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Quisiera terminar esta serie de artículos con uno, a modo de coda, dedicado al Venerable Cardenal Newman, centrado especialmente en su obra «Carta dirigida al Duque de Norfolk». John Henry Newman es uno de los que mejor ha escrito sobre el tema de la conciencia, quizás por el proceso de conversión que sufrió y que causó gran escándalo en la sociedad inglesa de su tiempo. Esto, sin duda, le sirvió de base para escribir bien sobre este tema. A esta experiencia personal tenemos que unir su indudable calidad como teólogo. Él es uno de los más grandes de los últimos tiempos.

La diagnosis que hace sobre la connotación que tenía la conciencia en sus contemporáneos es ciertamente acertada y profética: su descripción no sólo no ha perdido actualidad sino que el tiempo ha venido a confirmarla. Por otro lado, el tratamiento que hace de la conciencia, en especial su relación con el dogma de la infalibilidad papal, es sugerente e interesante. Adentrémonos pues en Newman.

El Cardenal parte de las características eternas de la naturaleza divina (justicia, verdad, sabiduría, santidad, benevolencia y misericordia) y de la Ley. La Ley, que es Dios mismo, está impresa en la inteligencia humana y es la norma de la verdad para hombres y ángeles.

Distingue Newman, con San Agustín y Santo Tomás de Aquino, entre Ley Eterna («Razón Divina o, también, Voluntada de Dios que obliga a la observancia y prohíbe la perturbación del orden natural de las cosas») y Ley Natural («impresión de la luz divina en nosotros»), para llegar finalmente a la definición de conciencia como la Ley Natural «aprehendida por la mente de cada hombre».

La conciencia, afirma Newman, puede ser afectada al concretarse en el individuo, pero no hasta el punto de perder su rango de Ley Divina.

La concepción de la conciencia como Voz de Dios es opuesta a la que poseen los contemporáneos del Cardenal. Ellos entienden la conciencia como creación del hombre. Dejemos hablar al Venerable: «La Conciencia no es una especie de egoísmo previsor, ni un deseo de ser coherente con uno mismo; es un Mensajero de Dios que tanto en la naturaleza como en la Gracia nos habla desde detrás de un velo y nos enseña y rige mediante sus representantes. La Conciencia es el más genuino Vicario de Cristo». No podemos acusar al Cardenal de falta de actualidad.

Evidentemente, como dice Newman, éstas no son más que palabras huecas y hueras para la filosofía actual. Newman nos advierte de la conspiración existente contra la conciencia: si en el mundo antiguo y en la Edad Media se luchaba contra ella con la fuerza, ahora se hace con el intelecto. De hecho «cuando los hombres invocan los derechos de la conciencia no quieren decir para nada los derechos del Creador, ni los deberes de la criatura para con Él. Lo que quieren decir es el derecho pensar, escribir, hablar y actuar de acuerdo con su juicio, su temple o su capricho, sin pensamiento alguno de Dios en absoluto».

Nadie puede dudar de la veracidad de las palabras del Cardenal. Su razonamiento es claro, preciso y precioso, igual que la frase que resume su pensamiento y es recogida por la Encíclica Veritatis Splendor: «la Conciencia tiene derechos porque tiene deberes». Frente a una concepción de la conciencia, que la confunde con la libertad de expresión, Newman nos desvela su verdadero sentido: la Conciencia como Vicario de Cristo.

Uno de los hallazgos más interesantes de Newman es, como hemos dicho, la relación de la conciencia con los mandatos de la Iglesia y la infalibilidad papal. Hay que tener en cuenta el marco y las circunstancias que provocaron el escrito del Cardenal. El libro es una respuesta a las ataques realizados por Gladstone, ante publicación del Syllabus, por la promulgación del dogma de la infalibilidad papal, en el Concilio Vaticano I y por la influencia que los obispos irlandeses tenían sobre algunos parlamentarios, también irlandeses.

Newman afirma que si el Papa hablara contra la conciencia, «estaría cometiendo un acto suicida». Pero el hallazgo más importante es el que hace Newman, dejando inermes a muchos impugnadores de la autoridad papal: «la autoridad teórica del Papa, lo mismo que su poder en la práctica, se fundamentan en la Ley de la Conciencia y en su sacralizad. (…) El Papa recibe del Legislador Divino su función que le autoriza a formular, conservar y hacer cumplir las verdades que ese Legislador Divino ha sembrado en nuestra misma naturaleza».

Así, la Iglesia es la ayuda de la que disponemos para seguir correctamente la Ley Divina impresa en nosotros: «la Iglesia, el Papa y la Jerarquía son, en los planes de Dios, la respuesta a una petición urgente», es decir en ningún caso es un enemigo. Sin embargo, podemos comprobar como hoy, ciertos ¿teólogos?, nos quieren convencer de que la conciencia es algo subjetivo, y que la Iglesia en general y el Papa en particular no tienen nada que ver con ella: la conciencia es autónoma e independiente.

Esto, sin embargo, lejos de fortalecer al hombre, lo debilita, lo deja sin fuerzas ante la manipulación, convirtiéndolo en un muñeco, una marioneta. Nos quieren convencer que es mejor combatir solo que con un ejército. Curioso. Y lo más extraño de todo esto, es que nos lo quieren hacer pasar como el sumum de la racionalidad y de la madurez, cuando no es más que una muestra de la mayor de las irracionalidades. Paradójico.

«La Conciencia no puede entrar en conflicto con la Infalibilidad de la Iglesia o el Papa», dice Newman. Y así es realmente. Sólo podría entrar en conflicto cuando un Papa de órdenes particulares, pero como escribe Newman, «un Papa no es infalible en sus leyes ni en sus órdenes ni en sus actos de Estado ni en su administración, ni en su actuación pública».

Antes de finalizar, quiero transcribir unas palabras del Venerable Cardenal, especialmente dedicadas a los elementos progresistas de la Iglesia a los que tanto les molesta la autoridad del Papa y cuyo fin último es construir un Cristo a su medida y una Iglesia descafeinada: «A menos que una persona sea capaz de decirse a sí misma en la presencia de Dios, que no puede, que no debe obedecer al mandato del Papa, está obligado a obedecerlo y cometería un gran pecado si lo desobedeciese. Prima facie es deber suyo ineludible, incluso desde un sentido de la lealtad, creer que el Papa está en lo cierto y actuar en consecuencia. Deberá sobreponerse al espíritu mezquino y burdo de su naturaleza que, a la menor apariencia de un mandato, se coloca en contra del superior que le da, es pregunta a sí misma si el superior no estará sobrepasando sus derechos y se recrea por dentro en dar pábulo a un cierto escepticismo. Debe renunciar a ejercitar egoístamente el derecho de pensar, decir y hacer lo que le place, dejante completamente a un lado si lo que le mandan es verdad o no, si es bueno o no, si «está obligado a obedecer», si siente o no deseos de hablar como habla su superior y estar de su parte siempre y en todo. Si esta regla tan necesaria se observara, los conflictos entre la autoridad del Papa y la autoridad de la Conciencia serían muy raros».


Bibliografía:

Carta al Duque de Norfolk, J.H. Newman. Ed. Rialp, 2ª ed., 2ª reimpr. 2.005.
Moral Fundamental, J.J. Pérez. ISCCRR S. Agustín, 2ª ed. 2ª reimpr. 2.005, texto que he seguido servilmente para escribir esta serie de artículos.
Fe y Razón en J.H. Newman. Guillermo Juan Morado, separata de Compostellanum, vol. XLVIII, nº 1-4.
Encíclica Veritatis Splendor. Juan Pablo II. 1.993

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