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A medida que pasa el tiempo, me pregunto qué fue lo que hizo que me quedara prendada de ti, de tu rostro, de ese gesto puro y a la vez sufrido que sólo Triana podía poner en mi camino. Siempre habías estado ahí, yo tan ilusa, pero nunca caí en que me estabas esperando para hacerte sentir en lo más profundo de mi alma.

 

 

Recorría tus mares de norte a sur, sintiendo la brisa marinera que el Guadalquivir vertió sobre mí desde el día en que nací, navegando sin rumbo ni destino, pues sólo miraba al cielo desde las puertas de Molviedro, he ahí mi aliento y mi albedrío. Ya tenía tus manos, tu pecho y tu calor, pues qué si no al verte Despojado y con esos brazos abrigando a los míos, para sentir tu cariño y tu dolor.

 

 

Pero sólo con eso aún no terminaba de sentir tu llamada, Señor, necesitaba tu mirar de frente, tu aliento cara a cara, tu pasión y sufrimiento cautivando mi cara, sentir en mi interior tu palabra. Y quién me iba a decir, que una tarde de cuaresma, entrarías en mi corazón sin llamar a la puerta, que me harías naufragar en plena calle Pureza.

 

Pisar tus aguas fue como caminar por el paraíso ansiado, tan tranquilo y sereno como el mismo silencio hecho templo. Caminé frente a Ella, bajo a esa mujer morena, que en su vientre te gestó con orgullo, con paciencia y amor, por ser el Hijo de Dios:

 

 

“Sentí la Esperanza, Señor, la Esperanza de Triana recorriendo mi interior…

…sentí sus ojos cálidos y profundos acariciando mis suspiros, que en mis labios nacieron, sólo al verla, al abrazarla con piropos y con besos de amor divino.”

 

Y al mirarla, Señor, me desviaba la mirada hacia a ti, hacia ese hijo cansado, que aunque no ha caído del todo siente pesada la cruz; porque en Triana, amigos míos, ni Tres Caídas lo vencen para seguir su destino. Allí me tenías, Padre mío, que hasta me costaba mirarte, por esa grandeza que sólo tu esencia desprende y esa paz que tu mirada solo sabía regalarme. Allí estaba yo, Tres Caídas de mi alma, mirándome como yo ansiaba, llenándome de luz como tanto deseaba y colmando mi corazón de pureza como sólo tú sabes darla.

 

 

Lo entendí, al fin, entendí tu llamada, pues no fui yo quién te eligió, sólo una luz me dispuso ante ti, para guiar mi vida y mi sentir, a la vera de tus aguas. Eres tú, mi Rey Caído de Triana, quien llama a sus hijos, dándonos tu mano para nunca sentir tu ausencia.

 

“Eres tú mi fuerza, mi deseo de Esperanza y la grandeza de sentirte en mi interior: mi señor de Pureza.”

A mi padre...

a todos vosotros que me animáis...

a esa persona especial que me enseñó a amar al Señor de Triana.

Gracias.

 

Texto: María Amor

Fotografías: Jesús el Sueño de los Despiertos, Marta María Triana y Enrique Ayllón.

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Comentado por CHE (Maria Jose Cejudo) en septiembre 16, 2012 a 8:19pm

Ufff...me has dejado sin palabras...precioso.

Comentado por Enrique Ayllón González en septiembre 16, 2012 a 3:29pm

Gracias María Amor, por fa escribe bien mi apellido, jajajaa

Un beso grande.

Comentado por MARTA MARIA TRIANA en septiembre 16, 2012 a 11:17am

Uff los vellos de punta me has dejao María....Qué bonito!!!!

 

Mi Cristo Caído es el que me levanta día a día y está ahí pendiente de mí para estrechar mi mano cada vez que lo necesito y últimamente más todavía....

Comentado por rosa maria morilla rodriguez en septiembre 16, 2012 a 9:11am

QUE BONITO TODO LO QUE ESCRIBES  Y ADEMAS CON LAS FOTOS DE TRES  BUENISIMOS COFRADES PRECIOSA ENTRADA   UN BESASO MI NIÑA 

Comentado por Jose Sedano. en septiembre 16, 2012 a 8:48am

Preciosas palabras que nos dejas otra vez María, cada vez lo haces mejor, enhorabuena.

 

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