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Cuando un poema no alabe la rima de tu mirada, cuando un suspiro ya no derrame cascadas de lágrimas, cuando dos manos no recen ante tus plantas, cuando sonoras saetas no arranquen del pueblo un sentir penitente, cuando las hojas del tiempo no escriban con sed el triunfo de tu martirio...

 

Cuando no te busquen las sombras de la Alcazaba y la luna te vuelva la cara en tu peregrinar del Martes Santo, cuando en el Salvador el vello no quiera erizarse hasta el mismo destino que buscan tus ojos, cuando no nazca de ti la esperanza de abrazar la cruz a la que ahora te clavan, cuando no quieras tumbar la penumbra que propicia la mancha más dolorosa del mundo.

 

Cuando la verdad de Nietzsche se coma el mensaje de tu palabra, cuando no te vean en su corazón tantas mujeres y hombres, cuando no sirvan las oraciones para acallar los pesares, cuando no tenga sentido escucharte y sentirte, cuando no salga del cuerpo dulcificar tu dolor y tu muerte.

 

Cuando tu pueblo, Señor, ese que hoy no entiende o no quiere ver con claridad tu palabra, reviente todos los cauces del mundo ante ti, cuando la mentira que envuelve al planeta te gane la partida, cuando la razón le gane la partida al latido de tus millones de corazones, cuando no seamos capaces de sentir un pellizco en alma al ver como la sangre se come tu carne, cuando te veas convencido de que no hay futuro posible en el que gobiernes con tranquilidad, cuando te claven en un madero bendito, de ti se rían, te sacrifiquen y satisfechos se vanaglorien de una embustera victoria.

 

Cuando el mundo que hoy gobiernas, Señor, te vuelva a dar la espalda, cuando te falte poesía para aumentar tu calma, cuando no exista el aire con el que restar tu angustia, cuando no latan los corazones para sonar con tu estampa, cuando la sed te acongoje, cuando te falten palabras, cuando te sientas más solo que nadie, cuando tu Madre, belleza brutal de dolor y amor incondicional, no te mire arrodillada, cuando no busque en el cielo una lógica ilógica que relaje su pena.

 

Cuando eso suceda, mi Dios, cuando no te queden fuerzas y veas que todos te han dado de lado, cuando yo comprenda la dulzura de tu belleza, cuando no entienda el significado de tu esencia, cuando no pueda ya componerte ni una oración de bonanza, cuando creas que de verdad por ti nadie siente nada... Hazme caso, Señor, y vuélveme la mirada.

 

Vuélvele la mirada a un pueblo que hoy no sabe más que mirar el mismo cielo que el que tú acercas. Vuelve la cara, Señor, a una Sevilla que aún mantiene en lo más hondo de la médula del alma tu sobrecogedora efigie. No te rindas, mi Dios, no te rindas cuando todo lo que tiene que venir te cargue de peso la espalda. No te rindas, mi Dios de los callejones, porque sin ti la luz no encuentra logro al final del túnel. Que el esplendor de tu talla impulse tus ganas de remangarte el espíritu en el madero.

 

Y descuida, que cuando un poema no llore la rima de tu mirada, cuando un suspiro ya no derrame cascadas de lágrimas, cuando dos manos no recen ante tus plantas, cuando sonoras saetas no arranquen del pueblo un sentir penitente, cuando las hojas del tiempo no escriban con sed el triunfo de tu martirio... Cuando los callejones de tu ciudad no griten tu nombre, entonces Señor descuida que ahí estaremos para sacar la bandera de tu mensaje.

 

Misericordia en el mundo, el cual Tú mismo creaste. Misericordia en Sevilla, el milagro que sin querer inventaste. Mi Dios de los callejones, el Dios que mueve el mundo con su perdón y su amparo, el Dios que te abraza sin ni siquiera mirarte.

 

Mi Dios, tu Dios, nuestro Dios: El Dios de Santa Cruz.

 

 

 

José Antonio Montero Fernández.

 

A mi Cristo de las Misericordias.

A mi Hermandad.

A Rasero.

A ti.

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