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El lugar de la Resurrección: ¿No es ya demasiada polémica?

Desde hace años venimos asistiendo, cada vez que entramos en la Cuaresma, a la polémica acerca del lugar –esto es: día y hora-- que en la nómina oficial de las cofradías debe ocupar la Hermandad de la Resurrección.

Una cosa es evidente sobre todas las demás: se trata de un asunto que suscita controversia, a veces con posiciones demasiado encontradas y con opiniones buena parte de ellas sin mucho sentido. Pero el propio hecho de que con el paso del tiempo la polémica no decaiga, sino que por el contrario las posiciones se hagan más enfrentadas, ya nos esta diciendo algo muy importante: la cuestión tiene que estar, necesariamente, mal planteada, en la medida que carece de la más elemental racionalidad su prolongación en el tiempo.

Dejemos al margen el argumento de la infraestructura cofradiera, que se desmiente por sí mismo. Al colocar a una Hermandad en un momento u en otro de la nómina es cuestión de orden menor aquella que se refiera a razones puramente organizativas, porque esas todas tienen solución, con la única condición de que los responsables de alcanzarla así lo quieran. Pero objetivamente es un argumento de orden menor. Como menor es la preocupación que a veces asalta a los responsables cofradieros por el número de horas que el ciudadano deba pasar en las sillas, si hay demasiados nazarenos. Esta preocupación, sin duda bienintencionada, no se tiene de pie: uno estará en las sillas –-si es que va-- el tiempo que quiera, porque nadie le obliga a estar de principio a fin. Por tanto, mejor será dejar a cada persona que elija qué quiere hacer y que tiempo va a dedicar a ver las cofradías del día.

Si se tira de hemeroteca, algo que a veces constituye un deporte de riesgo, se observa que la razón de más peso que se aporta se refiere al sinsentido histórico-teológico de que Cristo Resucitado procesione cronológicamente a la vez que el Santo Entierro o que la Soledad, por ejemplo. El argumento, si nos atenemos el relato evangélico, es evidentemente cierto. Lo que ocurre es que, si admitimos este fundamento historicista, habría que replantearse demasiadas cuestiones, por no decir casi todas, sobre la Semana Santa.

Más fácil de entender aún: si lleváramos esta argumentación histórica hasta sus límites últimos, esto es: si se tratara de ajustarnos a la cronología verdadera, tendríamos que replantear en su totalidad la estructura de nuestra Semana Santa. ¿Qué sentido historicista tiene que la Santa Cena se incluya en el Domingo de Ramos, en unión de Nazarenos y Crucificados? No hay más que repasar la totalidad de la nomina para advertir como este criterio histórico no se ha aplicado nunca, entre otras cosas porque nuestras Hermandades no representan por las calles la Pasión, sino que suponen manifestaciones colectivas de fe penitencial, que es algo bien distinto. Y esta distinción es mucho más que un matiz.

Todos sabemos como hay lugares en España, algunos con gran nombradía, en los que las hermandades, en efecto, realizan sus estaciones de penitencia siguiendo esa cronología evangélica, porque de lo que se trata es de vivir una representación de la Pasión. Es un modo de entender y de organizar los actos; sin embargo, tal criterio no es el que tradicionalmente se ha seguido en Sevilla, como se comprueba con una simple mirada a la estructura de los desfiles procesionales, de hoy y de hace un siglo.

Por eso, hay que convenir que el argumento histórico carece de suficiente peso en este caso, en la medida en que lo que nadie en su sano juicio puede pretender es que a una Hermandad se le exija rigurosamente que cumpla un criterio del que se exime a todas las demás.

Las hemerotecas nos recuerdan también en este caso que la disposición jurídico-eclesiástica correspondiente establecía desde los tiempos del recordado Cardenal Bueno Monreal la ya conocida limitación para la Hermandad de la Resurrección a efectos de su estación de penitencia. En tanto tal disposición esté en vigor, hay que cumplirla, desde luego. Pero ello no debe llevar a olvidar que toda norma de derecho positivo puede ser modificada por quien tiene autoridad legítima para ello.

Me pregunto, quizás con demasiada ingenuidad, cuántos responsables de Juntas de Gobierno estarían dispuestos a dejar actuar con toda libertad –esto es: sin condicionarla por la vía de los hechos-- a la autoridad eclesiástica, para que ella pudiera resolver en derecho lo que considerara más adecuado en este caso, de acuerdo con los verdaderos fines de la Semana Santa, que al fin y a la postre son los que a ella le competen.

Pero seamos sinceros: ¿No es lo más probable que se levantarían muchas voces, demasiadas, repitiendo esa expresión últimamente acuñada del baculazo? Si esto fuera así, también el argumento jurídico empezaría a perder su sentido. Siempre resulta muy atinado defender el principio del “cúmplase la ley”; pero deja de ser atinado si resulta que ese cúmplase lleva implícito un “sí, pero según me guste o no lo que diga”. Y esto segundo ya se pasa de la raya.

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Comentado por palio en marzo 7, 2009 a 10:28am
Que salgan a las 9 de la mañana del Domingo de Resurrección ... y ligerito.

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