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 Dios, con su voz, hace ver al pueblo quién es su Hijo. Se escuchó la voz del Señor entre los hombres. Esa voz poderosa de la que habla el salmo: “La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica. El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: « ¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno”. Sal 28, la y 2. 3ac-4. y 9b-10. La voz de Dios resuena por encima del ruido del mundo para manifestar que el amor de Dios es más grande y poderoso. Cristo se inclina ante un hombre, ante Juan, y recibe el sí de su Padre Dios: “Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:-«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.» Mateo 3, 13-17. Jesús se sumerge en las aguas del Jordán para darnos la vida; muere al mundo para nacer a la vida verdadera. Jesús recibe así el sí de Dios a su vida y recibe el amor más grande. Los Padres de la Iglesia siempre nos recuerdan que el sentido del bautismo de Jesús es doble: dejarnos una fuente de limpieza y traernos la Salvación. Nos muestra el camino que tenemos que seguir.
Vamos a tratar de adentrarnos en el misterio de esta fiesta.

EL PRIMER PASO DEL SEÑOR: CRISTO SE SUMERGE EN LAS AGUAS DEL JORDÁN.

La palabra Bautismo se deriva de la palabra griega “baptizein”, que significa lavar o sumergir. Sinembargo, nos pasa como a Juan, que no entendemos que Jesús tenga que pasar por el agua que purifica, porque Él está libre de pecado: “En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al
Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»”. Juan duda y teme bautizar a aquel a quien no es digno de desatarle las sandalias. Juan había pedido el arrepentimiento por
los pecados cometidos a todo aquel que quisiera ser bautizado. El Bautismo de Juan era
el comienzo de una vida nueva, para la cual era fundamental acabar con la vida anterior.
Sin embargo, Jesús no conocía el pecado, no tenía que dejar ninguna vida pasada. ¿Qué
sentido tenía entonces su bautismo? Jesús llevaba 30 años sumergido en el silencio de
Nazaret. El Hijo de Dios permanecía oculto a los ojos de los hombres. El primer paso
para comprender la epifanía de hoy se da cuando miramos a Jesús descender y
sumergirse en el agua el Jordán. Se oculta a los ojos de los hombres aquel que ha estado
oculto hasta ahora; quiere desaparecer bajo las aguas para mostrarnos el camino. Jesús
muere a los ojos del mundo al sumergirse bajo las aguas. Juan se convierte en testigo de
la humillación del hijo de Dios. La humillación de Cristo es el camino de vida que se nos
presenta. Morir al propio orgullo, a la propia vanidad, a los propios planes. Las aguas
cubren la vida para darnos una nueva vida. ¿A qué tenemos que morir en nuestro
corazón para que pueda vencer la vida de Cristo?.


EL SEGUNDO PASO: EL BAUTISMO EN EL JORDÁN ABRE UNA FUENTE DE GRACIA PARA TODOS.

Jesús logra que Juan acceda y le bautice en el Jordán. Dice Jesús: «Déjalo ahora. Está bien
que cumplamos así toda justicia (todo lo que Dios quiere)». Entonces Juan se lo permitió”. Pero
no es fácil de interpretar la respuesta de Jesús. Como dice Benedicto XVI importa el
sentido que se le dé a la palabra justicia: “En el mundo en que vive Jesús “Justicia” es la
respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios”8. Jesús le da un sí
incondicional a la voluntad de Dios. Es expresión “de solidaridad con los hombres, que se han
hecho culpables, pero que tienden a la justicia”9. Sin embargo, el sentido pleno del Bautismo
de Jesús se manifestará en la cruz, en la que Cristo carga con todos nuestros pecados. De
esta forma se interpreta su inmersión en el Jordán cargado con todas nuestras culpas. El
Bautismo es su muerte por nosotros y su paso a la vida, a la Resurrección. Por el
Bautismo de Jesús hemos sido salvados. El agua que toca a Jesús es el agua de nuestra
salvación, pues nos ha de traer la vida. Su presencia en el agua santifica la vida. Desde
ese momento todos tenemos una fuente de salvación. El agua del Bautismo nos renueva
y nos da vida nueva. Es la gracia que nos colma en el Espíritu. Dice S. Agustín: “El
Salvador quiso bautizarse no para adquirir limpieza para sí, sino para dejarnos una fuente de
limpieza. Desde el momento en que bajó Cristo a las aguas, el agua limpia los pecados de todos”.
Cristo convierte el agua en una fuente de vida para todos. Necesitamos experimentar
tantas veces el perdón y la misericordia en nuestra vida, la fuente de la vida verdadera.
Nos sabemos frágiles y pecadores. Pero el pecado no debe alejarnos de Dios. El otro día
leía:”El hombre percibe la vertiginosa distancia que lo separa del modelo y, avergonzado por su
vulgaridad, abrumado, siente la necesidad de limpiar su corazón de la negrura que lo espesa”  La experiencia de nuestra debilidad nos ha de acercar más al corazón de Dios, a las aguas
que nos purifican. Son aguas que nos liberan del pecado que esclaviza. Así como Josué
cruzó el Jordán para entrar en la tierra prometida (Jue 3,15ss), Jesús lo atraviesa para
llevarnos a la vida. ¿Cuándo recurrimos a recibir esa agua que nos limpia y purifica?.


EL TERCER PASO: CRISTO RECIBE SU MISIÓN JUNTO AL JORDÁN.

 Isaías anticipa los rasgos del Mesías: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero”. El rasgo esencial de Cristo es revelado hoy a todos los hombres: Dios lo ha elegido y lo ha amado, lo ha preferido sobre todo hombre. La predilección de Dios se manifiesta en la fuerza del Espíritu: “Sobre él he puesto mi espíritu”. Cristo recibe el Espíritu en plenitud a través de Juan el Bautista. Dios usa los caminos que quiere y se sirve de nuestra indignidad de un hombre para manifestar su poder. Juan, el pequeño, el más indigno, es el instrumento de Dios para confirmar a Jesús en su misión. Una misión que tiene unos rasgos muy claros en las palabras de Isaías: “Para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas”. Una misión inmensa en las manos de un hombre pobre, hecho de carne como nosotros, pero hijo de Dios. Pedro va a recordar cómo Jesús fue fiel a su misión: “Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.» Hechos de los apóstoles 10, 34-38. Su filiación divina lo llena de poder y lo capacita para la misión. En pocas palabras se resume: “Pasó haciendo el bien”. La conciencia de ser hijo y el amor del Padre lo capacitan para el bien: “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.» Isaías 42, 1-7. Dios lo ha formado y, en este día del Bautismo, deja caer sobre él todo su poder, su presencia y su amor. En este encuentro de intimidad con su Padre, en el amor del Padre, Cristo se revela como el Hijo enviado a amar al mundo.


EL CUARTO PASO: EL ALIMENTO DE CRISTO ES HACER LA VOLUNTAD DEL PADRE.

 Es el camino que tenemos que recorrer y con el que concluye este tiempo de Navidad. La
manifestación de Cristo en el Jordán es la manifestación del sentido de nuestra vida:
amar como Dios nos ha amado. Lo único que vale es practicar la justicia, es decir, hacer
la voluntad de Dios y amar como Él nos ama. Es la misión de nuestra vida que se irá
concretando en la medida en que imitemos a Cristo. Como nos lo recuerda S. Vicente de
Paúl: “Debemos imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y
apoyándolos. Cristo quiso nacer pobre. Dios ama a los pobres y ama a los que aman a los pobres”.
El amor de Dios por nosotros se ha de manifestar en el amor que entreguemos a otros.
Comenta S. Agustín: “Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que
tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues
hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre”. El amor al prójimo, al que está a nuestro
lado, al más necesitado, debería ser el mensaje que nos llevemos grabado en el corazón al
acabar la Navidad. Cristo ha cargado con nuestros pecados para que aprendamos a
amar. Es necesario cargar con aquellos que Dios nos confía, con sus debilidades y
pecados. Hagamos como María, que llevaba todo en su corazón. Ella nos enseña a amar
con humildad y sencillez, sin exigir nada, dándolo todo en cada momento.

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.
Fuente: Epifanía del Señor - Bautismo del Señor 6-9 Enero 2011 P. Carlos Padilla.

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