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El año 1904, formando parte de la orquesta que actuó en la fundación del convento de San Francisco, de la ciudad de Estepa, llegaba un joven seminarista franciscano, que tocaba el violín. Se llamaba fray Alfonso Castelo Aranda. Era de complexión enfermiza y no parecía destinado a la dura lucha que le aguardaba.

Transcurridos los años de formación en el seminario de Chipiona, el padre Alfonso inicia su fecunda labor sacerdotal. He aquí los jalones cronológicos de su larga vida; primera misa, en Chipiona (1907); un trienio en las escuelas del convento franciscano de Lebrija (1908-1911); primer destino en la ciudad de Estepa (1911-1921); nueve años en Puente Genil, al frente del convento y escuelas (1922-1931); regreso definitivo a Estepa (1931-1965); últimos meses en Chipiona (abril-noviembre 1965); muerte, el 27 de noviembre, a los ochenta y tres años de edad y sesenta y seis de vida religiosa.

El padre Alfonso fue un padre entrañablemente ligado a la historia de la ciudad de Estepa y de su convento franciscano, a lo largo de los cincuenta años últimos. Con razón dijo el poeta:

“que va unido a nuestra historia como la veleta al aire”.

Todos los vendavales – gozos o calamidades – de la ciudad le han tenido por protagonista.

No podemos sino insinuar la lista larga de sus actividades. Cuando el padre Alfonso pisó Estepa por primera vez, la palabra organización sonaba a novedad en el campo del apostolado. Y he aquí su primera faceta: “organizador incansable”,

Sus desvelos por la juventud le impulsaron a fundar la “Juventud Antoniana”, que tan profundamente arraigó en el corazón de los jóvenes de ambos sexos. Y como una prolongación de esta actividad nacieron las “Conferencias de San Antonio”, institución de brillante trayectoria, de la que el padre Alfonso fue director durante muchos años. Asimismo, de su celo misional es portavoz la “Unión Misional Franciscana”, también iniciada en Estepa bajo sus auspicios. El nombre del llorado franciscano va también ligado a las vicisitudes de la Semana Santa estepeña. Dígalo esa austera Hermandad del Calvario, de la que el fue guión y alma del mejor temple, hasta el punto de estar pendiente de los detalles de la organización, desde el mismo lecho del dolor, que lo retenía. En esta misma línea su ausencia en las procesiones ha dejado un hueco difícil de rellenar.

En el terreno de la enseñanza, primaria y media, el padre Alfonso dio pruebas de noble empeño; primero, al servicio de las escuelas de Lebrija; luego, en la dirección del colegio de Puente Genil, y finalmente, apoyando dedicadamente la apertura del colegio de primera enseñanza y del Colegio Libre Adoptado en Estepa.

Esta actividad extensa hacia el exterior se vio siempre respaldada por una profunda piedad sacerdotal y religiosa. El confesionario ha sido uno de los baluartes de su celo apostólico. El padre Alfonso alcanzó esa meta de la sencillez evangélica, que es la cifra de todas las virtudes. Era el amigo de todos, en particular de los desheredados y de los que sufrían algún agobio.

Sería fácil tejer una guirnalda que anecdóticamente, resumiera la vida de este sencillamente ilustre religioso. Sería el caso de aquel sargento cumplidor que, ante la intercesión del padre Alfonso por el joven que ha ido a parar al “cuarto de las tejas”, le dice al buen fraile: “Padre, si nosotros metemos y usted saca, mejor sería que nos crucemos de brazos”. Y el otro caso del joven obrero, muy alcanzado de medios, que acude al padre Alfonso para que le den fiada una bicicleta. O, finalmente, la significativa expresión de los niños, que, al ver pasar un religioso por la puerta, llaman a su madre, diciendo: “Mamá; otro padre Alfonso”.

La ciudad de Estepa ha correspondido generosamente. Son muchas las pruebas de predicción y simpatía. Ha sido nombrado como “Hijo Ilustre” de la ciudad, título que supo ganar y justificar a lo largo de su vida. Añadamos que una céntrica calle estepeña lleva el nombre de Padre Alfonso. Sobran los apellidos porque padre Alfonso sólo hay uno por antonomasia.

En las contadas ocasiones en las que el padre se vio obligado a guardar cama, el pintoresco “Carril de los Frailes” habla de la preocupación de los estepeños. Y finalmente, cuando los superiores juzgaron necesario trasladarlo a la enfermería de Chipiona, fueron muchos los hijos de Estepa que, desafiando las distancias, corrieron a visitarlo en su postración. Culminaron estas pruebas de amor en el triste desenlace de su muerte, ocurrido en Chipiona, casi de repente, el día 27 de noviembre de 1965. Más de un centenar de estepeños volaron a llorar sobre su cadáver y ofrecerle un póstumo homenaje. La ciudad entera sigue viviendo el luto y la amargura de una pérdida tan sensible.

En los días 2 y 3 de diciembre se han celebrado, en las iglesias de San Francisco y San Sebastián, sendos funerales por el eterno descanso de este querido religioso. Sin temor a excedernos, podemos afirmar que la ciudad entera se ha conmovido. Estepa estará largo tiempo de luto, porque ha muerto el padre Alfonso. Y todos los hijos de Estepa están de acuerdo con el poeta local:

“El padre Alfonso Castelo es, señores, ¡nuestro fraile!”

Estepa ha perdido “su fraile” en la tierra, pero tiene su intercesor en el cielo. La plegaria de mil corazones agradecidos se entrecruza con la intercesión de un santo, que sigue buscando “recomendaciones” para su pueblo.

Emilio Rodríguez Borrego
ABC. 9 de Diciembre de 1965.

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