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Sobre la figura de San Pedro nos dice el profesor Pérez Sánchez que “es una de las fundamentales del mundo católico” y que su imagen “es una de las que con más frecuencia suele encontrarse tanto el devoto como el simple amante del arte o el curioso de la iconografía”.

Parece ser que durante la Edad Media, se dio más importancia a la figura de Pedro “como fundador y cabeza de la iglesia”, de donde deriva su representación como “príncipe de los apóstoles”, majestuosamente tocado de tiara y con vestiduras principescas. El atributo habitual de esta representación son las llaves.


 

Será a partir del siglo XVI, tras el Concilio de Trento, cuando en las representaciones de la figura del Apóstol como mayor importancia el episodio de la vida de Pedro referido a su arrepentimiento “mostrado en amargas lágrimas” después de haber negado por tres veces al Maestro. Los católicos vieron en este episodio…

“… Un importantísimo testimonio del valor sacramental del arrepentimiento y de la penitencia para la salvación del pecador, en contraposición de la doctrina protestante, que les negaba todo valor, confiando sólo en la fe.”

En la iconografía de este episodio el Apóstol se representa siempre con el rostro y las ropas que la tradición señala:

“… Alto de cuerpo, blanco, descolorido, los ojos negros y teñidos en sangre, las cejas no muy pobladas, la nariz algo remachada, y no muy viejo (…). Ha de tener la túnica azul, ceñida, y el manto anaranjado o de color ocre…”



(El arrepentimiento de San Pedro (1625 y 1629), Hermitage Museum. Gerard Seghers)

Esta iconografía penitencial del apóstol se suele acompañar de la figura del gallo, y algunas veces también se le representa enfrentado “a la figura doliente de Cristo flagelado”, como si de la recreación de una visión de Pedro se tratase; esta última interpretación plástica adquirió una importancia relevante entre los devotos, especialmente en Andalucía.



(San Pedro ante Cristo atado a la columna. ca. 1650, Palacio Arzobispal de Sevilla, Zurbarán)

Por otro lado, el motivo de las lágrimas de San Pedro no sólo fue ampliamente difundido mediante las artes plásticas, sino que también alcanzó gran importancia y popularidad, sobre todo en la poesía. En el mismísimo “Quijote” puede leerse un poema del que entresacamos la siguiente estrofa:

“Crece el dolor y crece la vergüenza en Pedro, cuando el día se ha mostrado, y aunque allí no ve a nadie, se avergüenza de sí mismo, por ver que había pecado”

En un tono más que modesto y más cercano a nosotros, se expresa Rodrigo Fernández de Ribera, secretario del marqués de Algava y de Ardales, en los primeros años del siglo XVI, también con versos referidos a este tema:

“Para arrepentiros hallo que madrugáis con codicia, pues os da el Sol de Justicia así como canta el gallo. En lastimosa ocasión el cuidoso gallo canta, que sus pasos de garganta son para vos de pasión.”

Conservamos en Estepa, por suerte, dos soberbias representaciones escultóricas del Apóstol en las dos vertientes antes comentadas. La primera y más antigua, se encuentra en la iglesia de Santa María, en la nave de la Epístola, presidiendo el retablo colateral al Mayor; se representa en ella a San Pedro sedente, revestido de ornamentos sagrados y con tiara en la cabeza, llevando en su mano izquierda la llave. Hernández Díaz atribuye su autoría al escultor Lázaro Pérez Castellanos, fechándose hacia 1620 y añade que de dicho escultor no se conoce ninguna obra identificada “y con ésta se nos coloca en un lugar importante del protobarroquismo sevillano”.


La segunda se halla en la iglesia de la Asunción, en un retablo que existe en la capilla de la Virgen de los Dolores, donde también se venera al Cristo de las Penas; se trata de una representación típica del episodio de las lágrimas de San Pedro, en la cual se incluye también el gallo. El apóstol, vestido con túnica azul y manto encarnado, aparece arrodillado, con el rostro hacia el cielo y las manos unidas en gesto de súplica, los ojos lacrimosos en clara actitud de arrepentimiento. De esta imagen nos dice Aguilar y Cano que … “… es de gran mérito artístico, por su franca y correcta ejecución, por su expresión llena de verdad, por sus exactas proporciones, por su naturalidad y por su indisputable belleza, ¡Lástima que nos podamos consignar el nombre de su autor!”

Hernández Díaz dice de ella que es “obra barroca de interesante fuerza expresiva” y sobre su autoría guarda silencio.


Una aproximación a los orígenes de la hermandad de San Pedro. Jorge Alberto Jordán Fernández. Lº Aniversario de la reorganización de la Hermandad de San Pedro, Estepa. 2003

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