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OBJETIVO, LA CONTRICIÓN
La justicia moderna basada en la reinserción de los condenados a vivir en régimen penitenciario, es de inspiración cristiana, de cuando se administraban los estados como teocracias y la iglesia tenía el ministerio de justicia, que fue sobre todo de penitencia, de castigo, y por eso se quedó con este nombre y hasta le dio carácter de sacramento. Pero es que también coincide en el nombre el sistema penitenciario civil, que proclama junto a su intención punitiva, la rehabilitadora del preso, que en pura consecuencia léxica debería llamarse (seguir llamándose) penitente. Lo que varía de todos modos entre los regímenes penitenciarios eclesiástico y civil, son los métodos de reinserción.
Cuando la penitencia no era aún sacramento propiamente dicho, sino más bien institución administrativa de la iglesia con carácter mixto (temporal y espiritual), la sustancia de la justicia no estaba en el juicio, puesto que al perseguirse en los pecados más el escándalo que el propio pecado, éste era ya de dominio público y el juicio era sustituido por la confesión. Y no porque se necesitase objetivamente, sino porque humillarse y reconocer públicamente el pecado, es decir la maldad de esa conducta, era el primer paso hacia el arrepentimiento, es decir de penitencia. Se partía del supuesto de la buena fe y del interés en pertenecer a la comunidad sujetándose a sus reglas. Por eso la reparación del escándalo exhibiendo públicamente la penitencia era parte inseparable de la misma. Se trataba sobre todo de que no se escandalizase al pueblo de Dios, de que la conducta de los cristianos no constituyera nunca una incitación a la relajación de las costumbres.
Hay que pensar que el cristianismo estaba construyendo un nuevo modelo de hombre sobre las ruinas del modelo romano y pagano; y que una obra así sólo es posible con acciones muy enérgicas, con una severa vigilancia sobre las conductas para que no deriven hacia el modelo del que se está huyendo. La severidad y el rigor es una característica de todas las revoluciones (como una profunda revolución humana hay que mirar el cristianismo). Si a esto añadimos la sensibilidad de la época en que este cambio se produce, el cuadro resultante será de una crueldad exacerbada comparando con nuestro actual concepto de justicia; pero de una benignidad evangélica, si tomamos como referente la clase de justicia que aplicaban los romanos a los esclavos, a los extranjeros, a los pobres; que esos eran los destinatarios preferentes de la buena nueva, es decir del cristianismo.
¿Qué pretendía la penitencia cristiana? Pretendía, claro está, la reinserción del pecador: pero no a base de buenas palabras ni de paños calientes, sino mediante una auténtica regeneración a través del sufrimiento, destruyendo la personalidad pecadora. Había que machacar, literalmente machacar (y por supuesto humillar) al pecador. Esa era la contrición. Eso formaba parte del programa de reinserción del penitente. Algo de eso nos recuerdan algunas penitencias extremas que vemos a lo ancho del mundo en las celebraciones populares de la SEMANA SANTA. Luego vinieron otras formas de contrición: “Del desprecio de sí mismo y de la imitación de Cristo” se titula el Kempis, el gran libro de la espiritualidad cristiana durante siglos. Eso es contrición.

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