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Nuestra Señora de la Esperanza

La Expectación del Parto de María La Virgen

 

Crepúsculo vespertino del Adviento y alborada matinal de la Navidad. Cuarto domingo y cuarta vela encendida en el breve lampadario de la Corona de Adviento. ¡Álzate, Iglesia del Señor, que llega el Esposo! ¡Aviva tus lámparas y sal a su encuentro! Descubrirás, de entrada, a María de Nazaret, estrella hermosa que anuncia el día, aurora luciente del amanecer de Cristo.

Hoy entra María, por derecho propio y por la puerta grande, en las celebraciones de la Iglesia, de la mano de san Lucas, cronista exquisito del Evangelio de la Infancia, que descorre el velo del Misterio para mostrarnos el retablo viviente de Nazaret: anunciación de Gabriel, consentimiento de María, bajada del Espíritu, concepción virginal del Verbo encarnado. Lucas ambienta todo esto con trazos certeros y finas pinceladas, tales como el anuncio y el nacimiento de Juan el Bautista, con el himno mesiánico de su padre Zacarías; más el encuentro sublime entre María y su prima Isabel, con el broche asombroso del Magnificat.

El alborozo mariano de estas antevísperas navideñas quedó plasmado, hace más de trece siglos, en la fiesta de María, Madre del Señor, instituida por el X Concilio de Toledo, en el primero de sus cánones: «… declaramos y mandamos que el octavo día, antes del nacimiento del Señor, se consagra con toda solemnidad al honor de su Madre. De esta manera, así como la natividad del Hijo se celebra durante ocho días seguidos del mismo mes, podrá tener una Octava la festividad sagrada de María».

Afincada en la liturgia visigótica y mozárabe, en el día dieciocho de diciembre, esta fiesta de María, Madre del Señor, ha tenido en España, hasta hace poco, un arraigo singular, con dos nombres, a cual más sugerente, no sé si sucesivos o alternativos: La Expecta - ción del parto de Nuestra Señora y Santa María de la O.

Tres vocablos castellanos se cruzan en el corazón humano, la espera, la esperanza y la expectación. La espera, interpretada magistralmente por Samuel Beckett en su obra teatral Esperando a Godot, consiste en aguardar a una persona o acontecimiento, ignorando si vendrá o no vendrá, en una inercia indefinida y borrosa, sin hacer nada por cuenta propia. En contraste con la esperanza, sabiamente estudiado por Laín Entralgo; ésta sabe muy bien lo que quiere, lo desea con ardor, lo prepara activa-mente y está segura de que llegará. En cristiano, es virtud teologal que tiene a Dios como impulso y como destino.

Por expectación se entiende una tensión alegre del espíritu ante un acontecimiento grande e inminente; tiene mucho de deseo ardiente y de impaciencia anhelante. Es lo que experimentaron el anciano Simeón y la profetisa Ana, antes de tener en sus brazos al Salvador; y, de otra manera, lo que vivieron José y María, buscan-do ya sitio en Belén, desde la adoración confiada de los designios de Dios. La sien-ten asimismo muchas almas santas, que buscan insistentes al Señor, con el corazón de par en par: ¡Ven, Señor Jesús!

La expectación está muy cerca del asombro, que es precisamente lo que indica la exclamación ¡Oh!, que en latín no lleva h, y abre el canto gozoso de las antífonas del Oficio de Vísperas en los siete días anteriores a la Navidad. Ejemplo: «¡Oh, Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!» María de la O, María del asombro, del estupor sagrado y de la contemplación extática del misterio de Cristo. ¡Oh, clemente; oh, piadosa; oh, dulce Virgen María.

 

2.

La Expectación del Parto de María, Nuestra Señora de la Esperanza, la Virgen de la O Sierva de Dios Justa Domínguez de Vidaurreta e doy

El agudo y entrañable sentido del año litúrgico, como resumen celebrativo de la historia de la salvación, colocó en este día la hermosa fiesta de la Expectación del Parto de la Virgen María. En la antigua liturgia hispánica –a veces conocida como visigoda o mozárabe– ésta fue la fiesta más importante en honor de Santa María.

ORIGEN DE LA FIESTA

Es precisamente en España donde comienza a celebrarse con asiduidad y fervor a partir del siglo VII. En el mes de diciembre del año 656, durante el reinado de Recesvinto. tuvo lugar la celebración del X Concilio de Toledo. Los obispos allí reunidos eran bien conscientes de la importancia de recordar a María como protagonista imprescindible en el misterio de la Encarnación del Señor. Y eran conscientes también de las dificultades que el tiempo de primavera, en el que se celebra la Anunciación a María y la Encarnación del Señor. oponía a la ce

lebración adecuada de esa fiesta. Así que, con buen sentido, en el primero de sus siete cánones decidían colocar una fiesta especial en las vísperas esperanzadas de la Natividad del Se-ñor:

«Porque en el día en que el ángel comunicó a la Virgen la concepción del Verbo, no se puede celebrar este misterio dignamente, a causa de las tristezas de la Cuaresma o las alegrías pascuales, que con frecuencia coinciden con él, declaramos y mandamos que el octavo día antes del nacimiento del Señor se consagre con toda solemnidad al honor de su Madre. De esta manera. así como la Natividad del Hijo se celebra durante ocho días seguidos, del mismo modo podrá tener también una octava la festividad sagrada de María.,

Aquella iniciativa se debía en gran parte al celo de Eugenio, el santo y sabio arzobispo de Toledo. tan buen teólogo como delicado poeta. Sería aquél uno de los últimos actos de su pontificado. Pero el mismo amor a esta fiesta profesaban San Fructuoso, que acababa de ser elegido como obispo de Braga, y, sobre todo, San Ildefonso, el inmediato sucesor de Eugenio en la sede toledana. A él, que tanto escribió sobre María, se debe el texto de la misa —Erigamus quaeso— en honor de la Virgen, que había de celebrarse el 18 de diciembre. Junto a estos grandes padres de la Iglesia habría que mencionar a muchos otros testigos de la fe en las tierras de Hispania.

Idéntica estima profesaba el pueblo cristiano a esta «fiesta de Santa María". Tanto es así que cuando hubo que abandonar el antiguo rito hispano para aceptar la liturgia romana, lo hicieron a condición de que les fuera permitido conservar esta hermosa y sentida celebración.

Como escribió fray Justo Pérez de Urbel a propósito de esta fiesta, "la Expectación de María se hace nuestra propia expectación. Nos preparamos al gran acontecimiento de la historia universal, y entramos de lleno en el espíritu de estos días, que la liturgia llama del Adviento: época de esperanza ansiosa, ca-minar sublime hacia el reino de la luz. Ninguna peregrinación tan emocionante, ninguna odisea tan extraordinaria y azarosa, ningún camino tan lleno de aventuras y maravillas».

 

NUESTRA SEÑORA DE LA «O»

La fiesta de la Expectación del Parto es también conocida como la "fiesta de Nuestra Señora de la O». Ese título al parecer tan extraño tiene una motivación litúrgica muy sencilla. En la tarde del día 17 de diciembre, la antífona que acompaña en las vísperas al canto del _

Magnificat comienza con un "Oh» sonoro y admirado: "Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad. ven y muéstranos el camino de la salvación». El mismo contenido cristológico, el mismo talante esperanzado. la misma admiración agradecida evocan las antífonas que. hasta el día 23 de diciembre, se inician cada tarde con ese "Oh" sorprendido y gozoso.

En este día 18 de diciembre. la antífona del gozo y la esperanza nos hace revivir el anhelo de la liberación y el temblor del elegido que vislumbra la presencia de Dios en un fuego que no cede: «Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo».

Al explicar el significado de este día en su

Año Cristiano, el Padre Ribadeneira observaba que. en la Iglesia de Toledo, «después de la oración de vísperas de esta fiesta de la Expectación, todos los eclesiásticos que asisten al coro, cantan el "Oh" sin tono y sin medida, para expresar el deseo y la ansiedad que los santos padres del Limbo y todo el mundo tenía de la venida y de la natividad de su Restaurador y Redentor universal».

En la actual liturgia romana, este día es. por tanto, el segundo de las "ferias mayores". Desde el día 17 de diciembre hasta la víspera de la Navidad, la celebración litúrgica nos invita a entrar en un ambiente de especial recogimiento. Acompañamos a la Madre de Jesús en su espera. Nos gozamos en la certeza de que Dios ha renovado su alianza no sólo con el pueblo de Israel, sino con la humanidad entera. Pensamos que la suerte humana no es una fábula sin sentido. Nos sentimos amados por Dios. Y una vida entera no nos bastará para asimilar la hondura de esta certeza.

En la celebración de la Eucaristía de este día se lee el texto evangélico que nos refiere el nacimiento de jesucristo:

«La concepción de Jesucristo fue así: La madre de Jesús es-taba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo. José, su es-poso, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: `:José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, por-que la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados-. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Enmanuel (que significa: `Dios con nosotros"). Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor, y se llevó a casa a su mujer» (Mt 1, 18-24).

Gracias a María, Dios se hace Enmanuel. La larga esperanza de Israel llega a su cumplimiento. Y en el misterio del nacimiento de Jesús se colman también las esperanzas inexpresadas de todos los pueblos de la tierra.

EL AGUARDO DE LOS SIGLOS

En estos días últimos del Adviento, la liturgia evoca la larga esperanza de Israel, recordando algunos textos de los profetas. Entre ellos sobresalen los antiguos poemas que se incluyeron en el libro de Isaías. En ellos se anuncia el nacimiento de una rama que anticipa la primavera diseñada desde siempre por Dios: <Aquel día el vástago del Señor será joya y gloria, fruto del país, honor y ornamento para los supervivientes de Israel» (Is 4, 2).

Un descendiente de la casa de Jesé y de su hijo David aportará una salvación que supera lo mejor de las esperanzas antiguas: Mirad, la raíz de Jesé descenderá para salvar a los pueblos: la buscarán los gentiles y será glorioso su nombre» (Is 11, 10).

En otro de los poemas, la oración del creyente adquiere resonancias cósmicas. La naturaleza entera es invitada a dar a luz la salvación anhelada: «Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo. Ábrase la tierra y brote la salvación (Is 45, 8).

Pues bien, esa salvación esperada se encuentra pendiente de la decisión de María, como subraya un sermón de San Bernardo

que la liturgia nos ofrecerá en estos próximos días: »Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo: oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora. esta palabra de misericordia».

María, efectivamente, acogió aquella palabra que el ángel le anunciaba. Y la historia humana se llenó de la palpitación de Dios. Como predicaba San Agustín

, »María es bienaventurada porque oyó la palabra de Dios y la puso en práctica: porque más guardó la verdad en la mente que la carne en el vientre. Verdad es Cristo, carne es Cristo. Verdad en la mente de María, carne en el vientre de María». Retomando este juego de palabras, también Juan Pablo II, en la encíclica sobre la Madre del Redentor recuerda que María concibió a su Hijo en la mente antes que en el seno: precisamente por medio de la fe (RMA, n. 13d).

La fiesta de la Expectación del Parto nos presenta a María como la discípula que hace suya la palabra de Dios y como la madre que va gestando al que es la Palabra eterna y definitiva de Dios. Junto a ella y como ella, la Iglesia entera acoge y agradece la palabra de Dios, da vida y anuncia al que es la Palabra del Dios vivo.

MESES LARGOS Y LLENOS

La fiesta de la Expectación del Parto nos ayuda a intuir las dimensiones a la vez divinas y humanas de este misterio. El Hijo de Dios entra en la historia como el hijo de una mujer que se hace las preguntas temblorosas de todas las madres, como ha escrito Gerardo Diego:

"Cuando venga. ay, yo no sé
con que le envolveré yo, con qué.»

También José Luis Martín Descalzo ha tratado de reflejar la experiencia de aquellos meses de expectación. Todo el mundo parecía vivir la rutina acostumbrada. Sólo María presentía que el mundo ya nunca podría ser igual. Ante la ignorancia general, ella se preguntaba si la voz del ángel y el saludo entusiasmado de Isabel no habría sido un sueño.

Volví (a Nazaret) ay aquellos fueron los meses más intensos de mi vida l...) Y sólo

yo entendía que el mundo había cambiado, que el Redentor ya estaba entre nosotros, por mí y en mí, creciendo en mis entrañas. Alguna vez temía que todo hubiera sido un sueño, pero aquel niño pesando en mis entrañas, nacido sin varón, era la prueba de que Dios se acordaba de nosotros (...)»

De la mano del profeta Isaías, María pudo ir comprendiendo lentamente cómo podía ser virgen y madre, porque era Dios el padre de aquella vida que latía en sus entrañas:

Al pensarlo sentía unos enormes deseos de lloran ¡Dios. un Dios nuevo habitaba en la tierra, iba a hacerse carne de nuestra carne y yo tenía la infinita fortuna de prestarle la mía.r (...) Y así llegó la hora de Belén.

Como para cualquier otra mujer, aquel tiempo de la espera quedaría para siempre grabado en la memoria de María. Estaría lleno de significado y de esperanza:

Sí, nueve meses que se me hicieron infinitamente largos, infinitamente cortos,
infinitamente dulces, infinitamente llenos.

LA ESPERA Y LA TAREA

El arte medieval gustó de representar a veces a María con un vientre levemente abultado, sobre el que se posa con dulzura una de sus manos.

La virgen-madre se convertía así en icono de la esperanza cristiana. Como María, también la comunidad está llamada a aceptar virginalmente, es decir, gratuita e inmerecidamente, el futuro prometido por Dios y la salvación por él ofrecida. Pero como María, la comunidad sabe que ese futuro y esa salvación habrán de pasar por la colaboración temblorosa y humilde de sus propias fuerzas. Este juego de palabras ha sido acogido y explicado por Juan Pablo II en su encíclica sobre la Madre del Redentor (n. 43).

Lo que la Iglesia ha aprendido de María se hace también realidad en la vida concreta de cada uno de los creyentes. En el mundo de la gracia. la maternidad –y también la paternidad– es siempre virginal, puesto que de Dios brota y en él se afianza y ofrece. Pero la virginidad es siempre –ha de ser siempre– maternal y fecunda, puesto que la gracia nunca permanece estéril en quien le presta acogida y disponibilidad.

Naturalmente, estas convicciones trascienden el ámbito de la vida biológica y se refieren a la totalidad de la existencia. No hay esperanza verdadera si el aguardo no se convierte en dina-mismo creador. Pero ese dinamismo revela su íntima vacuidad y sin sentido cuando no se apoya en la fuerza misteriosa del don y de la gracia.

En la fiesta de la Expectación del Parto, vuelven a nuestros labios las hermosas palabras de la Salve: «Vida, dulzura, esperanza nuestra, Dios te salve». La saludamos con las palabras que Dante Alighieri pone en boca de San Bernardo para llamarla «hija de tu Hijo«.

Hoy los cristianos se asoman a los profundos hontanares de la esperanza y la alegría para calmar la sed del aguardo y la nostalgia. Las búsquedas humanas se abren al hallazgo y al encuentro. Dios se hace vecino y amigo de la causa humana. Y

María enseña a preparar los mil detalles para acogerlo con amor y con verdad.

Y a la vista de esta Madre que espera y enseña a esperar al que es la Vida, los creyentes oran por todas las madres que aguardan el momento oportuno para ver al fruto de sus entra-ñas. Oran y se comprometen a hacer más gozosamente aceptable el misterio de la vida y la fiesta del nacimiento de los que son hijos del Dios del amor, aun antes de ser hijos del amor humano.

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