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Evolución de la escultura de los crucificados-Gótico (V)

Siguendo esta serie de blogs sobre la evolución de la escultura de los crucificados llegamos al gótico. El arte gótico alcanzó en nuestro país un gran desarrollo. Las primeras manifestaciones hispanas surgieron a finales del siglo XII y en el siglo XIII, alcanzando el estilo su plenitud en los siglos XIV y XV. Frente al esquematismo inexpresivo del arte románico, la escultura gótica se acerca al naturalismo y a una estética basada más en la sensación que en la razón. Las figuras dejan de transmitir distanciamiento y majestad para mostrarse cercanas al fiel que las contempla. La graciosa curvatura sustituye a la rígida verticalidad, los severos y artificiosos plegados se ven reemplazados por una mayor libertad en el trazado de las vestiduras, y el hieratismo de los semblantes da paso a unos rostros dulces y humanos.
En los temas religiosos, predominantes también en este periodo, el Crucificado y la Virgen con el Niño siguen siendo los principales protagonistas, aunque los temas hagiográficos, sobre todo lo concerniente a los pasajes martiriales, adquieren igualmente una gran relevancia.
Conviene señalar que en España, hasta finales del siglo XIII, continúan perviviendo las formas románicas, algo que es perceptible en piezas como el Cristo del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, recientemente restaurado.
En líneas generales, el Crucificado gótico se halla representado muerto y sufriente, aunque siguen realizándose figuras de Cristo vivo en el madero. Jesús aparece con la cabeza desplomada hacia el lado derecho y los ojos entreabiertos, mostrando un acusado rictus de dolor en el semblante. Tal y como sucedía en el arte románico, la mayoría de las piezas son labradas en madera policromada.
Al recrear a un hombre que padece en el madero, en lugar de una divinidad insensible a los tormentos, el artista gótico se preocupa en recrear los signos de la Pasión, a veces con bastante crudeza. Se insiste en destacar los regueros de sangre que manan del cuerpo del Redentor y quedan remarcadas las cinco llagas de la Crucifixión, especialmente la del costado por considerarse lugar de nacimiento de la Iglesia tras el Concilio de Vienne. Este último detalle puede verse en obras como el Cristo de los Pobres del Monasterio de la Rábida, en Palos de la Frontera (Huelva), procedente de la Colegiata de Santa María del Campo de La Coruña.
Los pies se hallan sujetos por un solo clavo, empleándose la tosca cruz arbórea por encima de la lisa y pulimentada, con el fin de ganar en dramatismo y expresividad. Las líneas se quiebran, los brazos y las piernas se doblegan para hacer notar el peso del cuerpo, y los largos cabellos se organizan en guedejas lisas o suavemente onduladas, pegadas al cráneo por el sudor y la sangre del Varón. No son poco frecuentes en esta época la representación de Crucificados imberbes, como por ejemplo el Cristo de la Capilla del Canónigo Cabrera, de la Catedral de Segovia.

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