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LA SEMANA DE LOS PROSCRITOS
La iglesia siempre ha tenido problemas con las celebraciones para litúrgicas de la Semana Santa. En la medida en que le ha sido posible ha luchado contra ellas, porque son expresión de una religiosidad totalmente descarriada, con no pocos caracteres paganizantes; pero probablemente la razón más poderosa de esa oposición haya sido la dura competencia que estas celebraciones le han hecho a la liturgia oficial de la iglesia, de una gran densidad de contenido (en ningún otro tiempo litúrgico se da tal abundancia de lecturas, de salmos, de antífonas, de oraciones) y que tienen en su larga duración un cierto carácter penitencial.
Pero no es tanto la detracción de fieles a los ritos oficiales, como la desviación de la religiosidad de éstos hacia formas espontáneas que escapan al control de la iglesia y caen fácilmente en la heterodoxia y la superstición, lo que preocupa a la jerarquía eclesiástica. El hecho cierto es que allí donde la calle ofrece liturgias paralelas, éstas despiertan en los fieles un entusiasmo y un fervor con el que nunca ha contado la liturgia oficial.
¿Qué tiene de especial la SEMANA SANTA de la calle para tirar mucho más fuerte que la de la iglesia? Tiene en primer lugar que es la expulsada de la iglesia, aquella a la que no se deja pasar más allá del atrio, la de los pecadores y proscritos, la de los penitentes. Obsérvese que en la liturgia oficial no hay ningún rito de penitencia ni tan siquiera simbólico, porque los pecadores habían sido separados de la comunidad para no contaminarla, y no podían traspasar más allá del atrio de la iglesia, desde el que oían las lecturas y los sermones, teniendo que retirarse después de esta parte de la misa.
Y precisamente por eso, porque eran pecadores confesos y convictos, estaban obligados a pública penitencia. Los “penitenciales” eran los libros en que se detallaban las penas (penitencias en lenguaje eclesiástico) que se debían imponer por cada pecado, el modo de cumplirlas y los ritos de reintegración a la comunidad de la iglesia. Añadido a la penitencia propiamente dicha estaba
El oprobio de la exhibición pública de la condición de pecador. El penitente debía recorrer cuatro estaciones o estados de penitencia que le conducían al perdón. La duración de cada una de ellas venía determinada en la misma penitencia. La primera estación era el llanto: el penitente debía estar de pie en la puerta de la iglesia, a imagen y semejanza de los mendigos, suplicando a los fieles que entraban en misa que rogasen por él, porque al pecador le estaba prohibida la oración. Por eso, cuando luego hagan procesiones, no habrá en ellas oraciones. La siguiente estación es la audición de la Palabra desde el pórtico. La siguiente, es la entrada en la iglesia pero desde el nivel más bajo o sumisión. En efecto, antes de empezar la misa propiamente dicha, tenía que salir con los catecúmenos. La cuarta estación es la congregación, es decir la admisión con los demás fieles. Y como culminación de todo el proceso, al ser admitido el penitente a la comunión, quedaba definitivamente libre de la culpa y de la pena. Pues bien, para estos tales la SEMANA SANTA era el momento culminante y solemne de la penitencia, de su exhibición pública y de su salto de una estación a otra, hasta llegar al perdón, llamado también indulgencia.

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