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Alberto (nombre ficticio) es un chico al que conocí hace muy poco. Fue en el besapiés del Señor de la Salud de La Candelaria. El chico, malito con parálisis cerebral (por suerte en un estado no muy grave) en su sillita de ruedas frente al Señor, llamaba a su padre (Alberto también) que había ido a sacar una foto de la Virgen. Tenía unos ojos tan puros, una mirada tan sincera, tan alegre...

 

Cuando vino su padre hablamos un buen rato con ellos, de cofradías fundamentalmente. Alberto es hermano de El Buen Fin y de El Cachorro, es un cofrade jartible. Era la primera vez que iba a San Nicolás y estaba loco de contento. Hablamos de que al Señor le quitan la parte de arriba de la cruz para que pueda salir bien el Martes Santo y, además, estaba intrigado porque no sabía cuándo iban a cambiarlo de túnica. Le explicamos que ponérsela fue fácil, quitársela no tanto. Le gustaba la Virgen vestida de hebrea, sabía perfectamente que se vestían así en Cuaresma. Derrochaba felicidad, daba gusto verlo, aunque pueda parecer lo contrario.

 

Su padre nos contó que estuvo un tiempo en el Centro de Estimulación Precoz de la Hermandad del Buen Fin, aunque ahora formaba parte de la Asociación "Tal como eres". Nos habló de su problema, de su vida, de como lo han ido llevando... Habría que puntualizar que conmigo venía mi novia, que es profesora de educación especial, por lo que la conversación tenía algo de sentido. Fue todo de forma natural, sin querer, sin buscarlo. Pero a veces de esas cosas se sacan grandes premios.

 

Por eso os cuento esta historia, porque para mí poder vivir ese ratito fue un premio. Fue un premio porque encontré en Alberto la felicidad. Por encima de sus problemas, por encima de lo que él llevaba, por encima de todo... Por encima de todo yo vi en esa cara, en esos ojos, en esa voz y en esa forma de ser la felicidad. Lo vi claramente, la felicidad y las ganas de ser feliz.

 

Por eso hoy, con este texto, renuncio a la poesía y a la prosa, a las mil formas de sentir de nuestras hermandades, a nuestras devociones y a nuestra sevillanía. Hoy renuncio a mi forma de escribir para agradecer, abrazar y, sobre todo, aplaudir a Alberto. No por esforzarse, no por intentarlo, no por dar lo mejor de él, no por el esfuerzo de sus padres... No, por todo eso podría aplaudirle y bien merecido sería, pero no le aplaudo por eso. Le aplaudo por exhibir de esa forma esa felicidad tan contagiosa, a pesar de los pesares que quieran o puedan pesarle.

 

No ha habido ningún culto durante el fin de semana que me haya hecho sentir tan feliz como lo hizo Alberto. Estoy seguro de que Dios, ese Dios de la Salud que me encontró con él en San Nicolás, no lo abandona ni un solo instante. Estoy seguro, desde el pasado sábado, de que ese Dios de la Salud le protege y le seguirá manteniendo esa felicidad. En el mundo hace falta gente como Alberto, como su familia y como la que lucha en su asociación día a día. Pero, por encima de todo, en el mundo hace falta la felicidad que Alberto muestra a la humanidad en su cara. Su felicidad fue la mía. Y eso no hay texto ni que lo pague, ni que lo exprese.

 

Gracias Alberto, mil gracias.

 

 

 

 

José Antonio Montero Fernández

 

A Alberto. A su padre.

A su felicidad.

Al Señor de la Salud.

A Rasero.

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