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ESTACIÓN DE PENITENCIA POR UN PADRE FALLECIDO


“Al tercer golpe de la aldaba con mascarón que preside la puerta, sus dos hojas empezaron a separarse dejando ver los reflejos de la Cruz de Guía que, escoltada por dos cetros, esperaba en el interior de un dintel pétreo bajo la sombra de la noche. Las puertas de la iglesia de San Sebastián, abiertas de par en par, aguardaban la última campanada del reloj para que fueran las 2.00 horas de la noche y ofrecer a la ciudad la comitiva más seria y lúgubre de la Semana Santa. Al ritmo de un tambor destemplado por todo acompañamiento, la Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y Ntra. Sra. del Valle, “Los Estudiantes”, comenzaba a realizar su estación de penitencia por las calles de Estepa.

Como cada Miércoles Santo a las 2.00 h., cuando ya ha empezado la madrugada, tras la Cruz, cientos y cientos de penitentes en dos filas comenzaban a recorrer las calles de la ciudad; unas calles apagadas, sin alumbrado público, como contribución de las gentes al silencio del Cristo del Amor. La ciudad hecha tiniebla recibe la talla anónima, atribuida a la Roldana, quién posiblemente se inspiraría en un cadáver real para dotar de expresión mortal a su crucificado, que sale clavado a su cruz de madera en un paso de caoba entre cuatro hachones de cera por toda iluminación. Sólo ver esta cara del Cristo del Amor, con su policromía cetrina, ya sobrecoge, sin necesidad de especial concentración; pero si a su paso sólo se escucha el destemplado tambor y el chisporroteo de los cientos de velas entre los crujidos de los faroles que sus cofrades portan, ataviados con alto capillo y hábito negros, completan la indumentaria cordón amarillo, zapatos y calcetines negros.

Sin más referencia que el penitente que va delante, José seguía su lento peregrinar por las calles de la ciudad como un cofrade más del Cristo del Amor, guardando las estrictas normas que la Hermandad impone a todos sus miembros durante el recorrido penitencial que comenzó con el hecho casi litúrgico de vestirse de penitente en su casa. Pues sabido es que a diferencia de otras hermandades, ésta obliga silencia y discreción absoluta a sus miembros.

Ya en el portal de su casa y antes de salir a la calle, José se colocó el capillo, se ató las cintas del capirote y salió sin que nadie pudiera reconocer más que a un cofrade de los Estudiantes que tiene prohibido desde esos instantes hablar con nadie, que debe llegar andando a la iglesia por el camino más corto y que no puede pararse bajo ningún concepto en lugar público o privado. Nadie conocerá su identidad, ni en la calle ni en la iglesia. Ocupará su lugar en la fila y hará el desfile en absoluto silencio, sin mirar para atrás, de ahí que sean los propios cofrades de esta hermandad los que no puedan apreciar la belleza de su Cristo en la calle, puesto que tienen terminantemente prohibido girar la cabeza en un sentido u otro.

La comitiva avanzaba por las calles oscuras, José sentía como sus pies descalzos, acumulaban el cansancio de su cuerpo, pues a la postura de portar el farol, él añadía un martirio más: arrastraba unas gruesas cadenas atadas a sus tobillos que rozaban por el metal e iban dejando en el asfalto un delgado hilo de sangre imposible de advertir en la oscuridad envolvente.

Las luces de las velas tan solo permitían en algunas ocasiones vislumbrar las pupilas negras de los penitentes que, a través de los orificios al efecto en el capillo, reflejaban el esfuerzo y emoción del momento. Pero todo sacrificio era poco para José, porque así lo había prometido a su padre, cuando en el lecho de su muerte, éste le pidió que por nada del mundo dejara de ocupar su sitio en la procesión de la próxima Semana Santa. Porque así se lo había prometido a su Cristo del Amor y, aunque él intuía que lo llamaría antes a su presencia, su lugar en la fila debería ocuparlo su hijo. Porque una promesa hecha a Dios, no era cuestión baladí.

Dos meses hacía que su padre había fallecido, pero en la Cuaresma preparó su hábito y el alma para hacer su penitencia. Y allí estaba, realizando por su progenitor muerto la estación penitencial por las calles negras, como nubes de tormenta en la madrugada del Miércoles Santo. El filo del cartón se le clavaba en la frente; comenzaba a dolerle la cabeza. El brazo, con el que portaba el farol, le hormigueaba con saña. Los píes le escocían, como rozados por mil puñales. El peso de las cadenas parecía desmembrarle las piernas, pero la promesa, hecha a su padre cuando se estaba muriendo, la estaba cumpliendo al pié de la letra. Y eso era lo que le animaba a seguir la estación de penitencia, sin poder verle la cara al Cristo de sus devociones; ése al que su padre le había enseñado a querer desde su alma infante.

Pasaron por el viejo barrio; bordearon los muros de la antigua cárcel; la cabeza de procesión alumbraba con la cera de sus faroles la calle Torralba. Habían iniciado el regreso a su templo. Ya hacía rato que abandonaron la Carrera oficial para lamer los muros legendarios de la iglesia de la Victoria, pasar junto a su emblemática Torre o haber descendido por la calle Puente, con el Cristo muerto más bello que haya nacido de una gubia. El del Amor, el de los Estudiantes, el que toma la ciudad con su sola presencia a la tenue luz de unos faroles penitenciales, haciendo callar a los vientos, a las campanas; pues las espadañas conventuales guardaban silencio hasta su regreso, cuando el manto estrellado de un cielo negro, comienza a difuminarse en el horizonte.

José ya no sentía la fatiga del sacrificio. Sólo una idea llenaba su pensamiento: estaba culminando el recorrido. Sólo unos metros le separaban del cumplimiento exacto prometido, cuando sus pies subían el peldaño de la iglesia de San Sebastián. El peso de las cadenas se hizo más patente, y José aprovechó para coger aire, llenar sus pulmones y, dando el último paso, dijo que sí:

“Padre, lo conseguí. Ya puedes descansar en Paz”.

En ese instante, José vio acercarse a un penitente que salía del interior del templo. Se agachó y le desató las cadenas de los pies. El buen samaritano, que como él mantenía su rostro oculto por el capillo, se acercó y le dijo:

“Gracias hijo mío, sabía que podía confiar en ti”.

José quiso reaccionar a tiempo, pero la sorpresa le había paralizado. El cofrade se perdió en el templo junto a los demás hermanos que finalizaban el desfile. Pero José había reconocido la voz. Su padre le había agradecido el esfuerzo y el sacrificio, que de estar vivo, habría tenido que realizar como cada año; y que no pudo hacer porque en aquellos instantes, y desde hacía dos meses, se encontraba más cerca que nadie de su Cristo del Amor…”


Relato escrito por Juan Delgado y publicado en la Revista de Semana Santa de 1996.

Actualmente se conoce que la talla del Stmo. Cristo de Amor es una obra del siglo XVIII del antequerano D. Diego José Márquez y Vega.

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