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Recuerdo una leyenda árabe que narra el viaje que dos amigos hacían por el desierto. Un día de aquel viaje discutieron acaloradamente, y uno le dio una bofetada al otro. El otro, muy ofendido, no dijo nada pero escribió en la arena: “Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada”.

Después de esto, al día siguiente continuaron su viaje, llegando a un oasis donde saciaron su sed y repararon fuerzas. Confortados, decidieron bañarse. El que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, y le salvó su amigo. Una vez recuperado, tomó un cincel y un martillo y escribió en una piedra: “Hoy, mi mejor amigo me ha salvado la vida”.

Intrigado, el amigo le preguntó: ¿por qué cuando te pegué escribiste en la arena y ahora escribes en la piedra? El otro amigo le respondió sonriendo: “cuando un amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo. Pero cuando nos ayuda, debemos grabarlo en la piedra de la memoria, donde ningún viento pueda borrarlo jamás”.
 

Como el amigo del cuento que grabó en la arena y en la piedra deberíamos ser o intentar llegar a ser todos los hermanos. Aunque debo confesaros que, en lo que a mí respeta, por más que lo intento no lo consigo. Estoy en perpetua batalla entre lo que debo hacer y lo que realmente hago. Lucha que mantengo con más ahínco desde un día lejano que, tarde ya, estaba en mi sofá con un buen libro y el cansancio me venció y quedé dormido…

En algún lugar de los sueños me encontré en un gran salón, no tenía nada de especial salvo las paredes llenas de tarjeteros. Los ficheros llegaban casi hasta el techo y parecían interminables. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, observé un cajón titulado “Amigos” que estaba al lado de “Amigos que rechacé”. Lo abrí. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada uno de ellos. Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar donde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, todos los detalles, momentos que mi memoria había olvidado y otros reconocibles a primera vista. Un sentimiento de curiosidad empezó a recorrerme mientras abría ficheros al azar para ver su contenido. Algunos me trajeron alegrías y otros un sentimiento de vergüenza y culpa tan grandes que tuve que volverme para ver si alguien me estaba viendo. Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. “Mentiras que he dicho”, “Libros que he leído”, “consuelo que he dado”, “asuntos por los que he peleado con mis hermanos”, “Murmuraciones”… No dejaba de sorprenderme los títulos. En algunos ficheros había más tarjetas de las que yo esperaba encontrar y en otros menos de las que yo quisiera. Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una con mi letra, todas ellas con mi firma.


Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe ver estas tarjetas jamás. ¡Tengo que destruirlas! Intenté arrancar el cajón y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía. Vencido e indefenso dejé de luchar contra aquel cajón. En esto, el título de un cajón pareció aliviar mi situación: “Personas a las que les he compartido el Evangelio”. Al abrirlo encontré menos de diez tarjetas. Caí de rodillas al suelo llorando de vergüenza.

Mientras me limpiaba las lágrimas vi al Dulce Nombre. Rápidamente Él abrió los cajones y leía cada una de mis fichas. Intuitivamente se acercó a los peores archivos. Con tristeza en sus ojos buscó mi mirada y yo bajé la cabeza avergonzado. Él se acercó y puso sus manos en mis hombros. No dijo ni una sola palabra. Guardó silencio y lloró conmigo. Volvió a los archivadores y empezó a abrirlos todos, y en cada tarjeta firmaba Su Dulce Nombre sobre el mío. Intenté detenerlo ya que su Nombre no tenía por qué estar en esas fichas. Su Nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Al cerrar el último archivo vino a mi lado mirándome con ternura a los ojos y me dijo: "Todo está ya terminado, yo he cargado con tus vergüenzas y tus culpas"

Aún no sé si todo fue sólo un sueño, una visión o una realidad, pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que nuestra Dulce Nombre vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse y menos fichas vanas y vergonzosas.


Fotografía:
-J.Vázquez

Antonio Espinosa de la Vega
Blanca y Colorá 2007

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