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No has llegado huérfano como aquella primera vez que fuiste a la ciudad a ver las cofradías. He visto en tus ojos esta mañana el verde de los ojos de aquel que es tu brújula treinta años después de su silencio. He visto en tu mirada los ojos negros de la que iba de la costura a la cocina para sentir cómo el Dios de la tribu va a la casa de los pobres a encender las hornillas. Ellos te han llevado de la mano y han encendido tus ojos para que hablara tu corazón.

Has ido a la ciudad, aunque vestido de ciudad, sin despojarte nunca de tu piel campesina. Un día te dije que no cambiaras, que no dejaras nunca de ser de pueblo. "No puedo", me dijiste. Y es verdad, hoy lo has vuelto a demostrar, la sangre es la sangre.

Había en la ciudad algunos judas y pilatos del siglo XXI, de los que se tocan el corazón y se cortan, que decían, criticaban, juzgaban y se rasgaban las vestiduras... porque cómo ibas tú a hablarles a ellos de Dios. A ellos, que se codean con Él todos los días en las capillitas y en las sacristías exclusivas de los "elegidos". Cómo ibas tú a hablarles a ellos de Dios, de "su" dios particular. Si tú no sabes ni entiendes de cofradías, "so cateto". Si no estás metido en "su mundillo". Si te daría claustrofobia ponerte un capirote y nunca has salido de costalero...

Podrías, porque puedes y porque sabes, haber compuesto cientos de versos rimando flores con dolores, macarenas con penas, cosas bellas con estrellas y penitentes por el puente. Y haber elevado el tono de voz, como hacen tantos, para hacer saber que ya ha terminado el poema, buscando el aplauso.

Pero no. Aunque vestido de ciudad, has querido seguir siendo tú, el que eres. Con el traje de paisano y la procesión siempre por dentro, del corazón al verso, de la copla al alma, de la palabra al paisaje, de la voz al cielo, para buscar a Dios. Pero no el Dios de madera, "sino el que anduvo en la mar". El Dios de la tribu. El Dios del paisaje. El Dios de la lluvia. El Dios del pan. El Dios del pobre. El Dios de la humildad. El Dios del pueblo. El Dios de tus dudas. El Dios de nuestras dudas. El Dios del perdón.

Hoy, por los paisajes del Guadiamar celestial, unos ojos verdes derraman lágrimas de orgullo, y unos ojos negros hilvanan sonrisas de alegría y amor de madre.
Y por la tribu, maestro, estamos llenos de tu palabra que nos ha llenado el alma de tu Dios, nuestro Dios, el Dios de la tribu.

Gracias siempre, maestro, paisano.
Pregonero de la tribu.

Francisco José Pavón

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