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Fray Pedro de Góngora contrató al mismísimo Juan de Mesa un grupo con Nuestra Señora de la Soledad o Angustias. Según consta en el testamento, el escultor declara que "no le faltan tres días de trabajo”. Fray Pedro de Góngora había sido superior del convento de San Agustín de Córdoba durante varios mandatos, en 1609-12, en 1617-20 y nuevamente en la década de 1630. Fue elegido provincial de Andalucía en 1620.
Según tradición recogida en un testimonio de 1722, el grupo escultórico llegó a Córdoba el 18 de marzo de 1628. El hermano mayor Francisco García de Paredes rinde cuentas al visitador general en noviembre de 1628 de los gastos ocasionados por la imagen, 4.003 reales, de los que Juan de Mesa había cobrado 500 por adelantado.
Las figuras que componen el grupo están talladas por separado. Mide la escultura de la Virgen 1,30 m de altura, que se corresponde con una estatura de 1.65 m . El Señor tiene 1,75 m. La Virgen es de talla completa, aunque resuelta de modo que necesita ser vestida. Tiene los brazos de gonces y el cráneo de forma esférica, tallado el pelo por delante en un flequillo y por detrás en una coca. Muy cuidada es la labor del vestido, compuesto de corpiño y una falda de turgentes y blandos pliegues.
La imagen del Señor posee los cánones habituales de Mesa. Excelente es el rostro de Cristo muerto, con la frente lisa como corresponde a la relajación post mortem y con los ojos entreabiertos, dejando ver las pupilas dilatadas que han dirigido la última mirada al cielo. La lengua se entremete en los dientes y aparece casi en los labios, como fruto de la última exhalación. Serenidad y patetismo se unen en esta plasmación magistral del gesto frío de la muerte. En el torso, el vientre hundido y el pecho hinchado reflejan igualmente el impulso del último ahogo. Cae vertical el brazo izquierdo, signo de desfallecimiento y falta de vida, tal como es frecuente ver en la imagen de la Piedad. Pero es rara la posición del brazo derecho, que penetra estirado en el plano de fondo, como si la Virgen forzara el imposible abrazo del Hijo muerto.
Precisamente esta extraña postura de la figura de Cristo es lo que llevó a manifestar a José Hernández Díaz su discrepancia con la composición actual del grupo. Propuso en cambio una disposición diagonal de Cristo a los pies de la Virgen , de modo que posara la cabeza sobre sus rodillas, descansando el brazo derecho sobre la mano del mismo lado de la Señora [4]. De este modo se conseguía que la dirección de la mirada de la Virgen fuera hacia el rostro de Cristo. La composición así resuelta recuerda la que vemos en otras piedades del Barroco y, singularmente, la que presentan Cristo y la Virgen en el paso de la Sagrada Mortaja , del ex-convento sevillano de la Paz.
Sin embargo hay sobradas pruebas de que la composición original debió ser la que tiene. Mesa se inspira claramente en la Piedad del Vaticano, realizada por Miguel Ángel en 1497. El escultor la conocería por un grabado, lo que explicaría la posición contraria del cuerpo de Cristo, que normalmente reposa en el brazo derecho de María. El grupo vaticano explica también la mirada de la Madre al vientre del Hijo, porque no se trata de establecer una relación dramática de dolor incontenible, que se expresaría con el encuentro de los rostros, sino una relación patética, de dolor contenido, que invita a una reflexión acerca del misterio. La Virgen muestra a Cristo invitando a la contemplación, recordando el lamento con que Jeremías evoca la caída de Jerusalén. Los cofrades, partidarios sin duda de una catequesis más cercana a lo real, colocaron sobre el seno de Cristo, adonde mira la Madre , un corporal con la corona de espinas, símbolo del martirio y referencia eucarística en la cultura del conceptismo, por su forma redonda y por estar impregnada del cuerpo y la sangre de Cristo. En la realidad del drama la Madre sostiene en el regazo al Hijo de sus entrañas muerto cruelmente. En el lenguaje de la mística la Madre sirve de altar en el que el Hijo inmolado se ofrece al Padre y Esposo. Para corroborar este sentido sacrificial la Virgen muestra una espina en su mano derecha.
La relación de los cofrades con las comunidades de algunos conventos femeninos cercanos dio como resultado que se hicieran versiones del grupo pintadas sobre lienzo. Ello nos ha proporcionado una visión exacta de cómo se veneró originalmente la imagen de Nuestra Señora de las Angustias. Las pinturas localizadas se encuentran hoy en el convento de las Capuchinas, en el de Santa Marta, en la parroquia de San Andrés, en la de San Lorenzo, todos en Córdoba, y en la parroquia de la Asunción en Bujalance.
La imagen ha salido de Córdoba en dos ocasiones. La primera para participar en una exposición de arte cordobés en la Biblioteca Nacional de Madrid, con motivo de la concesión a la ciudad de la Medalla de oro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1955. La segunda para sufrir una restauración en los Reales Alcázares de Sevilla, a cargo del equipo que dirigía Francisco Peláez del Espino, en 1976.

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Comentado por Inma del Sol en noviembre 11, 2009 a 10:56am
Gracias , Diego por esta entrada . La Piedad de Córdoba es una de las grandes joyas de la escultura andaluza . Como bien dices , Peláez del Espino no procedía a restaurar sino que perpetraba restauraciones. Desconocía que hubiese tocado este conjunto . Ojalá el IAPH pueda arreglar el desaguisado , la imagen lo merece . Un beso.-
Comentado por Quetintubocofrade en noviembre 11, 2009 a 12:20am
La maravilla cordobesa de Juan de Mesa. Inefable misterio el que representa, inefable como lo hace.

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