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LA GRAN SEMANA DE PENITENCIA
Miren qué sencillo: las carrozas y cabalgatas de Reyes y Carnaval van desde siempre sobre ruedas y tiradas por caballerías (y en la era de la automoción, por motores); los PASOS de Semana Santa, en cambio, nunca fueron ni irán sobre ruedas, porque ese día las procesiones se convertirían en cabalgatas y serían la continuación del carnaval.
Las procesiones de Semana Santa son inconfundibles porque las anima un espíritu particular: el de la penitencia. Y eso no cambia. Penitentes son los que hacen la procesión, penitentes sobre todo los costaleros que cargan con el paso a cuestas, pese lo que pese. Pero no lo cargan y lo trasladan sin más: lo más impresionante son los andares que le imprimen al paso. Lo fascinante es el alma que sacan desde el capataz al último costalero, que se percibe majestuosa y nítida en el porte del paso.
Es que sin penitencia, las auténticas procesiones de Semana Santa pierden todo su sentido. Por no haber, ni tan siquiera oración hay en ellas, porque al penitente le cortaba la iglesia la comunicación con Dios. Al caer en pecado grave, hasta de ese derecho era despojado. Tenía que pararse a la puerta de la iglesia pidiéndoles a los cristianos que entraban, la limosna de una oración por él, para implorar el perdón de Dios y de su representante el obispo, que tenía que juzgar sobre la sinceridad del arrepentimiento y el fiel cumplimiento de la penitencia impuesta, mucho más dura que la que se impone hoy en los centros penitenciarios civiles. Las procesiones de Semana Santa no son, pues, de oración ni de rogativas como las que hace la iglesia, sino únicamente actos de penitencia hechos por penitentes.
De ahí que el silencio sea otro de los caracteres distintivos de la SEMANA SANTA de la calle: ni oraciones ni cánticos, que eso implicaría estar en comunión con la iglesia, sino tan sólo pública exhibición de la condición de penitentes y en muchos lugares todavía, durísimos actos de penitencia, desde andar descalzo o hacer toda la procesión de rodillas o andar arrastrando grilletes y cadenas en los pies (esas eran las “cárceles” propiamente dichas), hasta flagelarse.
Es que la iglesia consideraba acertadamente que quien pecaba le hacía un gran daño a toda la comunidad, porque con el mal ejemplo la inducía a pecar o por lo menos la obligaba a vivir en un ambiente de pecado y a transigir con él. Por eso era esencial desagraviar a la comunidad y mantenerla en el buen camino convirtiendo a los pecadores en penitentes y obligando a que si había llegado a los ojos y a los oídos de la comunidad el pecado, fueran testigos también de la penitencia.
De tal modo prevalecieron la fe y la sinceridad en los penitentes, que llegaron a sublimar su penitencia, convirtiéndola en la bellísima y conmovedora manifestación de penitencia que fue y sigue siendo la SEMANA SANTA de la calle, del pueblo, incluso en tiempos que no se caracterizan por la mala conciencia y por el consiguiente arrepentimiento.

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