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Por Marcelo Daniel Fernández
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 Allí, sobre mi cama, pendiente de la pared, se encuentra el símbolo de muchos de los aspectos más profundos de mi vida, aunque los mismos no constituyan ejemplos de la religiosidad habitual. Como primera y última visión de mis jornadas, por no hablar de las intermedias, la presencia del crucifijo no solamente convoca mis íntimas reflexiones sobre las más variadas, y hasta insólitas, circunstancias que se suceden en mi apresurado cerebro, sino también aquellos acontecimientos relacionados con su existencia en el lugar donde se encuentra, desde hace muchos años. Una cruz y un Cristo de raíz.
La historia comienza cuando vivía en Buenos Aires, a fines de la década de 1950. Historia normal de los estudiantes del interior que se aventuraban en los claustros que sus ciudades no ofrecían: facultad y trabajo. Y aquella célula fundamental que era la pensión, institución imprescindible y receptora de sueños y frustraciones compartidas. Jungla aterrorizante, al principio, como imposible contrapartida de la lejana pasividad provinciana y familiar; luego, con el transcurso del tiempo, cálido reducto en el que la obligada convivencia inspiraba las solidaridades más increíbles.
 
Vida de estudiante que devenía, en un plano, rudimentariamente, y en otro, casi insensible, forjando experiencias personales que iban marcando el destino de nuestras vidas. En este plano, mientras en el primero se iban difuminando sus primigenios objetivos (con el consabido alerta de la esperanzada familia), la alternativa del noviazgo en serio se planteó forzosamente en una personalidad sensible y solitaria como la mía. Y cuando las ataduras se soltaron del compromiso contraído con una vocación poco convincente, la meta insegura del matrimonio fue adquiriendo características de tabla de salvación moral, de posibilidad redentora de todas, entonces creía, mis aspiraciones emocionales. La relación con ella se consolidó en la mutua soledad y en la esperanza de un porvenir compartido.
Entonces, mi condición de empleado público no albergaba otro destino que el de regodearse con las bondades de un futuro incierto. 
 
El cotidiano paseo por el centro de Buenos Aires, el cafecito nuestro de cada día, la ensoñación que nos provocaban las vidrieras de la Avenida Santa Fe… 
 
Fue allí, en un pequeño local de una de sus galerías, a pocos pasos de Callao, donde lo vimos por primera vez, en un rincón de su única vidriera.
 
El Cristo crucificado. Construido sabiamente, exclusivamente con raíces, impactando con un expresionismo verdaderamente sobrecogedor, colgado como el homónimo de San Juan de la Cruz de Dalí, en el centro de la peculiar escena. Sólo formas retorcidas promovían, en su extraordinaria elementalidad, ese dolor profundo y desolado al que se puede llegar cuando el sufrimiento es la clave de su creación y también el motivo verdadero de quienes se detienen para admirarlo. Clave del arte, como artesanía intermediaria de una comunicación dolorosa con nuestro Dios personal.
 
No nos animamos a averiguar su precio, no estábamos en condiciones siquiera de pensarlo. Pero desde ese momento empezó a formar parte de nuestras ilusiones, a punto de constituirse, poco a poco en obsesión. 
 
El paseo cotidiano se convirtió en una peregrinación obligada a la galería para cumplir con el rito de la visita de “nuestro Cristo”, al que considerábamos esperándonos detrás de la vidriera.
Hasta que, luego de casi dos meses de persistir en esta peculiar experiencia (a la cual se iba asociando con mayor intensidad la angustia de dejar de verlo algún día), la dueña del local nos invitó amablemente a ingresar en el local.
 
Nos dijo que para ella constituíamos ya parte de su trabajo diario, que hasta nos esperaba que apareciéramos frente a su local y se sobresaltaba cuando no concurríamos. 
Sabía –por experiencia comercial–, el motivo de nuestra presencia e imaginaba las circunstancias que impedían la concreción de un evidente muy caro anhelo. Nos propuso un trato razonable, expresándose con mucho afecto, hasta diría con cierta emoción.
“Se trata de una obra única de un artesano muy particular que, por razones muy personales, prefiere ocultar su nombre y su domicilio…En realidad, nos reconoció que sólo hizo dos Cristos similares en su vida, uno de los cuales se los regaló a su madre…”. “El precio actual de esta obra es actualmente de….pesos, teniéndose en cuenta, aparte de su calidad artística, la ubicación del negocio donde se lo vende y la ornamentación que lo rodea”. (Absolutamente inaccesible para nosotros) “El precio seguirá subiendo con el tiempo, porque existe bastante demanda aunque es un producto caro de difícil adquisición…No obstante me comprometo ante ustedes, que han demostrado verdadero afecto por esta obra, mantener el precio actual, pero solamente para ustedes, aunque el precio siga elevándose. Los esperaré hasta cuando hayan ahorrado o conseguido el dinero que ahora fijamos…Espero que sea pronto…lamento no poder reservárselos”.
Mientras nos acercábamos a la cifra, con bastantes sacrificios, mantuvimos constante nuestras visitas al íntimo y personal santuario. Ahora la angustia fue transformándose en desesperación. Llegábamos apresuradamente al local con palpitaciones crecientes, y ante su querida figura sonreíamos nerviosamente como si necesitáramos tal comprobación para seguir viviendo.
Pasado un tiempo alcanzamos reunir la cantidad estipulada. Pero el día que concurrimos para, por fin, comprarlo a “nuestro Cristo”, se nos detuvo el mundo. No estaba colgado detrás de la vidriera…La compungida vendedora fue concluyente y lo dijo sin mirarnos: “El artista, que era su propietario, lo retiró esta mañana…no quiso entender razones…” Como les dije nadie conoce su paradero. De aquel rincón tan entrañable salimos para sumergirnos en una ciudad absolutamente incomprensible, desposeídos de la clave que hubiera dulcificado nuestras mutuas soledades.
Pasaron casi diez años de aquella dramática experiencia. La revelación se produjo cuando estaba sentado frente a mi máquina de escribir, en la redacción del diario donde trabajaba en mi ciudad natal. Un hombre desgarbado, de rostro amargo, se acercó y me dijo: “Me mandan de la Dirección de Cultura porque mañana se inaugura una exposición de mis obras en el salón de este diario…Me recomendaron a usted para que me hiciera una nota…” Mientras subíamos al salón me comentó “que se trataba de piezas realizadas con raíces de árboles…Me detuve para preguntarle, visiblemente intrigado: “¿Por casualidad usted expuso hace años en un local de una galería de la Avenida Santa Fe y Callao, en Buenos Aires…?” Antes que me contestara ya obtuve la sorprendente respuesta al trasponer el último escalón antes de ingresar al salón de exposición y divisar, perfectamente iluminado, nuestro Cristo colgado en una de sus paredes. 
-“Efectivamente, expuse en ese local un tiempo hasta que la única obra que había presentado allí, un Cristo de raíz que me costó mucho trabajo y era único, no pudo venderse y la retiré con verdadero dolor porque estaba necesitado…Un Cristo hechizado…porque tampoco se vendió después…Es el que usted tiene a la vista…”. Ocultando mi emoción, al menos así pensé en ese momento, dije para mis adentros “Espero que ahora no se me escape…que pueda obtener el dinero suficiente para adquirirlo…”. Recordé entonces que las circunstancias de mi existencia habían cambiado con los años y me encontraba absolutamente solo. No obstante lo cual pude reunir el valor para adquirir, por fin, el Cristo de raíz, llegado milagrosamente hasta mi propia presencia, a la mañana siguiente temprano ni bien se abrieran las puertas del diario. Era imposible que este Cristo se me volviera a escapar. 
Y se escapó por segunda vez, aunque parezca mentira. A la mañana siguiente, cuando todavía nadie se encontraba en el diario, salvo algún ordenanza, subí con cierta desesperación las escaleras que llevaban al salón de exposición, abrí con fuerza sus puertas y ¡Lo encontré totalmente vacío! Ante mi desconcierto, el ordenanza me informó: El artista vino muy temprano, guardó todas sus obras y se las llevó…sin avisar a nadie.
 
Me encaminé, sin mucha esperanza, a la Dirección de Cultura para solicitarle alguna información a su directora, una querida amiga mía, quien se encontraba muy alterada. El raicista, le acababan de informar, no solamente se había llevado todas las piezas de su producción temprano  –dejando sin efecto su acto de inauguración previsto para esa tarde y el consiguiente protocolo oficial–, sino dejado una cuenta importante en el hotel donde lo hospedaron, de gastos extras. Nadie pudo dar fe del procedimiento que utilizó para escaparse sin ser visto.
 
Esa tarde, padeciendo los efectos de una gran tristeza, prácticamente sin intentar siquiera escribir alguna nota que reemplazara el espacio destinado a la exposición del artista misterioso, un ordenanza se acercó a mi mesa de trabajo portando un envoltorio mediano en papel madera. “Lo trajeron para vos hace un rato, para el que escribe sobre arte, no mencionaron tu nombre”.
Al empezar a desgarrar dicho paquete con una inquietud desacostumbrada me percaté inmediatamente de su extraordinario contenido: los desgarrados brazos de mi Cristo asomaban como si quisieran abrazarme para siempre. “En reconocimiento a su paciencia por haberme esperado tantos años” decía la tarjeta que lo acompañaba, sin identificación visible. 
Hasta hoy preside la pared sobre mi cama.
 
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Relato publicado en el blog Desde la Alcazaba de D. Antonio Rodríguez Crujera

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Comentado por tianera en enero 15, 2012 a 5:13pm

buena entrada y el cristo es especial

un abrazo

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