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«Haz realidad tu sueño» es la publicidad que llevan los autobuses municipales de mi ciudad. ¿Cuál es el sueño al que se invita a cumplir? El de tener un hijo: es una clínica de fertilidad.

El lema parece el título de una distopía, personalmente me recuerda a «Un mundo feliz», de Huxley.

Resulta paradójico que en un mundo que ha llevado hasta el paroxismo la sexualidad, separándola de la reproducción, sea la infecundidad uno de los problemas que se encuentren los matrimonios. Un problema doloroso, por otro lado.

Es muy difícil convencer a un matrimonio que desea tener hijos y no puede, que la utilización de métodos artificiales como la FIVET o la inseminación es inmoral. Los sentimientos se imponen a la razón y donde mandan los sentimientos, es muy sencillo que la voluntad quede rendida.

«Haz cumplir tu sueño». La técnica consigue de manera rápida y sencilla, lo que la fe no asegura. Porque la fe es la fe en Cristo, y Éste Crucificado. La fe no elimina el dolor, sino que lo asume. Pero los sentimientos mandan. Y el mundo habla con una voz estruendosa, aconsejando, conduciendo, dirigiendo las acciones: ¿no tenéis derecho a los hijos? – dice el mundo-, la técnica se pone a vuestra disposición. No estáis haciendo nada malo. Cuándo veáis la cara del bebé, sólo quedará la alegría presente.

¿Quién no se conmueve ante el dolor?

La técnica, sin embargo, es producto del hombre. La técnica es la que nos permite construir coches, edificios confortables, hablar con personas a miles de kilómetros a través de internet.

Y fabricar hombres.

El mal se presenta con una tremenda sutilidad, deslizándose bajo el amparo del sentimiento, tocando lo más profundo del ser humano. El hombre se erige como ser suficiente, creador. Toda la Naturaleza le está sometida, incluido el mismo hombre.
Los niños no son un derecho de los padres, sino un don, un regalo. Al hombre se le ha dado el regalo de no engendrar sencillamente, sino de admirar el misterio de la vida. El dominio neurótico sobre los objetos ha llegado a querer dominar el inicio y el final de la vida del ser humano. Y esto ha llevado a su cosificación. Engendramos hijos como fabricamos coches.

En el paganismo el nacimiento y la supervivencia del recién nacido dependía de la patria potestas. Hoy, se ha dado un paso adelante ya que incluso la procreación queda sujeta al control mecánico, al cálculo y al dominio de la técnica. El hombre ya no es natura, que responde a una idea divina y depende de Dios, que lo ha hecho así. La sustancia humana se plasma en la utilidad. Y el individuo se somete al dominio técnico, al proceso producto, con lo que caemos de nuevo en una nueva paradoja, porque mientras se exalta, cae en lo más hediondo de la naturaleza, queriendo ser gema brillante no es más que hez.

El hombre debe responder a su esencia, la que Dios ha creado. De esta manera se cumplen las realidades prometidas por Cristo, no las ensoñaciones de los hombres.

El sueño es un estado parestésico, irreal, como las clínicas de fecundidad que quieren convertir al hombre en un autómata que sale de la cadena de producción. Todo lo contrario que el Reino del Señor, porque:

Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es « realmente » vida. (Benedicto XVI, Spe Salvi, 31)

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