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Este artículo pertenece al excelente peridista sevillano Carlos Colón, publicado en e Diario de Sevilla el 23 de marzo de 2010. Vamos a disfrutar de él.

COMO la guardamos en el corazón. Como la imaginamos cuando la invocamos desde lo profundo, para que ilumine con su nombre madrugadas de desdicha. Como la recordamos en la distancia. Como suena su nombre cuando lo pronuncian los más suyos nombrando a quienes más quieren -la abuela Esperanza que inició una dinastía macarena, la tía Esperanza de Sagunto, la matriarca Esperanza que cada madrugada hacía la señal de la cruz sobre la frente de sus hijos nazarenos antes de que salieran hacia la Basílica con las capas regiamente arrecogidas-. Como si nos hablara por el torno conventual que preserva su intimidad o se nos mostrara a través de la reja que separa al común de los mortales de esa clausura a la que sólo pueden acceder las Hermanas la Cruz, sus priostes y Pepe Garduño. Como la veíamos cuando nuestras madres nos hablaban de ella, y nos llevaban a ponerle velas en el candelero que estaba a sus pies, entre el altar mayor y el de la Virgen del Rosario, y nos sostenían en brazos cuando pasaba en vuelo de música de Gámez Laserna ante la puerta norte del viejo mercado de la Encarnación. Como se nos aparece cuando decimos despacio las cuatro sílabas de luz que forman su nombre. Como debió verla Victoria Sánchez la noche en que la Virgen tuvo por altar, trono y paso su cama en la habitación del corral de vecinos de la calle Escoberos, modesto Egipto en el que halló refugio de otros Herodes. Como debieron rezarle Antonio Román Villa y los suyos en el oratorio secreto de la calle Orfila. Como imaginamos que la deben ver aquellos por los que se da la última levantá en la Basílica. Como imagino que la están viendo Antonio Sáez, que tan bien sabía que la eternidad cabe del Arco al atrio, y ese primitivo hermano que se jubiló de nazareno prometiéndose cumplir al año siguiente el sueño largamente acariciado de verla en los Altos Colegios, plena de fuerza, recién nacida a la Madrugada, sin saber que habría de verla en presencia real mucho antes.

Así la veremos esta mañana, sólo esta mañana, cuando se abran las puertas de la Basílica y se aparezca llenando su paso de ella, sola entre los varales, sola bajo el palio, sola sobre la peana, torre fortísima, arca de la Nueva Alianza en cuyo seno la Ley se hizo cuerpo, vara florida de Aarón, vaso de maná del cielo, sagrario que guardó por vez primera el cuerpo divino, mirando de frente la ciudad que le aguarda, temblando de impaciencia, desnuda de ofrendas, luz de sí misma, sólo cubierta por el manto tejido con la red de Pedro y por la corona redundante que repite como un eco la realeza que su gesto y su cara proclaman.

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Comentado por Azahar y jazmín en marzo 23, 2010 a 11:57am
Gracias, muchas gracias, por traernos este artículo de una de las personas que si no me equivoco, tuvieron la dicha de portarla anoche en su bajada del bendito Claustro donde Ella se encuentra, son momentos inenarrables, sólo para vivirlos, y por mucho que se cuente, no es lo mismo que tenerla tan cerca en unos momentos tan íntimos, saludos.

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