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Celebramos la Pascua: el paso de la muerte a la vida, el triunfo del SIERVO y de la SIERVA, la esperanza de los pobres, de los que son capaces de confiar completamente en la bondad de Dios y hacerse disponibles para la misión que, de ser luz, testigos de la fraternidad y promotores de la justicia.

Tu resurrección, Señor Jesús, llena de sentido tu vida, tu misión y tu propuesta. Es un canto que proclama el triunfo del amor sobre el pecado. Es la Vida que irrumpe doblegando el poder de la muerte.

Son los pobres, los humildes, los sencillos, los misericordiosos, los de corazón limpio, con hambre y sed de justicia, que trabajan por la paz y que aceptan incluso ser perseguidos y calumniados por razón de la justicia. Son ellos, los que solo cuentan como José y María con un par de pichones para ofrecer sus vidas; los "locos", los que creen en la verdad, los que se atreven a amar incluso al enemigo; los que comparten, perdonan, sirven y lavan los pies a sus hermanos. Son ellos, sí, los que no buscan los primeros puestos, sino que salen al encuentro del hambriento, del sediento, del preso, del desnudo y del enfermo. Son ellos, sí, y sólo ellos, los que acogen como María el plan divino y se ofrecen a sí mismos como siervos, los que saben ver las necesidades de su prójimo, son ellos, y solo ellos, los que van caminando por un sendero cierto hacia la VIDA.

Concédenos, Señor, la gracia de poder comprender lo que el Ángel le anunciara a María: que “para Dios no hay nada imposible”. Ayúdanos a entender que la muerte no es la última palabra para nuestro pueblo; que, en el corazón de nuestra historia, con dolores como de parto, se está gestando la manifestación gloriosa de los hijos de Dios, porque Él ha mirado la humillación de sus siervos.

Comunidad de comunidades


Tras la Resurrección de Jesús, llenos del Espíritu Santo y acompañados por la Virgen María, los discípulos de Jesús se reunieron formando comunidad. Anunciaron el Evangelio, y, donde quiera que iban, fundaban pequeñas comunidades de fe, esperanza y amor, centradas en Jesucristo y dedicadas a la Palabra de Dios, a la oración, la vida fraterna y al servicio. Compartían sus bienes y velaban porque ninguno pasara necesidad. Se organizaron como miembros útiles de un mismo cuerpo; unidos en un mismo espíritu se distribuyeron funciones y servicios. Como piedras vivas de un único Templo, cada uno cumplía su función. Se prestaban mutuo auxilio, y celebraban con gozo la Cena del Señor. Eran la alegría del pueblo, y motivo para que muchos acogieran la fe en el Señor.


En decidida opción por la vida.

A imitación de Jesús, los primeros cristianos se pusieron al lado de los débiles: Curaron a los enfermos, liberaron con la fuerza de Cristo a los que estaban oprimidos, acogieron a pecadores convertidos, atendieron huérfanos y viudas y se extendieron como familia principalmente entre los despreciados de la tierra. Hicieron colectas en favor de las comunidades pobres; repartieron sus bienes entre los más necesitados, y se lanzaron por el mundo entero a transmitir la Vida y la Verdad.

Llenos del Espíritu Santo, soportaron arrestos, tortura, frío, hambre, calumnias, persecuciones y martirio. Pero, a imagen del Maestro, respondieron bien por mal. Embriagados de Esperanza, no temieron a la muerte. Fortalecidos en el Amor de Cristo donaron sus vidas, para que el mundo tenga Vida y la tenga en abundancia.

Con esperanza en la vida nueva

Estamos iniciando un nuevo siglo, un nuevo milenio. Estos años anteriores han sido de mucho sufrimiento para nuestro pueblo. Uno a uno, los grandes imperios, como aves de rapiña, nos han ido despojando de los bienes, de la vida, la cultura, la libertad y de la paz.


Pero nuestro pueblo, a pesar de su sufrimiento, ha sabido mantenerse como pueblo de esperanza. Nuestra gente sencilla, con Pablo recuerda, que ni la angustia, ni el hambre, ni la desnudez, ni la persecución, ni la espada podrán apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rom. 8).


Hemos de promover la esperanza. Con los pies en el suelo, la Biblia en la mano, los ojos en la realidad y el corazón en el pueblo, haremos de nuestra patria esa Tierra Nueva donde habite la justicia. Y para esto nos anima la certeza de que María, que acompañó a Jesús desde su concepción hasta la cruz, nos estará acompañando para que la entrega de su Hijo dé abundante fruto entre nosotros.

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

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