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Evolución de la escultura de los crucificados-Renacimiento (II)

Este blog es la continuación del anterior blog "evolución de la escultura de los crucificados (I)", seguimos en el siglo XVI. Pues bien, según la historiadora Lucía Rus Tabernero, en el segundo tercio del siglo XVI se consolida el clasicismo, las ideas y los elementos artísticos procedentes de Italia, mezclándose en España con ciertas fórmulas goticistas que aún pervivían y con las primeras manifestaciones manieristas. El patetismo del Crucificado gotico se concentra ahora en la expresión del rostro, a la vez que se suaviza el modelado del cuerpo y se alarga su canon. El Cristo renacentista es, por tanto, un ideal de belleza clásica que refleja serenidad y perfección; sin embargo, en España, los signos pasionistas no desaparecieron tanto como en Italia, y el sentimiento trágico tan propio del pueblo y del clero hispano prevalecería en no pocas ocasiones sobre la armonía de las proporciones.
Este último detalle puede apreciarse claramente en la obra de los dos artistas más importantes de este periodo: el francés Juan de Juni y el palentino Alonso Berruguete, ambos con formación italiana y ya partícipes de los postulados manieristas. El primero, con obras maestras como el Cristo de la Catedral de León o el Cristo de la Agonía del convento vallisoletano de las Carmelitas Descalzas, funde sus raíces borgoñonas con el nuevo estilo, derrochando un completo conocimiento de la anatomía y de todo lo relativo al cuerpo humano, que incluye la expresividad de los rostros y de los miembros. Respecto a Berruguete, cultiva el tema en piezas como el Cristo del Retablo de Santa Úrsula o el Cristo del Calvario que remata el retablo mayor del Monasterio de la Mejorada (Olmedo), mostrando su prodigioso temperamento enérgico y su tendencia a la inestabilidad de las figuras.
En la escuela sevillana, los flamencos Roque Balduque y Juan de Giralte son los introductores del estilo, mostrando unas piezas de fuerte intensidad dramática, fruto de la mezcla del patetismo centroeuropeo con los tratados escultóricos del renacimiento. Es el caso del Cristo del Retablo de San Vicente, situado en el altar mayor de la parroquia homónima de Sevilla, o del Cristo del Calvario de la Iglesia de Santa María de Medina Sidonia (Cádiz).
El último tercio del siglo XVI supone el auge del manierismo en la escultura española. Las nuevas fórmulas, hechas a la maniera italiana, muestran una fuerte inspiración en el estilo de Miguel Ángel y se caracterizan por el uso de la curva sinuosa, la pretendida sensación de ingravidez y la exagerada expresividad. La idea de Cristo triunfante sobre el dolor y la muerte que el renacimiento versionó del románico, casi nunca adoptada plenamente en España, da paso a un Cristo más sufriente y cercano con el pueblo, lo que constituirá la base de la transición hacia el barroco, si bien la estética manierista perduraría en nuestro país hasta bien entrado el siglo XVII.
No se descarta un contacto del español Gaspar Becerra, cuya formación tuvo lugar en Italia al lado de maestros como Vasari y Volterra, con el propio Miguel Ángel, al que, en todo caso, siguió fielmente en sus obras escultóricas. A Becerra se le atribuyen el Cristo de la Sacristía de la Catedral de Granada y el zamorano Cristo de las Injurias, de cruento modelado, aunque éste también ha sido vinculado con Arnao Palla.
Entre los escultores activos en este último periodo se encuentra Juan Bautista Vázquez el Viejo, afincado desde 1560 en Sevilla, donde realizó su particular versión del Cristo de Burgos (1573) bajo un fuerte sentido clásico. En el norte tenemos a Juan de Anchieta, quien labró en 1584 el monumental Cristo de la Iglesia de San Miguel, del municipio navarro de Aoiz, siguiendo también la linea miguelangelesca.
Por último, mencionar al Cristo del Calvario que se halla en el ático del retablo mayor del Monasterio del Escorial, majestuosa obra en bronce de los escultores milaneses León y Pompeyo Leoni, dotada de alta calidad técnica y artística. También en el real monasterio se encuentra el llamado Cristo Blanco (1559-1562) de Benvenuto Cellini, una efigie marmórea que, pese a sus excelencias, apenas influyó entre los artífices españoles de la época.

Cristo crucificado de San Agustín de Sevilla

Cristo de las Injurías de Zamora

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