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JMJ Madrid 2011: Las cofradías ante su gran oportunidad.


Se acaban las Jornadas Mundiales de la Juventud, vuelve a Roma el Papa, y los cofrades de las distintas ciudades españolas, que han tenido el orgullo de estar con sus imágenes en el Vía Crucis, regresan a casa agotados por el esfuerzo y las intensas emociones vividas estos días en la capital del Reino.

Escribe José Cretario en ABC un lacónico: “Mereció la pena”.  A buen seguro que ha sido así.

Hace catorce meses cuando se comenzaba a rumiar la posible presencia de hermandades con sus pasos procesionales en Madrid aprovechando la visita del Papa, a todos nos parecía una quimera, una locura incomprensible, la que en nuestras cerriles mentalidades cofradieras, tan encajonadas en el localismo perpetuo, nos impedía visualizar lo que realmente no era fruto de una enajenación transitoria de los organizadores, sino una fuerte apuesta por la presencia de esa tangible realidad de la vida católica española, vital y robusta, como es la de las hermandades y cofradías de Semana Santa, aunque tristemente tuvieran que ser otros los que nos los hicieran ver cuando ni los propios cofrades estábamos siendo conscientes de la contingencia que se presentaba, ni confiáramos en las posibilidades materiales de la escenificación pasionista que se nos abría ante nosotros, tan finitamente arrinconada en los enclaves patrios, tan homogéneamente confiada a los cánones heredados de según qué provincia, tan puñeteramente asumidos como verdades universales incapaces de ser sometidas a interacción con otras de diferente signo y tan diametralmente lejanas unas de otras, lo que alejaba casi definitivamente ese sueño de muchos que anhelaban que algún día llegaría algo o alguien que llevase al heterodoxo universo cofradiero a un punto en común, sin distinción de procedencias, a un lugar donde compartir herencias estéticas que nos pusieran de una vez por todas en órbita.

Se ha acabado la JMJ y tras lo visto y oído, ha llegado el que suscribe a una feliz conclusión: hemos dejado de ser un grano en el culo de la Iglesia. A pesar de la incredulidad de los obispos. Hemos sido partícipes por primera vez de un acto eclesiástico universal, y lo mejor es que no hemos llegado allí antecedidos de una actitud suplicante por nuestra parte, resignados a nuestra continua suerte de realidad residual cuasi folclórica en el catolicismo contemporáneo, demasiado acomodados en el horizonte diocesano local. De repente se nos ha abierto de par en par una ventana en el hermético edificio vaticano, mientras nos hallábamos irremisiblemente sumidos en el entramado del ordinario del lugar con el que no hemos tenido mayor compromiso que el de llegar a entendernos y a tolerarnos. Nos han venido a buscar justo cuando veníamos recibiendo toda una somanta de baculazos ante nuestro desmedido afán procesionista.

Madrid nos ha cambiado, como a los que hace décadas se montaban en autobús para abandonar el pueblo dispuestos a embeberse de un nuevo mundo que se abría a sus pies en la desconocida capital. De hecho, tras la experiencia vivida, al volver a subirnos nuevamente a la guagua que nos devuelve a la realidad, nos hemos dado cuenta de que hemos dejado de ser esos de la religiosidad popular, que suena a procesiones rurales de santos bajo farolillos y bombillas colgadas en las plazas de los pueblos. Nos hemos desvestido del traje de los complejos, de la asumida inferioridad frente a otros colectivos que nos miraban por encima del hombro y hemos llevado por Madrid, símbolo del cosmopolitismo y punta de lanza de la sociedad española postmoderna, la bandera de un colectivo numerosísimo e influyente en la vida espiritual de la gente, y nos hemos desquitado de ese toque de provincianismo cateto, heredado del inmovilismo latente de nuestra propia razón de ser, hinchando el pecho, luciendo medalla corporativa, en un inmenso plató de repercusión mundial, blandiendo una vara de orgullo cofrade, que ha dejado de ser la de la ambición de crecimiento social y personal en la ciudad de turno, para ser el bastón simbólico de la confianza merecida, que hemos cogido por montera para no volver atrás, a ese rincón de inacción, a ese talón del zapato diocesano.

La JMJ ha servido para comprender el papel que la Iglesia parece ofrecernos en este siglo que aún no ha hecho más que empezar a rodar, en un tiempo donde el amor y la paz, no son más que preciados bienes, que como tales escasean en el mundo, y que cómo bien escribía Pedro Jota, más allá de las creencias de cada uno y las disparidades de opiniones que puedan surgir en torno a la línea doctrinal de la Iglesia católica, han sido los ejes centrales de la mayor manifestación de fe, sin distinción de procedencias, ni colores de piel, que haya podido celebrarse nunca en nuestro país. Y he ahí su verdadera trascendencia. Un papel no muy diferente al que ya veníamos ejerciendo hasta ahora en la oscuridad: vertebrador de sociedades resquebrajadas, baluartes defensores de un patrimonio artístico y espiritual únicos, enseñas de la caridad y formación cristianas y vértices de la proclamación de la fe y la devoción imperecedera hacia la figura de Jesús y la de María.

La JMJ nos ha puesto, como a los demás peregrinos,  en el blanco de las hostilidades. Nos ha sacado del abrigo de nuestras casas de hermandad y de la sobredimensionada incomprensión de los vecinos que dicen que nos sufren con los cortes de tráfico y los ensayos de las bandas. Nos han dado el termómetro de la sinrazón, y nos ha hecho responder con la calma precisa y el comportamiento oportuno a las continuas ofensas de los radicales, intolerantes y demás fauna de incomprendidos. Hemos sabido responder con firmeza, convicción y más sonrisas que enojo. Esas que en muchas ocasiones nos han faltado ante adversidades climatológicas. Nos han exigido madurez, y la hemos tenido frente al mismo epicentro del abuso y el atropello. Una foto, como la de los costaleros en Sol, rodeados de “indignados” increpándolos, lo dice todo.

Sin embargo, cuando esto termine, seguiremos trabajando en nuestros pueblos y ciudades, no nos engañemos, y nuestra luz pública continuará siendo la de los aderezos retransmitidos por la televisión cada Semana de Pasión. Los legionarios en la Alameda, las mariquillas cimbreantes bajo el Arco de la Esperanza, el bailongo caballo cruzando el Puente, la saeta desgarrada en el barrio jerezano de Santiago o el vocerío incansable de la salida del Abuelo jiennense. Y así pareció decírnoslo el Papa en su rudo paseo por Recoletos cuando ante tanto despliegue de hermosura estética, tantas veces relatada por poetas y pregoneros, apenas dejó unas miradas furtivas y saludos a diestra y a siniestra desde la burbuja vaticana de su pontificio papamóvil.

Ello nos hizo ver también lo ínfimo de nuestra galaxia dentro del universo eclesial al que pertenecemos y la lógica incomprensión de la globalización católica ante el fenómeno que esta semana hemos empezado a enseñar al mundo, especialmente la de las altas jerarquías. Ello nos hace sentir una especie de impotencia y cierta rabia, del todo comprensibles. Pero es imposible pedir más en lo que realmente puede reducirse a una cuestión de confrontación de culturas. No es posible pedirle al germano que ame a Font de Anta como a Beethoven y a Rodríguez Ojeda como a Durero, por mucho que los tengamos como verdaderos astros en nuestro horizonte.

En cualquier caso, estoy seguro de que hoy somos algo, cuando ayer no éramos nada. Allí estuvimos, hoy más cerca que ayer, procesionando por Madrid ante la mirada emocionada de cientos de peregrinos venidos de todo el mundo, mostrándoles que la llama de la fe, los cofrades  la mantenemos viva en forma de cirios alineados en una candelería, que la frescura de la creencia cristiana sigue vigente en las piñas de claveles renovados en cada procesión con virtuosismo de artista, que la penitencia la vivimos con una trabajadera al cuello o un varal al hombro y que a todo sabemos ponerle un toque personal de belleza estética, en una mecida acompasada al son de una marcha procesional, capaz de emocionar y quebrar las almas más distantes.

Otra foto, la del Papa pasando delante del paso de palio de la Virgen de Regla lo vuelve a decir todo. El que ya estamos ahí. El que las cofradías ya tienen papel reconocido por la Iglesia Católica y que poco más nos hace falta. Tan sólo comprender el peso de nuestra historia y el lugar que ocupamos dentro del entramado romano. Ya podemos empezar a vivir y actuar sin complejos, pero sin llegar a caer en el ombliguismo. Lo mismo que ha quedado bien patente lo que no supieron hacer ni la Esperanza de Triana, ni el Cachorro porque simplemente no se vieron protagonistas de un circo que no iba con ellos, ni entendían que el sitio en el mapa estuviera al lado de las Negaciones de San Pedro de Orihuela. Hoy ya lo tenemos claro, pues sí que era nuestro sitio. Y nuestro circo. Junto a un millón de jóvenes. Pobres.

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