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Suele pasar. Lo has esperado durante el tiempo destemplado de la madrugada, pensando en tus cosas, mirando al cielo al que imploras el beso del alba, con las manos en los bolsillos, con el cansancio urgente de los años que pesan, descubriendo detalles como plegarias en los abandonos de la ciudad que se cae, escuchando lo que dicen a tu lado como si fueran voces de cloroformo, tan cerca pero tan lejanas de la urgencia de esa noche. Y resulta que de pronto, tras ese encadenamiento de ruan serio y acipresado, severo y certero como un viejo refrán castellano, la noche oscura del alma se ilumina con la penumbra de la intuición. Alguien ha mandado callar. Y, como una orden en un cuartel, el imperativo se multiplica, hasta convertirse la plaza, la calle o el recodo en un masivo silencio que pone el repeluco en lo más alto del cuello, allá donde la lana de la bufanda tapa pero no protege. Viene lo que esperas. Se acerca lo que imploras. Se aproxima lo que necesitas. La victoria de la derrota. La monarquía con espinas. El dolor del bálsamo. La oscuridad luminosa. El secreto a voces. La señal invisible. La serenísima majestad del condenado. La metáfora de la mejor primavera. La soleá del peor invierno. Pasa la vida. Y viene con la música de un caminaito racheao.

Su presencia te corta la lengua. Te poda la vanidad. Y te infla el corazón. Tantas cosas que decirle. Y te das cuenta que es al revés. Tantas cosas que escucharle desde su absoluto silencio. A diez metros de su cara, con la noche rezumando carbón del horno de los misterios, te encuentras una viñeta de resplandor que ilumina la oscuridad. Ese resplandor se aproxima, te mira y se aleja. Para dejarte en el alma un terremoto incontrolable de sentimientos capaces de ahogar tu pena en una revelación que cabe en un suspiro corto pero intenso. Cada cual le ha escuchado algo. Tal vez lo que necesitaba oír. Quizás lo que nunca escuchó. A lo mejor la verdad más absoluta enviada desde más allá de la agonía. Ahí, en ese momento que pasa por delante tuya, las cuadernas crujen, las alpargatas acarician el adoquín, los murmullos se multiplican como reverencias con sordina, para que todas las teologías se resuman en una estrofa saetera: Quisiera parar el tiempo / pero Él con su cruz se aleja / camino de San Lorenzo.

Y lleva su talón al aire. Como el dolor que derrama su sangre con cada pisada. Como la majestad de su paso camino del fin. Como un rey vencido que lleva la victoria absoluta encima de su hombro. La astilla triunfa sobre el oro. La espina sobre la plata. Y la felicidad sobre la angustia. Se va, con su paso de siempre, con su caminar absoluto. Con un itinerario que desemboca en la gloria sevillana del panteón de Agripa. ¿Qué mejor techo para el patrono de Sevilla que esa cúpula que Roma construyó? Llevas el madrugón en un cuerpo que intuye la derrota de los años que pasan, pero lo llevas rebosante de alfileres de plata que te van a servir para abrochar a los desconchados de la vida, las certezas que esa noche te han revelado. En alguna calle, plaza o recodo de la ciudad por donde pasaba el poder de la derrota. La certeza de la duda. La verdadera condición de un Rey de Reyes. Lo sobrenatural que en Sevilla se hace, como nos reveló Núñez de Herrera, divina y buena persona...      

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