayudado, sin duda por el Señor, logró convencer a Francisco de su malvada e injusta actitud, puesto que con sus deseos mundanos se oponía a los designios de Dios para con su hija. Resignado, y quizás arrepentido, otorgó su autorización para que Ana María ingresara en la Orden Tercera de San Francisco. Esta toma de hábito no suponía su ingreso en un convento. Los terciarios vivían en sus casas, aunque aplicaban en su diario quehacer la Regla que habían asumido. Se consagraban personalmente a Dios, aunque sin abandonar su ambiente familiar.
El ansiado día llegó el 18 de septiembre de 1731, Ana María recibió el hábito de la Orden Tercera en la iglesia de los franciscanos de la Reforma de San Pedro de Alcántara de Nápoles, cambiando su nombre por el de María Francisca de las Cinco Llagas de Ntro. Señor Jesucristo, por ser devota de la Pasión del Señor. A partir de ahora viviría bajo la estricta regla de vida que había aceptado, siendo su director espiritual el padre José de la Cruz de Santa Lucía del Monte, futuro santo.
Comenzada la vida religiosa, María Francisca tuvo una serie de experiencias místicas extraordinarias: sufría en su carne los dolores de la Pasión de Cristo cuando meditaba sobre ellos, llegó a tener estigmas en su cuerpo, profetizó la santidad al barnabita Francisco Javier Bianchi, gozó de la aparición de María como Divina Pastora en varias ocasiones ... Los sucesos milagrosos relacionados con sus obras de caridad, sus oraciones y mortificaciones también la hicieron sufrir. Fue declarada sospechosa y visionaria, para algunos era una farsante, así que las autoridades eclesiásticas decidieron vigilarla. Para ello confiaron su dirección espiritual al padre Ignacio Mostillo, párroco de Santa María, quien le hizo pasar duras pruebas hasta convencerse de la santidad de María Francisca. Él mismo declararía que era una gran sierva de Dios, una santa viviente (8) .
María Francisca continuó llevando su vida de piedad, ejemplo y difusión de la devoción a la Divina Pastora hasta su muerte. Falleció el 6 de octubre de 1791 a los 76 años de edad. Se cuenta que al conocer la noticia de su fallecimiento, la gente corría por las calles de Nápoles gritando: La santa ha muerto, la monja santa ha muerto. Fue enterrada en la iglesia de Santa Lucía del Monte, junto al sepulcro de otro santo que trató en vida, San Juan José de la Cruz. Su cuerpo se conserva incorrupto, uno de los más evidentes símbolos de santidad para algunos.
Muy poco tiempo después de su muerte, se comenzó a postular la causa de su beatificación, siendo su principal promotor el padre Bianchi, a quien ella había predicho la santidad, y al que prometió se la aparecería tres días antes de su muerte. Así sucedió, y el franciscano Francisco Javier Bianchi (9) , pudo verla tres días antes de morir el 28 de enero de 1815.
Fue declarada venerable por Pío VII el 18 de mayo de 1803, beata por Gregorio XVI el 12 de noviembre de 1843, y finalmente santa por Pío IX el 29 de junio de 1867. Tanta es su devoción en Nápoles, que en 1901 fue declarada copatrona de la ciudad, junto a San Genaro.
Se conserva su casa en la que puede visitarse un oratorio realizado en la que fuera su alcoba, presidido por un retablo con el crucifijo ante el que solía rezar, y del cual, es tradición recibió los estigmas de la Pasión. También hay establecido allí un Instituto de Hermanas Terciarias Franciscanas.

III. Una reina: María Clotilde Adelaida de Cerdeña.
En Nápoles, ciudad bulliciosa, mitad española, mitad italiana, llena de gente variopinta, llena de teatros y oratorios, de maleantes y santos, aparece nuestra última protagonista, la reina de Cerdeña María Clotilde de Borbón, devota también de la Divina Pastora.
María Clotilde Adelaida de Borbón había nacido en Versalles el 23 de diciembre de 1759 y era hija del delfín Luis y de la princesa María Josefina de Sajonia. Aunque educada en el lujo y molicie de la corte, sintió desde muy joven la vocación religiosa. Rara avis en medio del bullicio cortesano, de las ligerezas y vanidades de una nobleza entretenida en amoríos, habladurías y chismorreos, supo mantenerse alejada de todo vicio y corrupción. A pesar de su vocación, por razones de estado casó en 1775 con Carlos Manuel, príncipe de Piamonte, más tarde Carlos Manuel IV. Encontró en su marido un apoyo, ya que éste le permitió seguir practicando la vida de piedad a la que aspiraba. En vida de su suegro, el rey Víctor Amadeo, apenas aparecía en los actos cortesanos.
La imposibilidad de tener hijos, propició que el matrimonio abrazara la orden terciaria dominica. Su vivencia religiosa se acentuó aún más tras los sucesos de la Revolución Francesa, en la que murieron guillotinados su hermano Luis XVI, su cuñada la reina María Antonieta y otros familiares. Desde entonces se puede decir con propiedad que vivió completamente apartada del mundo, tan grande fue para ella el golpe recibido. Se cuenta que repartió sus joyas y otros objetos de valor entre los pobres, deseando ella misma vivir en el más absoluto desprendimiento.
En 1796 fue coronada junto con su esposo reina de Cerdeña. Las circunstancias políticas la hicieron recalar en Nápoles, donde oyó hablar de las virtudes de María Francisca de las Cinco Llagas y del padre Mariano Postigione, superior del convento franciscano de Santa Catalina.
En la iglesia de Santa Catalina hay una capilla presidida por un hermoso lienzo de la Divina Pastora adornado con corona, pinjante y báculo de plata repujados. Esta bella pintura fue donada a la iglesia por el padre Mariano Postigione, devoto de la Virgen en este misterio. Ante esta imagen decía misa todos los días el venerable padre, cuya fama de santidad era conocida en toda Nápoles.
Deseosa María Clotilde de prosperar en la vida religiosa, se puso bajo su dirección espiritual, y al mismo tiempo, se hizo gran devota de la Divina Pastora. A través del padre Postigione, pudo conocer a María Francisca, y se cuenta que en muchas ocasiones asistían juntas a las misas que el venerable padre decía en la Capilla de la Divina Pastora. En una de ellas, se les apareció conjuntamente la Virgen ataviada de Divina Pastora. El padre Postigione pidió ser enterrado en dicha capilla lo que sus hermanos cumplieron. Pero también reposan allí los restos de María Clotilde, fallecida el 7 de marzo de 1802, y en cuyo epitafio puede leerse que deseaba reposar a su muerte bajo el báculo de la Divina Pastora: Maria Adelaida Clotilde Javiera Borbonia Sardinae Regina Sacellum hoc Divinae Pastorae dicatum in quo Venerabilis Mariae Adelaide Clotilde Sardinae Reginae corpus requiescit. Pro sua erga ipsam pietate ac devotione Umbertus a Sabahudia, Pedemonti Princeps suis sumptibus instaurandum ornandunque curavit MCMXXXIII (10) .
Las virtudes de María Clotilde, princesa y reina en la vida terrena, humilde sierva en la vida de religión que llevó a pesar de su rango, hicieron que el Papa Pío VII la declarara Venerable el 10 de abril de 1808, pocos años después de su muerte.

NOTAS

1. ARDALES, J. B.: La Divina Pastora y el Beato Diego José de Cádiz. XXXX PP. 41 y ss.
2. ARDALES, J. B.: Op. cit. p. 46.
3. En italiano, Maria Francesca delle Cinque Piaghe.
4. ARDALES, J. B.: Op. cit. p. 49.
5. Año Cristiano. Tomo X: Octubre. Madrid: BAC, 2006. Pp. 183 y ss. Artículo redactado por María Encarnación González Rodríguez.
6. Año Cristiano. Op. cit. p. 184.
7. Año cristiano. Op. cit. p. 185.
8. Año crisriano. Op. cit. p. 188.
9. Fue declarado santo en 1951 por el papa Pío XII.
10. Reproducido en ARDALES; J: B.: Op. cit. p. 52.

Visitas: 874

Comentar

¡Necesitas ser un miembro de Cofrades para añadir comentarios!

Participar en Cofrades

Sobre


Publicidad

 




 

Pasión en Sevilla

Eventos

Música

Paused...
  • 1.
    adaptacion de marcha

© 2020   Creado por Pasionensevilla.   Tecnología de

Emblemas  |  Reportar un problema  |  Términos de servicio