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Erase una vez un hombre pegado a unos auriculares.

Erase una vez un hombre que tenía la gran ilusión de disfrutar de la mejor Semana Santa del mundo por tercer año consecutivo. El año anterior, este joven no pudo disfrutar de esa Semana Santa de olor a azahar y a incienso por motivos ajenos a su voluntad, por lo que éste año era muy especial.

Desde hacía ya dos semanas José, como se llama el personaje de este cuento, se preocupó de planificar todo lo relacionado con esa gran semana de sentimientos. El día esperado fue el Martes Santo, que nunca antes había vivido. Aunque los primeros días de la semana fueron buenos, los pronósticos meteorológicos no predecían estabilidad para los días grandes de la Semana Santa. Lo que no se esperaba este joven era que nada más llegar a la Ciudad de la Esperanza, como la definió el pregonero de este año, las nubes hicieron acto de presencia e impidieron la salida de la primera hermandad de ese día, El Cerro. Era un momento esperado por los buenos comentarios que había recibido sobre cómo se vuelca el barrio con la cofradía, pero en especial con su Virgen de los Dolores. Una vez ya instalado, José junto con su amigo Paco, se dirigieron al centro de la ciudad para ver todas las hermandades que tenían pensado ver por las calles de Sevilla. Hermandades que poco a poco fueron decidiendo el no hacer estación de penitencia. No había apenas caras de decepción ni llantos en las iglesias porque, aunque no querían oírlo ya se conocía la noticia.

La sensación ese día fue muy extraña. Faltaba algo en esa ciudad. Había mucha gente, las sillas de la Campana y de la Avenida estaban siendo montadas, pero los pasos no salían.

La siguiente en decidir no salir a la calle fue la Hermandad de San Esteban. Miles de personas se agolparon en los aledaños de la calle Águilas y de la Plaza de Pilatos. Todos preparados para escuchar la decisión de la Junta de Gobierno. Aunque llovía a mares, la gente no se marchaba, por si acaso en un momento de mejoría del tiempo que no llegaría hasta el día siguiente la hermandad decidiera salir. No fue así.

Apuraron los últimos minutos todas y cada una de las Hermandades de la tarde. Sin embargo, el cielo de Sevilla no paraba de llorar. Los Javieres, en un momento de esperanza porque el tiempo cambiase y debido a las posibilidades que dieron los partes meteorológicos, decide hacer estación de penitencia. Toda Sevilla pudo oír a través de la radio las palabras de la Teniente Hermana Mayor de la Hermandad de Omnium Sanctorum. Palabras que cinco minutos después adivinamos nunca debieron ser pronunciadas. Se había hecho todo lo posible, pero Sevilla seguía llorando. Después, Los Estudiantes, San Benito, La Candelaria y Santa Cruz no tuvieron opción alguna. La decisión estaba clara. Los partes seguían llegando y los últimos de la tarde atisbaban una mejoría que para pena de los hermanos de La Bofetá no llegó a producirse. La cruz de guía casi llegó a Trajano cuando un último lamento del cielo hizo acto de presencia. Los hermanos del Dulce Nombre rozaron por un momento la gloria que se vio truncada nada más salir el paso de misterio. El Martes Santo se cerró sin ninguna cofradía en la calle.

Todo lo contrario que el Miércoles Santo. En esta jornada ya no eran necesarias informaciones adicionales sobre decisiones de cofradías, por lo que la radio pasó a un segundo plano. La primera en esta ocasión fue La Sed. El barrio de Nervión esperaba la salida de su Cristo y la niña de los ojos azules. Todavía se podía apreciar en el cielo la presencia de nubes, pero eran solo de adorno. El Miércoles Santo se presentaba tranquilo. El joven presenció las salidas de La Sed y de San Bernardo, dos hermandades que son semejantes pero a la vez diferentes. Las dos llevan por titulares a un crucificado, pero el sentir del barrio cambia conforme nos acercamos a la Ronda Histórica. El Baratillo también vio la tarde del miércoles. Desde una repleta calle Adriano que esperaba desde muchas horas antes la salida, la Piedad con su hijo en sus brazos y la Caridad pudieron comprobar que Sevilla es ante todo torera.  En Sevilla no cabía nadie más. Sevillanos y no sevillanos aprovecharon las últimas posibilidades que dio el tiempo para ver procesiones en la calle, por lo que hasta altas horas de la madrugada el público no dejó las calles. El Cristo de Burgos por Orfila, El Buen Fin y la Lanzada por la calle Cuna o Los Panaderos por Francos a la vuelta pudieron ser disfrutados por este joven con ganas de ver más cofradías. Pero todo era un espejismo. Al día siguiente la ciudad se tornó en un gris y triste sueño del que no despertaría tres días más tarde.

El jueves el día amaneció más o menos como el miércoles, pero poco a poco lo que todo cofrade no quería oír, ver y sentir se cumplió en torno al medio día. La jornada de visitas a los sagrarios como manda la tradición el Jueves Santo por la mañana comenzó en Los Gitanos y prosiguió con La Macarena, donde José pudo ver a una Esperanza más Macarena que nunca. Su mirada esa mañana era de tristeza. Ella ya lo sabía, no podría repartir la Esperanza que su pueblo necesitaba.

Cuando llegó al Gran Poder la lluvia ya se hacía notar en una Plaza de San Lorenzo rodeada por un rosario de paraguas que esperaban su turno, como quien espera a ver a su Padre para hablar con él o simplemente para que le aconseje en momentos difíciles de su vida. Muchas mantillas esperaron también su turno con tal clásica y sobria vestimenta del Jueves Santo por la mañana, ese jueves que este año no relucía más que el sol.

Siguió su recorrido por El Silencio, El Valle, Pasión y La Esperanza de Triana. El sino de ese día ya estaba escrito. No quedaba otra que ver cuantas más cofradías mejor en sus templos, dónde todos los detalles de los pasos salen a relucir cuando en la calle apeas son visibles a nuestros ojos. Exornos florales de siempre como el de la Virgen del Valle y extravagantes y llamativos como los de la Señora de la calle Pureza.

En esa misma tarde ocurrió más de lo mismo. Todas las cofradías del Jueves Santo decidieron unas tras otras no hacer estación de penitencia a las Catedral porque el tiempo era muy inestable y no se podía asegurar nada. Pegado a su radio como si se le fuese la vida en ello aguantó las decisiones de todas las cofradías, los pronósticos se cumplían y la ciudad se quedaba sin unos de sus días grandes y posiblemente sin la noche más larga y mágica en la que las dos Esperanzas se convierten en una detrás del Padre y Señor de Sevilla.

No hubo Madrugá, no hubo pasos ni nazarenos posesionando por las calles. Tampoco hubo saetas a la salida de la cruz guía en la calle Silencio, ni promesas detrás del Gran Poder, ni lágrimas bajo el Arco de la Macarena, ni levantás en san Pablo ni protocolario saludo en el Arenal con las primeras horas del día y ni visita a la mayor benefactora de la cofradía de los Gitanos. La Madrugá se quedó sin eso que la hace única.

El Viernes Santo era más de lo mismo. Una lluvia que no se iba y que no dejaba hacer estación de penitencia a las hermandades de ese mismo día. La Carretería lo tuvo claro al igual que El Cachorro que este año no vio ni Triana ni Sevilla ni las golondrinas de que rodean la Giralda, sólo pudo ver las naves  de la Iglesia del Patrocinio. Hizo lo propio también La O que aguardaba en la calle Castilla. Ese día Triana se quedó huérfana. Previsiblemente, La Mortaja, San Isidoro y Montserat decidieron también no salir. Otro día sin lo que a Sevilla le pertenece.

Todos los pronósticos apuntaban a que el Sábado Santo se iba a comportar de diferente manera. Había menos probabilidad de lluvia pero no se escaparon unos chubascos débiles y otras tantas tormentas. El Sol pareció brillar por unas horas en el cielo de Sevilla. La Esperanza no se había perdido del todo. Sólo duró dos horas, como si no pasara nada, la hermandad de El Sol avanzaba por la calle San Fernando dirección carrera oficial, pero al paso por la Santa Iglesia Catedral la pequeña lluvia se convirtió el chaparrón y El Sol se escondió tras las nubes para dar paso a la lluvia. La Trinidad también se asomó al dintel de la puerta de su Basílica pero los chubascos pudieron más que cualquier Esperanza. Las últimas de la tarde aguantaron hasta última hora pero El Santo Entierro, Los Servitas y La Soledad también se quedaron en casa.

Fue el último día de aquella semana, El domingo de Resurrección, cuando el sol brilló y Cristo Resucitado pudo pregonar por las calles de Sevilla que hay vida tras la muerte, que no hay final, que esto no se acaba. La Virgen de la Aurora puso el broche de oro a una Semana Santa atípica que pareció como un sueño, un mal sueño del que el joven no se despertó porque nunca se durmió y todo lo que no vio ocurrió en realidad.

 

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Comentado por Emi(Angel macareno) en abril 27, 2011 a 12:44pm
Excelente y pormenorizada crónica de esta nefasta SS. Saludos

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