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Tan tuya, Soledad, tan tuya… Tan calladita, tan silenciosa, tan antigua, tan pequeñita, en tu cancel bendito por oraciones, por peticiones, por suplicas, por fe… Escondes algo y conforme pasa el tiempo me voy dando cuenta de lo que es. Cuanto más te veo más me cuentas y cuanto más te pido más me devuelves tú. No terminas de sorprenderme, pero ha sido hoy cuando me he dado cuenta realmente de lo que eres… Era hoy su día, tu día y bien que lo has aprovechado, Madre.

 

Hace nueve meses te pedí que concibiera dentro de mi la fuerza y la calma que ella iba a necesitar, te rogué que cada noche fueras a acurrucarla a su cama, que la protegieras, que no la dejases sola… Es curioso que tu, que llevas por nombre la palabra “soledad” seas capaz de dar tanta compañía y tanto cariño… Y tengo que reconocer que por un momento dudé sobre lo que hacías… ¿En qué momento pensé que te fuiste Madre? ¿En qué momento? No hacía ni un año ya me diste pistas, y aún así llegué a dudarlo…

 

Lo has hecho, Madre, lo has hecho… ¿Qué he de hacer ahora? ¿Cómo te miro a partir de ahora? Porque no te veo igual, te veo mas guapa, mas linda, mas mía, mas Soledad… Te noto mas, te siento mas cerca… Me acerqué a ti, Soledad, para pedirte ayuda. Para pedirte ayuda para ella más que para mí. Y la que te pedí para mi era solo para que ella estuviera bien. Terminado el partido, dime Soledad, ¿qué quieres que haga?

 

Hemos tenido siempre sensaciones extrañas. La sensación de salir por tu puerta y notar que algo se acaba, notar en junio que mi Bendito Milagro toca su fin por este año, ese giro obligatorio antes de salir, el sentir que me falta algo cuando dejo de verte… Siempre me ha pasado contigo… Igual que me pasa cada Sábado Santo, cuando te me vas tan silenciosa y tan deprisa, cuando te me pierdes entre un mar de gentes que solo buscan tus manos, tu cara, tu abrazo, tu sentido, Soledad… Yo lo he buscado dos veces Soledad, solo dos veces te he pedido un abrazo, y tu me has dado tantos como días llevo respirando…

 

No es difícil deducir que eres lista cuando le has pedido ayuda a quien le has pedido ayuda… Me has ayudado también a verlo de otra forma, Madre, me has hecho hablar con el de cosas a las que yo no le veía sentido… ¿Y qué tiene sentido contigo, Soledad? Tu sabes perfectamente lo que lo quiero, no más que tu porque eso es imposible, pero no me sale mas amor de mi corazón… Tú entiendes mejor que nadie como lo abrazo todos los días, como le rezo todas las noches, como le hablo a cada segundo… Tu lo sabes, Soledad… Y sabes bien que no os voy a poder compensar a ninguno de los dos con lo que habéis hecho… Porque no hay con que pagarlo.

 

No puedo darte las gracias, Soledad. Es ofensivo dejar todo esto en un simple “gracias”, no sería justo para ti… No te lo voy a poder pagar en la vida, esa cara, esas lágrimas, ese sentimiento, esa ilusión, esa sonrisa… Eso que tu le has dibujado hoy en el alma, Soledad, eso no tiene ni valor ni explicación. Eso que tú hoy le has regalado, porque ella lo merecía, no te lo voy a poder pagar… Porque cuanto mas difícil se ponían las cosas, mas aparecías tu, porque no has dejado que ella te llamara una sola vez, siempre has estado con ella sin esperar nada a cambio… No dudes, Señora mía, que desde hoy vamos a hablar más de una vez tú y yo… Soledad, en la vida te lo podré pagar…

 

 Soledad nunca sola de San Lorenzo, Señora y Madre de aquel que lleva la Cruz de nuestra vida, no dejes nunca de acompañarla, no dejes nunca de acompañarme… Porque yo ahora te necesito más, con más ansia, con más ganas, con mas prisa Soledad… Necesito verte esos ojitos chinitos, necesito ver la dulzura de tu cara, necesito sentir el cariño de tus manos, necesito sentir lo que siento apoyado en esos barrotes… Lo necesito con urgencia. Y ella Madre, lo necesita más que yo aun. Por eso, Madre del Gran Poder de Dios, no dejes nunca de acompañarla, como llevas haciendo toda la vida con ella. Y no permitas que la deje de amar como la amo, porque necesito amarla… Lo sabes perfectamente.

 

Ese era tu secreto, Madre. El que solo se descubre mirándote y hablando contigo, el que tengo en el alma pero que me cuesta describir, el secreto de algo tan grande como tu, el secreto de un silencio… Tu secreto, el secreto eterno de Sevilla, aquel que gira en torno a una plaza donde se engendra desde el principio de los días aquello que forma nuestras vidas… Tu mirada y tu voz, Soledad. Los que curan los problemas y reparan las lágrimas… Ella lo descubrió antes de nacer, yo me he dado cuenta hoy. Tu secreto, Soledad, el que ocultarás toda la vida, el que solo dirás a aquel que quiera y que te necesite como ella lo ha hecho…

 

El sentido a todo.

El motivo de los hechos.

El porque de Sevilla

El susurro de María.

 

Tú misma, Soledad.

El secreto de mi vida.

El secreto de San Lorenzo.

 

 

 

 

José Antonio Montero Fernández.

 

 A la Soledad de San Lorenzo.

A ti.

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