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"Igual que ayer permanece."

 

Se magnifica la sinfonía de sentimientos que despierta su presencia. Sin remedio, el mágico cimbreo de sus varales regalan a Sevilla un ser y una identidad propia. Es Ella, fue Ella y será Ella. Pasado, presente y futuro en Ella, en su cara, en su ser... En el ser que le regaló a la Ciudad. En el ser que vuelve loco a la Ciudad. El Duende macareno, pancarta insigne y eterna de la Semana Santa más hermosa del mundo.

 

Ayúdame, sevillano, tu que entiendes de esto. ¿Dónde está su secreto? Dame los motivos de esta infinitud del gozo, de esta asilada belleza. Dime, sevillano, ¿qué milagro le dio ese Duende a un sentimiento tan fascinante? ¿Dónde está su Duende, sevillano? ¿Dónde está su secreto? Lo sabes tan bien como yo.

 

No está en el Arco, límite fronterizo del Paraíso y la tierra, barrera de la realidad y el sueño. Tampoco en San Gil, en su barrio ni en Escoberos, ni en Feria, ni en Parras. Rastros dejó esta primavera en el Salvador, bendita suerte tuvieron los que esa gloriosa estampa vivieron. No lo busques tampoco en la luz tempranera del Viernes Santo, ni en la oscuridad de la noche que nunca existe en Sevilla.

 

La certeza de todo esto parece confundirse, inevitablemente, en su figura. Tendemos a dar el resultado de la ecuación cuando Ella nos mira, al postrarnos delante de su figura, al llorar con Ella en su dulce llanto. No es esa la sentencia de este juicio sentimental, no es este enamoramiento la respuesta casi invisible a tal complejo misterio.

 

Con buen criterio te digo que la respuesta la tiene otra Dama, guapa como ninguna, posiblemente hija suya. En el Cielo del Cielo se encuentra, divisando en plenitud el relámpago imponente de sentimientos que su gente le cultiva. El secreto y su Hija también están en un altar, solo que en este la plata se cambia por la piedra, las esmeraldas por una palma y el oro aterciopelado por un escudo. El Duende de la Esperanza lo tiene escondido en sus ojos la Fe que corona la Giralda.

 

Allí en las alturas se esconde, tras siglos y siglos habitando, el Duende de la Fe de Sevilla. Porque al final todo se hace circunferencia, sin más principio y final que el que nosotros mismos queramos darle. La Fe que corona a Sevilla es la que tiene en el alma la Esperanza. La Fe de la hermosa mujer, dueña inconfundible de la Giralda, es esa que un día le regalo su Esperanza, la que profesa el sevillano, la que da luz a los ciegos, la que da credo a los escépticos. Ahí, sevillano ahí.

 

La Esperanza le regaló esa fe a la Vieja Dama de Sevilla. Después Ella, desde la cumbre imponente de la Ciudad se encargó de repartirla por sus calles, por sus plazas, por su gente... Por el aire y por el agua, por lo tangible y lo intangible, por el alma de todo el que esta tierra pisara... Y esa fe sevillana, ese Duende hecho Esperanza, sigue latiendo hoy, de la misma forma que hace siglos lo hacía, en cualquier corazón.

 

Duende bendito de mi Sevilla,

mi fe hecha oración y alabanza.

Mi fe en tus manos, Giraldilla.

Mi fe en tus manos, Esperanza.

 

 

 

José Antonio Montero Fernández.

 

A la Madre de Sevilla.

A Sevilla.

A Rasero.

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