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Evolución de la escultura de los crucificados-Renacimiento (I)

El siglo XVI fue un periodo ecléctico para las artes españolas. Historiadores como José Hernández Díaz o Diego Angulo Iñíguez distinguen tres etapas artísticas que coinciden con los tres tercios de la centuria.
Así, durante el primer tercio, las formas góticas y mudéjares conviven con las primeras manifestaciones del arte renacentista; en el segundo, el renacimiento procedente de Italia irrumpe con mayor intensidad, aunque no se abandonan del todo ciertos esquemas góticos; por último, el tercer tercio se caracteriza por el fuerte predominio del manierismo, una corriente italiana que rechaza la estética clasicista que hasta entonces ofrecían los modelos renacentistas para decantarse por unas composiciones más movidas, caprichosas y estilizadas.
Esta división temporal debemos entenderla en términos generales, ya que el renacimiento no se extendió por todos los territorios españoles con la misma fuerza y al mismo tiempo. Mientras que en zonas como Cataluña o Valencia encontramos aisladas manifestaciones del estilo que se remontan a los siglos XIV y XV, en otras como Andalucía no localizamos su arraigo hasta la centuria siguiente.
Rigiéndonos por las etapas antes diferenciadas, podemos comenzar con el primer tercio del siglo XVI, época en la que los gustos españoles, reacios a renunciar a las últimas manifestaciones del gótico, comienzan a mostrar interés por las novedades renacentistas procedentes de Italia. Para ello, fueron decisivas dos circunstancias: la abundante importación de esculturas italianas a la península desde mediados del siglo XV, la mayoría de ellas en bronce, mármol o terracota, y el establecimiento en nuestro país de artistas extranjeros que trajeron consigo las nuevas corrientes europeas, caso de los italianos Domenico Fancelli, Pietro Torrigiano y Jacopo Torni, o de los franceses Felipe Bigarny y Juan de Juni. Pese a todo, muchos escultores del país, continuaron con las directrices de antaño.
A Jacopo Torni (1456-1526), popularmente conocido como El Indaco y Jacobo Florentino, se le atribuye el Cristo de San Agustín, singular realización en madera policromada que combina la expresividad y el poderoso estudio anatómico tan propios del nuevo humanismo renacentista cultivado en Florencia, con el dramatismo borgoñón que, sin preocuparse demasiado por la armonía de las formas, había arraigado décadas antes en el arte sacro español, preferentemente en las zonas de Castilla y Andalucía. También es perceptible en el Crucificado granadino el influjo del popular Cristo de la Catedral de Burgos, ya estudiado en el periodo gótico.
Hay que destacar también de este primer tercio, el Cristo del Calvario que corona el retablo mayo de la Catedral de Palencia (1519), obra de Juan de Balmaseda, quien volvería a repetir con éxito el tema para el retablo mayor de la Catedral de Oviedo, el Cristo de los Milagros de la Basílica del Pilar en Zaragoza, relacionado con el valenciano Damià Forment, autor del soberbio retablo mayor para el mismo templo y principal introductor del renacimiento italiano en Aragón pese a que muchas de sus obras mantuvieron la traza gótica por imposición de la clientela y el Cristo de la Amargura de Carmona (Sevilla), obra de Jorge Fernández Alemán en 1521, sucesor en el ámbito sevillano de Pedro Millán.

Cristo de San Agustín (Venecia), de Jacopo Torni

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Comentado por Emi(Angel macareno) en noviembre 26, 2009 a 12:03am
Como dice Jose Manuel, es muy interesante. Buena entrada junto con las antreriores. Un abrazo desde la Alameda.
Comentado por trompeta-sangre en noviembre 25, 2009 a 9:12am
¿El montaje realizado con el Cristo de Burgos de quién es?

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