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LA INMACULADA CONCEPCION EN EL ARTE ESPAÑOL.CAP.III

CAPITULO III

LA INMACULADA CONCEPCION DURANTE EL REINADO DE FELIPE III

En los primeros años del siglo XVII, se asistió a una intensificación del esfuerzo de los eclesiásticos españoles para extender el culto a la Inmaculada Concepción. Detrás de este resurgimiento se encuentra la esperanza de elevar la doctrina a rango de dogma de la Iglesia. La estrategia se desarrolla en dos campos: por una parte, se organizan celebraciones con gran asistencia de público para despertar el entusiasmo público por la doctrina. Por otra, se intenta llamar la atención de rey de España para que negocie el asunto con el papado. Durante el reinado de Felipe III, el arte español ofrece muchos ejemplos de obras entendidas no sólo como instrumento para propagar el culto de la Inmaculada Concepción, sino también como reflejo de la intensa devoción personal de los primeros defensores de la causa.

Durante el siglo XVI, los monarcas españoles eludieron pronunciarse sobre la doctrina, si bien su apoyo ininterrumpido a las tesis de Ramon Llull parecía implicar la aprobación del culto. En 1526 Carlos V escribió una carta al Papa dando su apoyo al lulismo. Felipe II, quien siempre tuvo consigo los escritos de Llull (1), hizo lo propio en 1597. Puesto que la influencia española predominaba entonces en la iglesia, especialmente después del Saco de Roma, el nombre de Llull se mantuvo siempre lejos de la lista de herejes del Concilio de Trento así como del Index de herejes de 1595 (2). En 1611, Felipe III, siguiendo la tradición familiar, propone a Pablo V la canonización de Llull. Sin embargo, el rey de España perdió muy pronto los favores del papado y, en 1620, el Cardenal Bellarmine anuncia que Llull había sido marcado por la Santa Sede con el estigma de hereje. La sentencia, contraria a la opinión de la corte española, nunca se hizo pública y el culto a Llull como santo permaneció intacto (3). La defensa real de la doctrina lullista es una prueba significativa que refleja el sólido sentido de la tradición de los monarcas españoles quienes infaliblemente apoyaban las mismas causas de sus antecesores. Ello se hace especialmente patente en las doctrinas lullistas de la Inmaculada Concepción, pero, en sentido amplio, reflejaron el conjunto de las relaciones de la iglesia con el estado en España.

Los Reyes Católicos hicieron de la ortodoxia religiosa una de las bases para la unificación política de España. Los pensadores políticos españoles, a diferencia de Maquiavelo y de otros italianos, dejaron de ver en el rey un representante inmediato de Dios, para considerarle como un magistrado de poderes limitados al servicio de la justicia y religión. Puesto que el poder de la monarquía española se justificaba ampliamente por su papel tradicional en la preservación de la fe (4), la defensa de Felipe III de Llull no era solamente una expresión de una creencia personal, sino un acto tradicional de un monarca español. Del mismo modo, cuando los partidarios de la Inmaculada Concepción exhortan a Felipe III para que apele al papado para, que éste considere como dogma los escritos de Llull, se dirigieron al Romano Pontífice como defensor de la nación y religión española.

A Felipe III no se le permitió que eludiese la cuestión de la Inmaculada Concepción como hicieron su padre y abuelo. Felipe II delegó en los teólogos la defensa de la doctrina. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del cardenal español Pacheco y de su consejero franciscano Andrés de Vega, el jesuita Laínez y otros, el Concilio de Trento no definió la Inmaculada Concepción. En 1546, en su quinta sesión, el Concilio decretó simplemente que la Virgen no se encontraba necesariamente sometida al pecado original. Así, los dominicos, que no esperaban que sus opiniones prosperasen en el Concilio, para indignación de los maculistas, pudieron defender sus puntos de vista. En otra sesión, en 1567, el Concilio condenó la tesis 74 del reformador Baius que sostenía que sólo Cristo estaba libre del pecado original. Ello incrementó el entusiasmo de los alentadores de la doctrina de la Inmaculada Concepción al tiempo que el resentimiento de los opositores. La cuestión alcanzó tales proporciones que Pius trató de remediar la situación mediante la bula Super speculum de 1570 que, más tarde, apoyaron las decretales de sus predecesores (5). El subsiguiente silencio fue breve. La tranquilidad que rodeaba a la doctrina, alentada por Carlos V y Felipe II, se vio rota por varios importantes descubrimientos que se produjeron en Granada algunos años antes de la muerte de Felipe II.

Los descubrimientos en el Sacro Monte de Granada

En el año 1595, en una cueva que más tarde se llamaría el Sacromonte, dos trabajadores encontraron un rollo de plomo que describía el martirio de un discípulo de Santiago (Santiago el Mayor) en este lugar. Poco después de que se anunciase el hallazgo, se encontraron otros libros plúmbeos que recogían las muertes de otros discípulos de Santiago. A estos textos latinos siguieron otros importantes descubrimientos -una obra de S. Tesifón, otro discípulo de Santiago, que llevaba el título de Liber Fundamenti Ecclesiae, Salomonis characteribus scriptus. El resto del texto estaba en árabe, una lengua que en la época presumulmana de Santiago todavía no era conocido en España. Cuando el Liber Fundamenti fue traducido pudo comprobarse que mencionaba otros textos que fueron apareciendo uno a uno hasta el final de 1597 (6).

Cuando el Arzobispo de Granada, Pedro de Castro Vaca y Quiñones, hubo visto el primer rollo que le trajeron, ordenó otras excavaciones y, a pesar de las dudas de algunos estudiosos, defendió la autenticidad de los hallazgos hasta su muerte en 1623. El teólogo Benito Arias Montano, alegando discretamente estar demasiado enfermo para pensar sobre el asunto, no se pronunció. Sin embargo, Pedro de Valencia, discípulo suyo y profundo conocedor de lenguas clásicas, los declaró falsos. El obispo de Segorbe y Luis de Aliaga, confesor del rey, quienes observaron muchos anacronismos en los textos, hicieron lo mismo. No obstante, aun quedaban eclesiásticos españoles que creían en la autenticidad del texto y de las reliquias de los santos asociadas a él, incluso después de que la Santa Sede condenase estos hallazgos calificándolos de "falsificaciones que consiguen arruinar el catolicismo dando por buenos errores condenados por la iglesia así como trucos y toques de mahometismo y del Corán" (7).

Cabe entonces preguntarse porqué Pedro de Castro mantuvo tan firmemente su autenticidad: la explicación reside en que las tablas defendían la doctrina de la Inmaculada Concepción. Más tarde, como Arzobispo de Sevilla, se convirtió en un activo defensor de la Inmaculada Concepción. Los libros plúmbeos -que hoy se consideran de origen morisco- contenían una referencia a la Inmaculada Concepción, lo que confería gran antigüedad al culto eh España. Tal era el caso por ejemplo de una piedra que llevaba inscrita las palabras: "María estuvo preservada del pecado original" (8). Más tarde arraigó la creencia de que en este lugar la Virgen se apareció para ordenar la construcción de una iglesia en su honor donde todos los dominios se celebraría una misa especial en honor de su Inmaculada Concepción. La construcción del retablo principal del convento de San Jerónimo en Granada data de las mismas fechas que los descubrimientos del Sacromonte. Esculpido por Pablo de Rojas y otros entre 1570 y 1605, su imagen central es la Virgen de la Inmaculada Concepción, sobre la luna creciente acompañada por las figuras de medio cuerpo de Ana y Joaquín. Los descubrimientos del Sacromonte -como la imagen central de este importante retablo- no sugirieron tanto la más habitual Asunción como la representación de la Inmaculada Concepción.

La propaganda de Pedro de Castro en favor de las reliquias granadinas pareció excesiva a muchos. Pocos años después, los hallazgos comenzaron a divulgarse. Antonio Gaetano, nuncio papal en Madrid, escribió que los españoles exageraban sus prácticas religiosas y siempre estaban dispuestos a creer todo género de revelaciones y profecías. Reprochó directamente a Pedro de Castro, por entonces arzobispo de Sevilla, caer en tales exageraciones (10).

Es muy probable que el arzobispo emprendiese la defensa de las reliquias como medio de hacer propaganda de aquella posición tan castiza -y efectivamente antirromana- sobre la Inmaculada Concepción. Verdaderamente, el clamor que levantó el descubrimiento de un texto antiguo referente a la Pureza de la Virgen reabrió un debate que nunca estuvo zanjado y ello a pesar de una serie de bulas papales conciliadoras que se concibieron únicamente para evitar controversias en la iglesia y que comenzaron a hacerse públicas a partir de finales del siglo XV.

Así, una bula del papa inmaculista Sixto IV ordenó que la Fiesta de la Concepción se celebrase en todas las iglesias. La resistencia de los dominicos movió a Sixto a hacer pública otra bula en el año 1481 que excomulgaba a quienes sostuvieran que la fiesta se celebraba en honor de la Santificación de la Virgen. Esta bula refleja las tensiones existentes entre los dominicos y las órdenes proinmaculistas, pues condena a todos aquellos que, desde una u otra posición, denuncian a sus adversarios como herejes (11). En 1570, Pablo IV trata de cortar de raíz la renovada controversia prohibiendo discusiones públicas sobre la cuestión. Confirma una vez más la bula de Sixto IV señalando que el Concilio de Trento permite a todos los creyentes formarse su opinión sobre el tema. Pablo VI admitió el debate en universidades y cabildos, nunca en público. Toda afirmación pública, fuese a favor o en contra, se "prohibió ipso facto bajo pena suspensión y perpetua incapacidad" (12). Esto no satisfizo a los defensores de la doctrina quienes no se conformaban con nada que no fuese elevar la creencia a dogma de la iglesia.

La campaña por la definición

Sin embargo, al final del siglo XVI, la doctrina no era todavía lo suficientemente popular como para ser elevada a dogma y la prohibición de predicar públicamente sobre el tema frenó las perspectivas de popularización.

Aunque durante varios siglos se dieron a conocer autorizadas argumentaciones sobre el tema, el dogma no fue un producto exclusivo de los razonamientos de los teólogos. Y si la Inmaculada Concepción fue definida como dogma de la Iglesia en 1855, fue porque previamente se había convertido en una tradición de la Iglesia (13). Cuando la segunda sesión tuvo que discutir la definición de la Inmaculada Concepción en 1852 se debatió:

Quali siano i caratteri e quali gl'indizi per conoscere si una proposizione sia meritevole di venire sottoposta all'arbitrio autentico del Cattolico magistero, o con altre parole, se una proposizione sia definibile como di fede (14).

"Cuales son los caracteres y cuales los indicios para saber si una proposición merece ser sometida al arbitrio auténtico del magisterio católico, o con otras palabras, si una proposición es definible como de fe (14).

De estas "características y sinos" el quinto y último se enunció del modo más simple: "la practica della Chiesa" (15), esto es, una creencia practicada por la iglesia y sancionada por la costumbre puede por eso mismo convertirse en una prueba de dogma.

El Concilio de Trento afirmó que esa revelación se muestra en las creencias populares, que se hacen tradicionales, puesto que en ellas el fiel está guiado por el Espíritu Santo -un guía hacia la verdad mucho más autorizado que cualquier razonamiento teológico (16). La bula Munificentissimus Deus, que en 1950 definió la Asunción de la Virgen, cita el testimonio de varios teólogos de los siglos XVI y XVII que insisten en la amplitud y antigüedad de tal revelación. Según S. Pedro Canisio:

Quae sententio iam seculis aliquot obtinet, ac piorum infixa, totique Ecclesiae sic commendata est, ut qui mariae corpus in caelum negant assumptum, ne patientur quidem audiantur (17).

Porque la creencia se ha mantenido durante siglos y ha sido aprobada por todas las iglesias, nadie podría negar que María subió corporalmente a los cielos" (17).

Palabras que son recogidas por S. Francisco de Sales:

Nous qui sometes chrétiens, croyons, asserons et prechons qu'elle (Marie) et morte e bien tot resuscité, parce que la tradition le porte, parce que l'Eglise le temoigne (17).

"Nosotros, los cristianos, creemos, declaramos y predicamos que ella (María) murió y en seguida resucitó, porque la tradición lo ordena creerlo, porque la Iglesia así lo atestigua" (17).

Francisco Suárez, para apoyar la Inmaculada Concepción, habló más suavemente que los teólogos que sustentaban la Asunción. Afirmó que sólo cuando crezca el consensus de la iglesia sobre la doctrina de la Inmaculada Concepción aquélla podrá definirla:

Potest igitur hic Ecclessiae sensus (de Conceptione Immaculata) ita crescere, ut. tandem possit Ecelesia absolute et simpliciter rem definire (18).

"Por lo tanto deja crecer la inteligencia de la Iglesia (sobre la Inmaculada Concepción) hasta el punto que pueda definir el asunto de manera simple y absoluta".

No se muestra en cambio tan cauto cuando se trata de la doctrina de la Asunción: "Ita sentit universa Ecclesia" (19). La creencia en la Inmaculada Concepción todavía no es tan universal.

El arzobispo de Granada Pedro de Castro probablemente conoció los escritos sobre el tema dé su compañero Suárez. El notorio entusiasmo de Castro ante los libros plúmbeos se vio más tarde complementado por la febril agitación con que animó el culto a la Inmaculada cuando se convirtió en arzobispo de Sevilla. Castro y otros eclesiásticos estaban decididos a que todos los católicos creyesen en la Inmaculada Concepción como único medio para que la doctrina se convirtiese en dogma.

Sólo así podremos comprender mejor la proliferación de imágenes de la Inmaculada Concepción en pintura y escultura durante las primeras décadas del siglo XVII. No se trata tanto de una expresión del fervor popular de los españoles hacia la doctrina de la Inmaculada Concepción como de una propaganda a favor de esta creencia. Pablo IV sólo había prohibido la defensa de la Inmaculada Concepción en sermones y lecturas, mientras que permitió su propagación artística. La frecuente repetición, en los primeros años del siglo XVII, de la iconografía canónica de la Inmaculada Concepción es una tradición propagandística que, en sus formas seculares tardías, no es familiar. Muchas de estas pinturas eran expresiones muy atenuadas del fervor inmaculista. Algunas son obras maestras de grandes artistas. Pero todas demuestran que el clero español inmaculista, con la sola ayuda del rey de España, se esforzaba por que la doctrina alcanzase el rango de dogma. El movimiento y su oposición era lento y obstinado y estuvo marcado, sobre todo en manifestaciones públicas, por momentos de exaltación. Existe abundante documentación que prueba la tenacidad de los defensores españoles de la Inmaculada Concepción quienes, durante cerca de cincuenta años, lucharon en Roma por su causa. Nos referiremos a continuación a varios momentos de esta batalla.

Felipe III fue el primero en salir a la palestra. En 1606 la Virgen se apareció al franciscano Francisco de Santiago, confesor de la reina Margarita de Austria, anunciando que pronto se desarrollaría ampliamente la veneración popular de su Inmaculada Concepción. Como prueba de su aparición, le dio su anillo. A partir de entonces, Francisco de Santiago volcó todas sus energías para que se hiciese realidad la promesa de la Virgen de que la Inmaculada Concepción pronto recibiría la aprobación incondicional de la Iglesia. Comenzó el franciscano sus buenos oficios ante Felipe III, probablemente con la mediación de la reina, y consiguió del monarca la promesa de que le ayudaría con todo el peso de su autoridad para servir a la causa (20). De este modo, los avances de la doctrina profetizados en la visión se hicieron realidad.

En 1614, en Córdoba, un sacerdote sevillano llamado Pizaño, en respuesta a un sermón maculista del dominico Cristóbal de Torres, anunció que en la fiesta de la Concepción, pronunciaría un sermón en el que defendería la doctrina de la Inmaculada Concepción. El Santo Oficio denunció a Pizaño porque su afirmación transgredía las bulas de Sixto IV y Pío V. Sin embargo, Pizaño fue absuelto y volvió a Sevilla donde continuó predicando sobre la materia. En 1618, Luis de Aliaga confesor dominico de Felipe III pone al corriente al monarca del asunto mediante un breve en que calca a Pizaño de provocador (21). Durante los años siguientes varios conflictos similares se hicieron llegar a oídos del rey.

La publicación en Sevilla (1615) de un libro con argumentos contrarios a la doctrina enardece las disputas sobre los mandatos papales. En otras ciudades -Ciudad Real, Córdoba, Mallorca, Utrera, Osuna, Aracena, Ecija, Morón y Jerez de la Frontera- estallan conflictos similares (22). Pero fue en Sevilla cuyo nuevo arzobispo era Pedro de Castro, donde la controversia se planteó de un modo más descarnado: después de que un miembro de "cierta orden" pronunciase un sermón en 1613 en el que defendía una "opinión poco piadosa" sobre la concepción de la Virgen (su santificación después de la Concepción):

"El Arzobispo, tan devoto a este misterio (la Inmaculada Concepción) y su Deán y Cabildo decidieron de común acuerdo establecer la obligación fundamental de celebrar grandes manifestaciones públicas para reivindicar... la Reina concebida sin pecado original...(23)

Las autoridades religiosas de Sevilla auspiciaron fiestas y procesiones presididas por aclamaciones generales de "María concebida sin pecado original" y en las que se, cantaba una copla compuesta para la ocasión por el poeta Miguel Cid:

"Todo el mundo en general/ A voces Reyna escogida/ Diga que sois concebida/ Sin pecado original (24)

La oposición, satirizando las coplas populares a la Inmaculada Concepción, las volvía al revés:

"Santíssimos traperos y escrivanos/ Virtuosos lacayos y escuderos/ Sabios mulatos, doctos Zapateros/ Religiosos, corchetes y hortelanos/ Divinos pajes, sastres soberanos/ Azacanes, pastores, cirujanos/ Al arma, al arma gente vencedora/ De la iglesia columnas y maestros/ No hagais caso de ningún Santo/ Definid, blasfemad... aora/ y perseguid la Religion que tanto/ Ha perseguido los linajes vuestros/ Ea soldados diestros/ Que el pastor para danos passo franco/ Atado tiene el perro negro y blanco (25)

El "pastor" (aquí hay un juego entre pastor y oveja) es el Arzobispo de Sevilla quien -para el autor de las coplas- no debía haber tomado partido en la disputa. "El perro negro y blanco" se refiere al hábito de la orden dominica cuya oposición a la doctrina de la Inmaculada Concepción fue casi silenciada por la ruidosa campaña organizada para popularizar la idea. Sin embargo, la sátira de estos versos se perdió en medio de las celebraciones tumultuosas animadas por el arzobispo quien había adoptado como divisa personal las palabras: "María concebida sin pecado original" basándose en los hallazgos del Sacromonte -aunque en realidad eran muy anteriores a aquéllos-, palabras que se convirtieron en el lema de la procesión de Sevilla.

La comitiva comenzó en el sagrario de la Catedral y zizagueó por todas las calles de la ciudad. Fray Pedro de San Cecilio, quien presenció la procesión así como las fiestas relacionadas con la celebración y las octavas que tuvieron lugar en parroquias, conventos y capillas, nos relata que los mulatos celebraron una fiesta en honor de la Inmaculada Concepción, los negros dos y los Moros y Moras intentaron celebrar otra, pero no obtuvieron permiso (26). Es muy probable que las generosas indulgencias concedidas a los participantes estimularan la respuesta pública en los innumerables acontecimientos; por ejemplo, en 1617, el arzobispo concedió una indulgencia de cuarenta días a quienes oyesen misa durante la fiesta de la Inmaculada Concepción (27). El arzobispo autorizó otra procesión que se desarrolló en 16 de Abril de 1615 desde la iglesia de San Pablo hasta la de San Francisco en la que se tiene noticia de la participación de cuatro mil sevillanos que defendieron con energía la doctrina de la Inmaculada Concepción.

Hechos como éstos demuestran el crecimiento de la popularidad de la doctrina en España. Un tema que durante el siglo XVI no había traspasado los círculos eruditos de teólogos y nobles, ahora llamaba poderosamente la atención del pueblo. Los sermones sobre el tema de los primeros años del siglo XVII jugaron un importante papel en la propagación de la palabra (28). Procesiones como la de Sevilla en 1615 contribuyeron a popularizar el culto. Estas manifestaciones no fueron brotes espontáneos de intensos sentimientos, sino actos cuidadosamente planificados por las ordenes inmaculistas con el apoyo incondicional y estímulo del Arzobispo de Sevilla. La orden jesuita, defensora a ultranza de la Inmaculada Concepción en sus tratados, no participó sin embargo con sus esfuerzos para popularizar la doctrina; un breve papal dispensó a la Compañía de Jesús de asistir a los rezos públicos y procesiones (29). El apoyo popular a estos acontecimientos públicos, y, consiguientemente, a la misma doctrina, se debió ante todo a los franciscanos, tradicionalmente la orden más cercana al pueblo. Queda sin embargo por dilucidar hasta que punto el pueblo llano, como los soldados que nada saben del trasfondo racional de las batallas en las que participan, entró en la verdadera comprensión de las complejidades de la doctrina.

La Real Junta de la Inmaculada Concepción

La idea de crear una Real Junta de prelados y teólogos que se ocupara de estudiar todo lo relativo a la Inmaculada Concepción, nació en Sevilla durante los tumultuosos años de 1614 y 1615 (30). Ante las repetidas solicitudes hechas desde Sevilla y ante la insistencia de su tía Sor Margarita de la Cruz de las Descalzas Reales, Felipe III estableció el 2 de Junio de 1616 una Real Junta cuyas funciones serían lograr del papa que acallase a los calumniadores de la doctrina y que definiese la doctrina como dogma. La Junta envió a Roma como emisario especial al benedictino obispo de Cádiz Plácido Tosantos quien permaneció en la ciudad eterna durante tres años para abogar por el deseo de los españoles de que se definiese la Inmaculada Concepción (31). Como representante de la persona del rey, su posición era la de un emisario de la corte española. La causa inmaculista acababa de recibir el espaldarazo político de Felipe III.

Mientras tanto, el clero sevillano utilizó las entusiastas manifestaciones de piedad en la ciudad como justificación para organizar un voto municipal de creencia -que llevaba aparejado la defensa- en la doctrina de la Inmaculada Concepción. El voto anunciado, que contaba con el apoyo del arzobispo, levantó las iras del clérigo secular Gaspar Ram quien protestó vehemente contra aquella "práctica absurda". A su proclama criticando la publicación el voto siguieron amargas refutaciones por parte de los franciscanos (32).

Para hacer frente a estas querellas, Pablo V promulga el 6 de Agosto de 1616 el breve Regis Pacifici que confiaba fuese suficiente para reforzar los ya publicados por Sixto IV y Pío IV y para restablecer la concordia entre las dos facciones abiertamente enfrentadas dentro de la Iglesia. Aunque el mismo Pablo V simpatizaba con la causa inmaculista (33), no tenía el propósito de definir la Inmaculada Concepción porque reconsiderar alguna de las decisiones de Trento hubiera puesto en entredicho la autoridad de lo que allí se decidió tan recientemente (34). Pablo V no quiso contradecir la posición de Francia sobre la materia. Una carta del embajador español enviada en 1618 a Francia al representante de la Junta en Roma decía que era usual buscar el apoyo de la corte francesa o de la iglesia porque los católicos franceses no creen que el papa pueda definir la doctrina sin un concilio ecuménico (35). Durante el siglo XVI aunque la influencia de la corte española en Roma era enorme, el pujante florecimiento del poder de la monarquía francesa siempre sería un obstáculo para los emisarios españoles ante la Santa Sede.

El breve de Pablo vio la luz ante de que Tosantos, el primero de los emisarios especiales de Madrid, llegase a Roma. La bula no colmó las aspiraciones del rey ni de la Real Junta, pues no prohibía las predicaciones públicas contra la Inmaculada Concepción. Inmediatamente, en España, se hizo un esfuerzo para evitar la publicación de la encíclica de Pablo en la esperanza de poder obtener otra con afirmaciones más contundentes. Tanto la Real Junta como el mismo Felipe III apelaron a Antonio Gaetano, nuncio papal en Madrid, para que no se publicase la bula hasta que Tosantos hubiera tenido la oportunidad de dirigirse personalmente al Papa en nombre de España. El nuncio accedió a los deseos del rey, si bien mostró su irritación por los abusos a que habían dado la lugar la aplicación de las sucesivas bulas papales en España. Gaetano escribió a Felipe III culpando al clero inmaculista y a los dominicos por unas disputas que provocaban el desconcierto en la iglesia. Sobre todo culpó al Arzobispo de Sevilla por haber permitido las fiestas populares y procesiones y por haber otorgado la licencia a la publicación del libro del jesuita Juan de Piñeda sobre el dicto de Juan I de Aragón en favor de la Inmaculada Concepción contraviniendo una decretal de Pio V (36).

Mientras tanto, en las altas esferas españolas continuaba el apoyo a la Inmaculada Concepción. En 1615, el Archidiácono de Carmona Mateo Vázquez de Leca y el licenciado Bernardo de Toro de Sevilla van a Madrid con la finalidad de defender ante el Rey las actividades del Arzobispo y de la iglesia sevillana. En el mismo año, Bernardo de Toro se hace miembro de la Tercera orden franciscana siguiendo los consejos del jesuita Fernando de Mata, quien le había asegurado que, una vez en ella, podría defender mejor el privilegio de la Virgen. Toro compuso la música para los versos de Todo el mundo en general, el popular refrán de las procesiones inmaculistas sevillanas (37). Tanto Vázquez de Leca como Bernardo de Toro fueron infatigables defensores de la causa inmaculista durante los años 1613 y 1614. El tío de Vázquez de Leca había sido el secretario predilecto de Felipe II (38). Gracias a ello su sobrino tuvo trato de preferencia en la corte de Felipe III. En 1616, Vázquez de Lesa y Bernardo de Toro recibieron cartas reales de presentación en Roma, donde trabajaron para varios emisarios especiales de la Real Junta hasta la muerte de Fernando de Toro en Roma en 1643 (39). De la devoción de Fernando de Mata y Mateo Vázquez de Leca nos darían fe más tarde algunos cuadros.

Reflejos artisticos del fervor inmaculista

Fernando de Mata, quien influyó poderosamente en el ardor inmaculista del joven Bernardo de Toro, falleció en 1612. Fue enterrado en la capilla de la Inmaculada Concepción del convento de la Encarnación de Sevilla (40). La pintura de Juan Roelas La Virgen de la Inmaculada Concepción con Fernando de Mata (fig. 50) probablemente decoró su tumba, pues originariamente perteneció a este convento (41).

El tema de este cuadro -la Virgen de la Inmaculada Concepción con la figura del donante- se encuentra prefigurado en la composición semejante de Juan Pantoja de la Cruz del año 1603 (fig. 44). Podemos suponer fácilmente que este encargo se encomendó precisamente a Juan Pantoja por la fama que había adquirido como retratista. Y es muy probable que para el modelo no fuese esencial el que se le representase con el objeto de su devoción. De modo parecido, la pintura de Juan Roelas conmemora a Fernando de Mata mediante la inclusión del objeto que llenó las fatigas de su vida -procurar que la doctrina de la Inmaculada Concepción- se declarase dogma de la iglesia. Si el mismo Fernando de Mata, o un discípulo suyo como Bernardo Toro, encargó la pintura, no cabe duda de que el trabajo refleja fielmente la fama póstuma de Mata, que se basó exclusivamente en su actividad en favor de la causa inmaculista.

Estos cuadros son las primeras manifestaciones de una tradición específica de la pintura andaluza según la cual los devotos de la Virgen de la Inmaculada Concepción se incluyen en las pinturas sobre este motivo. Por ello quizá deban interpretarse ante todo como retratos y no como representaciones de la doctrina con retratos añadidos como elementos subsidiarios. Era tradicional que en estos cuadros se retratase al modelo con los símbolos de las labores de su vida -al sabio con sus libros, al pintor con su paleta, etc.-. Los sevillanos, cuyo intenso fervor religioso llegaba hasta el punto de hacer el centro de sus vidas de la dedicación a la causa de procurar que se declarase dogma de la iglesia la doctrina de la Inmaculada Concepción, no dudarían en incluir -es el caso de Fernando de Mata- la imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción en los retratos con los que pensaban perpetuar su imagen.

A menudo, las figuras que aparecen en las pinturas de la Inmaculada Concepción son donantes. Un contrato del año 1609 entre el pintor Francisco Martínez y el licenciado Andrés de Vega para un retablo encargado para la iglesia de San Benito el Real de Valladolid especifica:

...al un lado un san francisco y a otro santa agueda y por la parte de abaxo dos retratos a lo natural uno del dho andres de la vega y otro de agueda loez su madre ... (42).

Sin embargo, el retablo, una vez terminado, omitió la figura de Agueda López que, probablemente, debía haber sido un retrato póstumo, un recuerdo de su devoción a la Inmaculada Concepción. La dificultad de producir un retrato que perpetuase satisfactoriamente el recuerdo de su hijo debió ser la causa de dejar a su santa homónima en el lugar que le correspondía a ella misma.

Muchas veces la Virgen de la Inmaculada Concepción se encuentra acompañada por las figuras de devotos de épocas bastante anteriores. Tal es el caso de la Virgen de la Inmaculada Concepción con la Trinidad y los Santos de 1608-1610 (fig. 51) en el que San Juan Bautista y San Juan Evangelista están acompañados por los santos sevillanos Leandro y Hermenegildo. El gesto de la Virgen, como figura intermediaria, encomienda a estos dos santos primerizos a la Trinidad de la parte superior. Consiguientemente, la pintura refleja la especial devoción de la ciudad de Sevilla a la doctrina.

En 1616, Roelas pinta un lienzo que recuerda el entusiasmo que vivió la ciudad de Sevilla en 1615 (fig. 52). Cuando ese mismo año fue a la corte real, Roelas ofreció su trabajo a Felipe III. La pintura se encuentra hoy en Valladolid, donde, en 1615, Vázquez de Leca y Bernardo de Toro fueron los primeros que se presentaron ante Felipe III para pedirle que mediara ante el papa para que declarase dogma a la doctrina de la Inmaculada Concepción. La pintura dispone cielo y tierra para proclamar su verdad: incluye la procesión de Sevilla y la Virgen de la Inmaculada Concepción en los cielos rodeada por sus doctores-abogados y padres de la iglesia, santos y teólogos. A la izquierda, una larga leyenda recuerda el apoyo de la ciudad de Sevilla a la doctrina:

"En el año del Señor de 1615 a 29/ de Junio día del gran vivario de Cristo y príncipe de los apóstoles San Pedro, gobernando/ la silla apostólica Paulo V y reinando en España/ el muy católico y poderoso rey Felipe III/ de su nombre siendo arzobispo de Sevilla el Ilmo sr. Don Pedro de Sotomayor conde de Salva/tierra inspiró Dios Nuestro Señor corazones de todos los vecinos de Sevilla/ que acudieron a su iglesia mayor/ donde salieron cantando todo el mundo en generala vo/ces Reina escogida dicen que sois concebida sin peca/do original. Los frailes de San Francisco y Descalzos, los de / Nuestra Señora del Carmen y sus Descalzos, los de San Beni/to, los de San Basilio, los de la Santísima Trinidad y sus Descalzos, los padres de la Capacha y Terceros de San Francisco, más veinte/ mil seglares. Caballeros de Santiago, de Alcántara/ de Calatrava, duques, condes y marqueses, todos iban ala/bando la Inmaculada Concepción de la Virgen Nuestra Señora/ concebida sin mancha de pecado original todo el cle/ro con muchos colegiales de la Universidad de/ ella íbamos cantando con el mayor regocijo y devoción" (43).

"Ibamos cantando" indica que Roelas, clérigo y alumno de la universidad y testigo ocular de los acontecimientos, iba en la procesión. La pintura recoge el hecho, apela al apoyo real y refleja el compromiso personal del artista.

Las leyendas completan la pintura; por ejemplo, la madre y el niño dé la esquina inferior izquierda -ha dejado de amamantarlo para rezar a la Virgen- están encabezados por un cartel con un verso que insiste sobre la perduración en el tiempo de la creencia en la doctrina. El conjunto iconográfico y verbal del cuadro constituye un erudito resumen de la historia de la doctrina de la Inmaculada Concepción hasta el año 1616 y está destinado a Felipe III quien, .un tanto a regañadientes, se vio comprometido en el esfuerzo por lograr la definición dogmática de la doctrina y que por entonces se encontraba completamente al margen del movimiento (44).

En una pintura de Francisco Pacheco fechada en el año 1621 (fig. 53) aparece la figura de Mateo Vázquez de Lesa con la Virgen de la Inmaculada Concepción. En comparación con ésta obra, la Inmaculada Concepción de Juan Roelas con Fernando de Mata (fig. 50) es esencialmente un producto de finales del siglo XVI; no hay más que comparar su composición con los grabados del mismo periodo (i. e., fig. 41) para darse cuenta de que la obra es un híbrido de retrato naturalista y grabado devoto. Por otra parte, la pintura de Pacheco no establece separación entre las figuras celestes y las reales. La obra ilustra perfectamente su conocida norma, publicada en 1649 y que es poco más que una transcripción verbal del tipo gráfico que más tarde se desarrollaría durante el siglo XVII (45), para llevar a término la correcta ejecución iconográfica de la Inmaculada Concepción. En una pintura que estilistica e iconográficamente no se encuentra lejana de la Inmaculada Concepción con Vázquez de Leca, Pacheco celebra la contribución de Miguel Cid a la causa (fig. 54). Miguel Cid era el autor del cuarteto que se hizo tan popular en Sevilla durante las celebraciones en honor de la Inmaculada Concepción. Vázquez de Leca financió en enero de 1615 la primera impresión del poema al que más tarde Bernardo de Toro puso música (46). En ninguna de estas pinturas de Pacheco encontramos el retrato hecho del natural. El retrato de Miguel Cid es póstumo, pues murió en 1612 y Vázquez de Leca no pudo buscar sustituto que posara para este "retrato", pues, el 1621, fecha aceptada de la pintura, se encontraba en Roma. Ambos pintores se propusieron celebrar el papel desempeñado por los sevillanos en el esfuerzo por elevar la doctrina a dogma.

El único cuadro de Velázquez de la Virgen de la Inmaculada Concepción (fig. 55) es un pendant del San Juan escribiendo el Apocalipsis. Estas pinturas, ejecutadas sobre 1619, se encontraban en un principio en la Sala Capitular del convento de los carmelitas calzados de Sevilla. Indudablemente, la Inmaculada de Velázquez sirvió como modelo para las versiones de Pacheco. La postura de la Virgen de las Inmaculadas de Pacheco de 1621 (figs. 53 y 54) es muy similar a la figura de Velázquez, como también lo son la postura y disposición de los ropajes en otra versión de Pacheco del año 1630. La ejecución un tanto seca del último sugiere que Pacheco no siguió la pintura de Velázquez, sino algún modelo habitual, probablemente un grabado de finales del siglo XVI o de comienzos del XVII (48). Aunque la interpretación de la iconografía.de la Inmaculada Concepción por parte de Pacheco ha asociado su nombre con la causa, no aportó nada original al tema, sino que se limitó a adoptar como modelo para su imagen un tipo preexistente. Sin embargo, sus pinturas, aunque no son innovadoras, constituyen documentos interesantes del fervor inmaculista en Sevilla durante la segunda década del siglo XVII, pues incluyen el retrato de varias de las figuras más importantes del momento.

Roelas, Velázquez y Pacheco no fueron los únicos pintores que crearon Vírgenes de la Inmaculada Concepción en Sevilla durante el reinado de Felipe III. Debe también mencionarse a Francisco de Herrera así como a otras muchas representaciones todavía sin atribución. De cualquier modo, las pinturas de la Inmaculada Concepción realizadas a comienzos del siglo XVII no provienen exclusivamente de Sevilla. El Greco no era el único pintor que trabajaba en Toledo; Eugenio Cajés pintó una Virgen de la Inmaculada Concepción en el sagrario de la catedral de Toledo. En Granada, Juan Sánchez Cotán pintó una serie de repetitivas Inmaculadas para las celdas de la Cartuja sobre 1617-1618.

Los escultores del momento continuaron representando el tipo de imagen de la Virgen que ha existido durante cerca de un siglo: es el caso de "Nuestra Señora" sobre la luna creciente, una escultura del siglo XV de Felipe de Vigarny (fig. 56). A comienzos del siglo XVII, esta misma imagen pasó a representar la Virgen de la Inmaculada Concepción. Se trata de la misma Virgen que se ve en los grabados y pinturas de la época sin los símbolos de las letanías. Un excelente ejemplo del momento es una talla de la Virgen de Juan Martínez Montañés del año 1608 (fig. 57); el estilo y significado son nuevos, pero el tipo no difiere en nada de la obra hispano-flamenca de Vigarny.

Una segunda y tercera Reales Juntas

El año 1617 Tosantos escribió en Roma al papa comunicándole los deseos de Felipe III en relación a la doctrina:

"Su Magestad, attentos los grandes escándalos que en España han succedido y se temen mayores por la diversidad de opiniones que se publican sobre la Inmaculada Concepción De Nuestra Señora y por las grandes y muy efficaces razones de cada día se augmentan con mayor claridad de la que se ha tenido en los siglos passados sobre esta materia, supplica a V. Santidad se sirva de declarar sobre este artículo con authoridad apostólica en favor de la más pía oppinion; y si por alguna razón que su Magestad no penetra diffiriesse V. Santidad esta resolución, por evitar mayores escándalos supplican a V. Santidad se sirva de ordenar con grandes censuras que sin condenar no reprouar las opiniones menos pías, este se calle en los púlpitos y en las escuelas, y las más pías se predique y enseñe al pueblo con mucha modestia y sin nombrar ni tratar de modo alguno de la otra, pues desto a la iglesia de Dios ni a la Religion de Santo Domingo resulta inconveniente alguno" (49)

Mientras Tosantos presionaba en Roma sobre el caso español, el infatigable arzobispo de Sevilla continuó llamando la atención de la Real Junta sobre las obras apócrifas, revelaciones y profecías relacionadas con los hallazgos del Sacromonte. Estaba seguro que estas pruebas convencerían al papa para definir el dogma. La valoración de la situación que hizo la Junta era menos segura. Uno de sus miembros, el Arzobispo de Santiago, creyó que el reciente fracaso del Concilio del Trento para definir la materia hacia más difícil el pronunciamiento del papa y pensaba que la Junta se decidiría por el segundo de los deseos reales que prohibía cualquier crítica pública a la doctrina (50). El rey vio cumplido su segundo deseo el 12 de Agosto de 1617 cuando Pablo V promulgó una nueva decretal, la Sanctissimus Dominus Noster, que prohibía terminantemente cualquier defensa pública de la doctrina de la Santificación (la "opinión menos pía") (51).

La buena nueva de la decretal llegó a Sevilla el 22 de Octubre. Los franciscanos organizaron una procesión "espontánea" que arrancó del convento dominico. Los frailes encendieron de inmediato sus velas como signo de regocijo compartido y el provincial de los dominicos pronunció un sermón ad libitum en favor de la Inmaculada Concepción (52). Aquel diciembre, la fiesta de la Concepción se celebró con especial suntuosidad. La atmósfera carnavalesca sevillana que siguió a la publicación de la bula de Pablo queda reflejada en una Relación de 1617. Había:

"...muchos y variados signos de alegría por la nueva decretal del Santo Pablo V Sumo (sic) Pontifice en favor de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, así como fuegos artificiales y máscaras abundantes; dispendios y esplendor, y un torneo que tanto gustó a todo el mundo que se repitió, y hubo una corrida de toros y las habituales justas" (53).

En Granada, durante la respuesta pública a la decretal, varios monjes dominicos fueron insultados. En Madrid, Felipe quiso celebrar el acontecimiento con una procesión, pero el nuncio papal le llamó al orden recordándole que el papa había ordenado que se evitase el regocijo público (54). No obstante, en el convento de las Descalzas Reales tuvo lugar una celebración (55).

La lucha había terminado en compromiso y por ello continuó. Sor Margarita de la Cruz se quejó al secretario de la Junta de que "...lo que viene de Roma no es suficiente" (56). En Noviembre de 1617, el nuncio papal escribió a Roma:

"Aquí la situación ha cambiado. Los Franciscanos, que en un principio celebraron la victoria, cuando ahora han examinado la decretal más detenida y atentamente, se han dado cuenta de que realmente es provisional y no ofrece nada nuevo en relación a la doctrina. Por ello, no están satisfechos y junto con los otros soldados de la causa, que aquí son numerosos, asedian al rey para presionarle no tanto para la declaración del dogma, como para que añada algo en similar sentido, y ellos quieren de él que no deje de mandar a otra persona que se ocupe del asunto. Los dominicos, por el contrario, al ver lo escasmente satisfechos que se encontraban los primeros, han empezado a apoyarla" (57)

Cuando el papa se enteró de que una nueva legación iba a venir desde España escribió a Felipe diciéndole firmemente que no quería hacer nada más de lo que ya había hecho (58). Mientras tanto, Felipe, presionado, designó una segunda Real Junta para diciembre de 1617. Estaba formada por cinco prelados y cinco teólogos ?un jesuita, un carmelita, un benedictino, un dominico (Luis de Aliaga, confesor de Felipe) y un clérigo secular (59). En enero, la Junta envió un memorandum al Rey sugiriéndole que enviase un embajadora Roma para que abogase por una definición del dogma o por que se impusiese perpetuo silencio a la oposición. Los dominicos de la Junta, Aliaga y Francisco de Jesús, mantuvieron por escrito opiniones contrapuestas (60). Los miembros dominicos de la Junta estaban demasiado presionados como para cambiar de postura. Aunque la mayoría de los dominicos eran maculistas, unos pocos eran inmaculistas (61). Al menos así les gustaba a los inmaculistas creerlo. Prueba de ello es el tratado Defensa dominicana por la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora del franciscano descalzo Mateo de la Natividad y que estaba dedicado al Rey. Felipe convocó a la orden dominica en el convento de Atocha de Madrid donde su representante el Duque de Lerma presentó una carta del rey en la que se invitaba a los reunidos a que pidiesen al papa que ordenase a los dominicos españoles que celebrasen la fiesta de la Inmaculada Concepción y que predicasen en defensa de la doctrina (62). Muchos, entre ellos Aliaga, accedieron a la petición real y firmaron la carta al papa. La corte consideró esta adhesión como un signo de que la nueva legación triunfaría en Roma. Mientras tanto, quienes se negaron a firmar la petición al papa, el general de la orden dominica a la cabeza, enviaron una misiva al papa diciéndole que, aunque se mantenían firmes en la opinión dominicana sobre la materia, deseaban vigilar la. observancia dominica de las decretales pontificias promulgadas hasta el momento (63).

A pesar de la decisión de la Real Junta y del deseo explícito del rey de enviar otra legación a Roma, Felipe III no quiso precipitar la resolución. Aunque por entonces abrazaba decididamente la causa, su voluntad no era de hierro y había visto las cartas de Pablo V al nuncio Gaetano y otros dignatarios cortesanos según las cuales no hacía falta otra legación. Además, su emisario predilecto -Sosa, obispo de Osma- murió antes de que se iniciasen los preparativos para la legación (64). Sin embargo, sus consejeros -entre ellos su tía la Infanta Margarita, volvieron enseguida a presionar sobre él.

En abril de 1618 se convocó una tercera Real Junta. Esta vez constaba de siete miembros y adoptó las siguientes decisiones: 1) Que el rey enviaría un embajador extraordinario a Roma para abogar por la definición dogmática; 2) que el rey no convocaría otra junta sobre la materia durante veinticinco años; 3) que cuando finalmente se convocase una junta ninguno de sus miembros sería un oponente a la doctrina (i. e. exclusión de los dominicos). La segunda decisión muestra que incluso aquellos miembros de la Junta que deseaban que la doctrina se elevase a dogma pensaban que la cuestión todavía no estaba madura. La tercera decisión muestra la falta de unanimidad entre los miembros de la Junta: de siete tres eran contrarios a que se enviase un embajador a Roma (65).

Con todo, Felipe nombro nuevo emisario a Antonio de Trejo, quien había sido confirmado como vicario general de la orden franciscana en 1613 (66). Puesto que los que apoyaban al emisario franciscano también deseaban que fuese a Roma la persona de rango apropiado, previamente se nombró a Trejo, obispo de Cartagena. Su consagración episcopal tuvo lugar el 16 de septiembre de 1618 en la iglesia de las Descalzas Reales de Madrid en presencia de la corte (67).

Una vez elevado, Trejo marchó a Roma con misivas reales para el papa y los cardenales Borja y Barberini (él ya era un amigo íntimo del cardenal Borghese, sobrino del papa). Como apoyo documental a su misión, pidió al rey cartas de las universidades, iglesias y prelados así como copias de toda la correspondencia que la Real Junta había recibido en apoyo de los objetivos de la legación. También pidió al rey que escribiese cartas a la Santa Sede pidiendo la definición a todos los embajadores en el extranjero (68). Entre los documentos así reunidos por Trejo, se encontraban las defensas de la Inmaculada Concepción hechas por los dominicos, entre ellos los confesores del rey y del príncipe coronado. Felipe también propuso que Lorenzo Gutiérrez, un dominico defensor de la Inmaculada Concepción, fuese a Roma. Sin embargo, el general de la orden no le dio el permiso (69). Además de sus documentos, Trejo tenía como testigo viviente al franciscano irlandés Luke Wadding, quien se ocuparía de tomar nota de la misión y de dar consejo teológico (70).

En su primera audiencia con Pablo V el 9 de Diciembre de 1618, Trejo presentó sus credenciales de Felipe (71) y todos sus documentos. El papa, cortés pero innamovi ble (72), le concedió dos audiencias más los meses de Enero y Febrero del año siguiente, pero ninguna resolución. Dada la aparente ineficacia de Trejo, Felipe decidió enviar al Duque de Alburquerque, virrey de Cataluña para que le ayudase (73). Cuando Felipe requirió de nuevo la opinión de la Real Junta recibió una sincera opinión de Juan Márquez:

"Primero, que conviene y es necessario que el Rey no insista en pedir la, definición, porque la materia no está madura para ello, ni se puede esperar que se saldrá con ella ni es bien que se entienda que se espera, desistiendo su Magestad de pedirla, porque esta esperanza es la que fomenta las disensiones del Reyno sobre este punto, que son ya dignas de remedio... (74).

Plácido Tosantos, que había sido el primer emisario especial enviado a Roma, escribió en su dictamen que el papa no definiría la Inmaculada Concepción porque no estaba dispuesto a alterar ninguna de las decisiones del Concilio de Trento (75)Habiéndole aconsejado que tuviese presente el consejo de la Real Junta, el Duque de Alburquerque llegó a Roma en mes de noviembre con una carta del rey dirigida a Trejo ordenándole que volviese a Cartagena (76). La resistencia de Trejo a dejar Roma se vio alimentada por la lentitud del correo de Felipe, quien entonces se encontraba en Roma. Alburquerque no pudo sustituirlo hasta que, finalmente, Trejo abandonó Roma el mayo de 1620 (77). Los primeros meses de la misión de Alburquerque estuvieron presididos por un curioso imbroglio.

En Enero de 1619, el sevillano Enrique Gómez y Cárdenas escribió una breve a Felipe III en la que decía que la imagen de la Inmaculada Concepción debería colocarse en la moneda española con las armas reales sobre el reverso. como es habitual, apelaba a la tradición sosteniendo que los motivos que interesaban especialmente a los antepasados de Felipe se reflejaron en la acuñación de sus monedas, y señalaba el precedente de una medalla acuñada durante el pontificado de Clemente VIII y qué mostraba una imagen de la Virgen como amicta sole con la inscripción Tota fermosa. Guzmán recomendó que se las sustituyera por las palabras sine originali. Su carta se publicó ese año con un frontispicio decorado con una xilografía de la Virgen rodeada por los símbolos de la Inmaculada Concepción y en la parte superior por la figura de Dios Padre (78).

Cuando la idea de Guzmán fue rechazada, la recogió, con ligeros cambios, Bernardo de Toro en Roma: debería acuñarse una medalla con la imagen del Santo Sacramento en un lado y la Inmaculada Concepción en el otro. Toro consultó a Trejo quien apoyó el proyecto. En octubre de 1619, las monedas ya circulaban por Roma y también se enviaron a España. Por un lado se inscribió un cáliz con la hostia encima con las palabras "Alabado sea el Smo. Sacramento"; sobre el reverso, una imagen de la Inmaculada Concepción con la inscripción "Concebida sin pecado original" (79). Consciente de la implicación, el papa no quiso conceder indulgencias a las medallas porque la presencia concomitante del símbolo de la Eucaristía sobre una cara implicaba la análoga aceptación de la imagen de la Inmaculada Concepción del reverso, i. e., la definición de la doctrina (80). A mediados de Noviembre, miles de medallas fueron confiscadas de las tiendas romanas. El papa, temeroso de que el conocimiento del episodio ofendiera a Felipe, escribió una carta a su nuncio en Madrid explicando que las medallas de Clemente VIII tenían inscrita solamente la frase tota fermosa, lo que no se prestaba a que se malinterpretaran. Si los españoles limitaran la inscripción a la Conceptio Beatissimae Virginis concedería las solicitudes (81). A instancias de Duque de Alburquerque, Luke Wadding terció en la disputa mediante el envío de una breve al Cardenal Scipione Cabelluzio, gran amigo de los españoles de Roma, a quien se encomendó la tarea de negociar la materia (82).

En pocas palabras, Wadding sostuvo que la inscripción "Concebida sin pecado orriginal" de las medallas confiscadas podía justificarse por todo lo que previamente el papado había permitido ampliamente en arte. Durante años -dijo- la iglesia ha permitido pinturas y grabados de la imagen de la Virgen con los símbolos de su Inmaculada Concepción. Por lo tanto, no puede prohibir que se añadan estas palabras que solamente expresan verbalmente los que las imágenes visuales han comunicado de otro modo. No cabe duda -alega- de que las imágenes gráficas no son menos importantes que la palabra escrita, pues, cuando los fieles contemplan los emblemas y símbolos de la Inmaculada Virgen, entran en el conocimiento y se introducen en la devota admiración del misterio de la Concepción (83). La argumentación de Wadding refleja la confianza de la iglesia en el arte como medio de instrucción y la convicción de que el tipo iconográfico de la Inmaculada Concepción que se desarrolla a finales del siglo XVI era un medio seguro de extender la devoción a este culto. Para hacer más convincente su argumento, Wadding señala que el rey de España está cada vez más impaciente:

Aegre etiam, et moleste feret Hispaniarum Monarcha tantam fieri contradictionem piae, et iustae causae, quam ille pro sus pietate, et devotione in hoc mysterium, sollicitius tractat (84).

Molesta y apena al rey de España que haya tanta oposición a su piadosa y justa causa por la que tanto se ha preocupado a causa de su piedad y devoción al misterio (84)

Mientras tanto, en España la diligencia de los franciscanos contribuye a popularizar la doctrina. En 1620, Juan de Venido, General de los franciscanos en España, ordena a sus subordinados que siempre que les fuese posible establecieran cofradías dedicadas a la Inmaculada Concepción. Solamente en la provincia de Burgos, miembros de un centenar de estas cofradías hicieron voto de defender la doctrina. En el cabildo general de los franciscanos celebrado en Sevilla el año 1621, los asistentes prometieron dar sus vidas, si fuese necesario, en defensa de la Inmaculada Concepción. El General de la orden animó a los presentes a que extendiesen este voto entre los fieles. El juramento que se tomó en aquella ocasión incluye un compromiso de instruir al pueblo sobre la doctrina (quedó así reconocido que la creencia en la Inmaculada Concepción no era todavía lo suficientemente universal como para alcanzar el rango de dogma):

"Et curabimus, quantum in nobis fuerit, quod haec sancta devotio populo doceatur christiano, et ita promittimus et juramus per Deum" (87).

"Y procuraremos en todo aquello que esté a nuestro alcance que esta santa devoción popular se enseñará al pueblo cristiano. Así lo prometemos y juramos por Dios" (87).

La controversia sobre las medallas confiscadas continuó en Roma hasta junio cuando Alburquerque recibió una carta del rey en la que le mandaba que renunciase a esta solución secundaria y volviese a la finalidad real de la legación. El 9 de febrero de 1621, Gregorio XV sucedió a Pablo V en el solio pontificio. A finales de marzo, Alburquerque y el teólogo José Vázquez fueron recibidos en audiencia por el nuevo papa quien alabó el celo devoción de Felipe y le prometió estudiar la materia de la Inmaculada Concepción (88). El celoso y devoto Felipe III murió en 21 de marzo sin que su Real Junta emisarios especiales y masiva correspondencia hubiesen fructificado en ninguna afirmación del papa favorable a la doctrina de la Inmaculada Concepción. El monarca español murió vistiendo el hábito franciscano. Los cronistas relatan que, al expirar, su única pena era haber fracasado en su propósito de obtener la glorificación de María (89).

NOTAS:

(1) Algunos de ellos con sus notas se hallan en el Escorial. Ver Lea, p. 587.

(2) Ibid.

(3) Ibid., p. 588.

(4) Ver Fernando de los Ríos Urriti, Religión y estado en España del siglo XVI (New York, 1927), pp. 42?63.

(5) Ver Pierre Pauwels, I Francescani e la Immacolata Concezione, trad. por Agostino Molini (Rome, 1904), p.189.

(6) Los acontecimientos que rodearon estos descubrimientos son tratados por Juan de Dios de la Rada y Delgado, Crónica de la provincia de Granada (Madrid, 1869). 168; Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, vol. 2 (Madrid, 1880), 642?644; y Vicente de la Fuente, Historia Eclesiástica de España, vol. (Madrid, 1874), pp. 402?407. El ultimo incluye una larga cita textual citada de Relación breve... sobre los hallazgos de reliquias que se publicó en Granada en 1608. Ver también J. Ramón López, El Sacromonte de Granada (Madrid, 1883).

(7) Citado por de la Fuente.

(8) Ver Francisco Peramos, "Prodigiosa historia del Sacro Monte", Temas españoles, n° 117 (1954), P.15.

(9) Ibid., p. 16.

(10) José M. Poti y Martí, "Embajadas de Felipe III a Roma pidiendo la definición de la Inmaculada Concepción de María", AlA 34 (1931), p. 381.

(11) Ver Lea, p. 601.

(12) Ibid., p. 600.

(13) Ver Fidel García Martínez, "El sentir de la iglesia en la definición de los dos dogmas marianos: Concepción Inmaculada y Asunción corpórea a los cielos. Enseñanzas y orientaciones", MC 22 (1954), p. 6.

(14) Citado por H. Lennertz, "Duae quaestiones de Bulla Ineffabilis Deus" Gregorianum 24 (1954), p. 361.

(15) Ibid., p. 363.

(16) Ver (R.P.) Barré, "De Pie IX a Pie XII: L'enseignement des papes sur I'Immaculée Conception", 7th Congrés Marial National, Lyon, 1954, L'Immaculée Conception: compte rendu in extenso (Lyon, 1954), pp. 103?106, y en el mismo volumen, Marie?Joseph Nicolas, "L'Immaculée Conception dans la tradition vivante de l'Eglise", pp. 131?145.

(17) Ambos citados por García Martínez, p. 9. (Originalmente en Canisio,Dei verbi Dei corruptelis II, V, 5.). VI).

(18) Ibíd. (Originalmente en Suárez, In III part. D. Thomae, quaest. XXVII, art. II, disp. III, sect.

(19) Ibid. (En Suárez, In III part. D. Thomae, quaest. XXXVIII, art. IV, disp. XXI, sect. II).

(20) Pauwels, p. 191.

(21) Ver Pou y Marti, 34 (1931), p. 373.

(22) Ibid., pp. 375-376.

(23) Diego de Ortiz y Zúñiga, Anales eclesiásticos y seculares de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, Metrópoli de la Andalucía,que contienen sus principales memorias desde el año de 1246, en que emprendió conquistarla del poder de los Moros el gloriosísimo Rey S. Fernando III de Castilla y León, hasta el 1671en que la Católica Iglesia le concedió el culto y título de Bienaventurado, vol. 4 (Madrid, 1795-1796, 1677), pp. 234-235.

(24) Ibid., p.235.

(25) Citado por Pou y Martí, 34 (1931), p. 378.

(26) La descripción de los acontecimientos hecha por Pedro San Cecilio es citada por Ortiz de Zúñiga, pp. 237?238.

(27) Ibid., p. 263.

(28) Ver Alejandro Recio, "La Inmaculada en la predicación franciscano-española, AIA, época 2, vol. 15 (1955), p. 120.

(29) Ver Antonio Astram, Historia de la Compañia de Jesús en la asistencia de España vol. 1 (Madrid, 1912), p. 186.

(30) Juan Meseguer Fernández, "La Real Junta de la Inmaculada Concepción", AIA, época 2, vol. 15 (1955), P. 9.

(31) Pou y Martí, 34 (1931), p. 379.

(32) Pauwels, pp. 191-192.

(33) El mismo año concedió diez días de indulgencias para una antífona de la Inmaculada Concepción impresa toda ella por Ortiz de Zúñiga, pp. 252-253. Pablo V fue el primero en poseer (1614); una estatua de bronce de la Virgen de la Inmaculada Concepción ejecutada por el escultor francés Berthelot. La colocó sobre una columna constantina (erigida por Carlo Mademo) en la piazza de Sta. María Maggiore en Roma. Ver Upicier, p. 83. En la escultura encargada por Pablo V, la Virgen sostiene al niño Jesús que, por su parte, lleva una larga cruz que traspasa a la serpiente que está bajo ellos. Aunque este tipo de Inmaculada Concepción fue propagada por los franciscanos y jesuitas, no prolifera mucho en España. Ver León Germain de Maidy, "La Vierge et le Serpen" Revue de l'art chrétien 51 (1901), p. 504.

(34) Pou y Martí, 34 (1931), p. 379.

(35) Ibid., 35 (1932), p. 488.

(36) Ibid., 34 (1931), p. 381.

(37) Fernández Díaz de Valderrama (Fermín Arana de Varflora), Hijos de Sevilla illustres en santidad letras, armas, artes o dignidad (Sevilla, 1791), pp. 69?70.

(38) Ver Antonio Domínguez Ortiz, The Golden Age of Spain: 1516-1659, traducción James Casey (Nueva York, 1971), p. 20.

(39) Pou y Martí, 34 (1931), p. 387.

(40) Díaz de Valderrama, pp. 18-19.

(41) Enrique Valdivieso González, Juan de Roelas (Sevilla, 1978), p.162.

(42) Esteban García Chico, Documentos para el estudio del arte en Castilla (Valladolid, 1946), vol. 3, p. 314. C

(43) La transcripción completa la publicó en España Valdivieso, Juan de Roelas, pp. 56?57.

(44) Está documentado que la pintura data de 1618 cuando era uno de los tres cuadros realizados para Felipe III que Roelas recamó porque le faltaba dinero. Debió volver de nuevo a la corte, pues está registrada como una donación real al convento de San Benito de Valladolid desde donde pasó al museo de la ciudad. Una pintura de composición semejante a la de Roelas y que está completamente llena de pinturas es el Triunfo de la Inmaculada Concepción hoy en la capilla de la Virgen del Pilar en la iglesia española de Sta. María di Monserrato en Roma. Esta obra fue citada hace ya bastante tiempo por Emile Mále, L'Art religieux aprés le concile de Trente (Paris, 1932), p 42 como un "curieux tableau anonyme". De hecho, la pintura la realizó en 1633 un pintor flamenco llamado "Luigí Primo Gentile" por los romanos El lienzo se encontraba originalmente en la iglesia de San Giacomo degli Spagnuoli de Roma. La pagó el obispo de Jaén, Cardenal Baltasar de Moscoso y Sandoval con la mediación de Bernardo de Toro quien impuso la iconografía de la obra al pintor. Ver J. Fernández, S. Maria di Monserrato (Roma, 1968).

En el inventario de 1637 de la sacristía de la iglesia de "Santiago y San Idelfonso de la Nación Española" (pp. 168-169v) se describe a la pintura como:

Otro quadro demas de cana y dos palmos de alto y de una de ancho que tiene a la Concepcion de nra. senora sobra (sic) una palma con pontifices y cardenales y todos las religiones alrededor de la palma y debajo el Infierno con su corrija (cornija?) dorada. Codio el Dor. Bernardo de Toro paraq. se pusiese en un altar de la ygla el dia delta Concep.on de nra Senora. (Archivos de la Fundación de Santiago y S. Ildefonso y de S. María de Montserrat, p.I-1335).

En el mismo archivo se encuentra una copia manuscrita de Dotación de la festividad de la concepción hecha por el Dor. Bernardo de Toro Sevillano fechada el 16 de Diciembre de 1630. Las instrucciones incluyen el colgamiento de tres pequeñas pinturas de la "concepción" sobre los tres portales de la iglesia el día de la fiesta.

(45) Para el texto del ensayo de Pacheco sobre la iconografía de la Inmaculada Concepción, ver la edición de su Arte de la Pintura realizada por F. J. Sánchez Cantón (Madrid, 1956), vol. 1 pp. 212?219.

(46) Ver Jonathan Brown, Painting in Seville from Pacheco to Murillo: A Study of Artistic Tradition (Ph. . diss., Princeton University, 1964), p. 11.

(47) Su biografía es resumida brevemente por Díaz de Valderrama, pp. 25?28.

(48) Ver Diego Angulo Iñiguez, "Velázquez y Pacheco", AEA 23 (1950), p. 355.

(49) La carta fue publicada por Pou y Martí, 34 (1931), p. 391.

(50) Ibid., p. 497.

(51) Ibid., p. 405.

(52) Ibid., p. 409.

(53) Ortiz de Zúñiga, vol. 4,pp 269 ff., reproduce enteramente la Relación de las fiestas de toros y juego, de cañas con libreas, que en la ciudad de Sevilla hizo don Melchor del Alcázar en servicio de la purísima Concepción de nuestra Señora, Martes 19 de Diciembre de 1617.

(54) Pou y Martí, p. 409.

(55) Ibid., p. 410.

(56) Citado por Meseguer Fernández, p. 21.

(57) Ibid., pp. 20-21.

(58) Pou y Martí, p. 410.

(59) Meseguer Fernández, p. 24.

(60) Ibid., p. 25.

(61) Pou y Martí, 34 (1931), p. 531.

(62) Ibid., p. 531.

(63) Ibid., pp. 532-534.

(64) Ibid., 35 (1932), p. 424.

(65) Meseguer Fernández, pp. 26-30.

(66) Pou y Martí, 35 (1932), pp. 74-88.

(67) Ibid., p. 88.

(68) Ibid., p. 426.

(69) Ibid., p. 434.

(70) Wadding's Legatio Philippi et III et IV Catholicorum regum hispaniarum ad SS. DD. NN. Paulum PP. V. et Gregorium XV. De definienda controversia Conceptionís B. Virginis Mariae se publicó en Lovaina en 1624. Su material narrativo complementario se encontró en muchos archivos. Para aquellos ver Meseguer Fernández, p. 3.

(71) Cita completa en Pou y Martí, 35 (1932), p.429.

(72) Ibid., p. 482.

(73) Ibid., p. 499.

(74) Ibid., p. 508.

(75) Ibid., p. 509.

(76) Ibid., p. 519.

(77) Ibid., 36 (1933), p. 12.



(78) Enrique de Guzmán Cárdenas, Memorial que dio, en el qual pide se ponga en la moneda de oro y plata, la cifra de María Sevilla, 161 . El autor era un sevillano que Vázquez de Leca dejó en Madrid como su "agente" cuando se marchó a Roma. Ver Manuel Serrano Ortega, Glorias sevillanas: noticia histórica de la devoción culto que la muy noble y leal ciudad dé Sevilla ha profesado á la Inmaculada Concepción de la Virgen María desde los tiempos de la antigüedad hasta la presente época (Sevilla, 1893), p.289.

(79) Pou y Martí, 36 (1933), p. 28.

(80) Ibid., p. 29.

81) Ibid., p. 31.

(82) Ibid.

(83) Los argumentos de Wadding aparecen en el "Opusculum primum ad illustrissimum et reverendissimum (sic) D. Scipionem cobellutium..." en su Legatio...,pp. 294-305. Escribió dos tratados más sobre el tema: "De Inscriptione Numismatum Conceptionis" (Ibid., pp. 308-324) y "De absolute cudendis sacris Numismatibus" "Ibid., 325-339).

(84) Ibid., p. 305

(85) Pauwels, p. 218.

(86) Ibid., pp. 219?221.

(87) Ibid., P. 221. El texto de voto, que lleva la fecha de 31 de Mayo, lo publicó Pauwels en pp. 220-221.

(88) Pou y Martí, 36 (1933), p. 37.

(89) Pauwels, p. 208.

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Comentado por juan-moli chico en junio 1, 2009 a 11:34am
Siempre sera un placer amiga emi,ya mas para compartirlos con gente tan maravillosa como tu,aunque ya sabes...tu eres mi favorita jejejeje.
Besos de tu costalero.

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