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Se denomina Reconquista al proceso histórico en que los reinos cristianos de la Península Ibérica buscaron el control peninsular en poder del dominio musulmán. Este proceso tuvo lugar entre los años 722, fecha de la rebelión de Pelayo, y 1492, final del Reino nazarí de Granada.

En 711 se produjo en la Península Ibérica la primera invasión de los musulmanes procedentes de Damasco, entonces capital del califato, a través de Gibraltar para tomar después Cádiz y Algeciras. Los reinos visigodos les hacen frente en la batalla de Guadalete, y tras rematar al resto del ejército visigodo en Écija y aprovechando las debilidades de los reinos, se extendieron rápidamente por el resto de la península, tomando ciudades tan importantes como Toledo y Zaragoza. La península fue dirigida desde Córdoba por un gobernador nombrado por el califa de Damasco. En 716, los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos para tratar de entrar en el Reino Carolingio.

 


Los hispano-godos que no quisieron someterse a la dominación musulmana se refugiaron en las montañas de Asturias y en los altos valles de los Pirineos. Desde estos lugares se inició la Reconquista, una rebelión contra el invasor que se mantuvo durante más de siete siglos. Al frente de la rebelión de los astures se puso Don Pelayo, noble godo y primer rey (718-737) de Asturias y León, que obtuvo su primera victoria sobre el Islam en Covadonga (722). Años después, su sucesor, Alfonso I (739-757), recorrió el Valle del Duero y trasladó, hasta Asturias, a los cristianos que por allí estaban desperdigados. De esta forma, consolidó su pequeño reino y la meseta septentrional se convirtió en un territorio de nadie entre los dominios musulmán y cristiano.


La dinastía Omeya de Damasco fue derrocada y subió al poder la dinastía Abassí de Bagdad. Uno de los supervivientes, Abderramán ben Omeya, se trasladó a Córdoba y se proclamó emir independiente (756-788), separándose del poder de Bagdad. Las luchas internas en la Península propiciaron que Carlomagno, rey de los francos, penetrara hasta el sur de los Pirineos, en una zona donde los pamploneses habían logrado mantener cierta independencia apoyándose, según les convenía, en astures, musulmanes o francos.


Con Abderramán III (912-961) se consolida el califato de Córdoba, que se extendía hasta el valle del Duero y más allá del Ebro. El califato independiente se convirtió, durante más de un siglo, en el centro cultural y comercial más activo de occidente. Allí acudían filósofos, médicos, geógrafos, historiadores y artistas de todo el mundo musulmán. El califa Al-Hakam II (961-976) llegó a reunir una biblioteca de 400.000 volúmenes. Pero el califato tuvo una vida muy corta. Tras la muerte, en el año 1002, del general árabe Almanzor que había conseguido, mediante el despliegue de una gran actividad bélica, que los cristianos, se replegaran a los mismos territorios en los que se habían refugiado cuando se inició la reconquista, la autoridad de los sucesivos califas, diez entre los años 1009 y 1031, se resquebrajó de tal forma que la España musulmana se disgregó en numerosos y pequeños reinos de taifas entre los que sobresalieron los de Sevilla, Badajoz, Toledo, Zaragoza y Valencia por su gran actividad cultural y su nivel de vida.


Mientras el califato se disgregaba, el rey de Navarra Sancho el Mayor (Sancho Garcés III, 1000-1035) consiguió extender su influencia a toda la España cristiana, desde los condados catalanes hacia el reino de León. Pero, en su testamento, repartió sus dominios entre sus tres hijos. García de Nájera le sucedió en Navarra; Ramiro recibió el condado de Aragón y adoptó el título de rey, y Fernando recibió Castilla que había sido convertida en reino, al que por herencia unió el reino de León, a la muerte sin sucesión de su cuñado, Bermudo III (primera unión).


A todo esto, los condados catalanes se enmarcaban en la denominada Marca Hispánica. Francos o gente de Barcelona, les llamaban en los otros reinos peninsulares, pero los francos les llamaban hispanos. El sentimiento catalán se formó por la oposición a francos y musulmanes. El primero de los condes de Barcelona fue Wilfredo I (874-897). Inició una dinastía que consiguió independizarse de la monarquía carolingia con Borrell II (947-992), pues se negó a rendir vasallaje al monarca franco, Hugo Capeto; Ramón Berenguer I (1035-1076) consiguió crear Cataluña, ya que aglutinó bajo la autoridad del Conde de Barcelona todos los otros condados, configurando de esta manera el principado en ciernes. En lo referente a la legislación civil, mandó recopilar los usos y costumbres de Barcelona en un códice que regulaba las relaciones entre señores y vasallos.

Todos los nuevos reinos y condados continuaron su lucha por extender sus territorios y forzaron a muchos de los reinos de taifas a pagar tributo. Esto, unido a la mejoría económica por la entrada de peregrinos que recorrían el camino de Santiago, reforzó la situación de prosperidad de los reinos cristianos. El avance de la Reconquista, y especialmente la toma de Toledo (1085) por el rey Alfonso VI de Castilla (1065-1109), obligó a los reinos musulmanes a pedir ayuda a sus vecinos del norte de África, los almorávides, grupo de religiosidad intransigente. Yusuf ben Tasfin, tras reunir más tropas en Sevilla y en Granada, venció a Alfonso VI el Bravo en la batalla de Zalaca (1086). Con esta derrota se inicia para Alfonso, tras catorce años de sonados éxitos militares y políticos, un periodo de desgracias e infortunios a pesar del inestimable apoyo de su vasallo El Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar.

Yusuf consiguió unificar la España musulmana bajo su poder y expulsó a los soberanos de los diferentes reinos de taifas; con ello puso fin a la brillante cultura hispano musulmana. Frente a la carencia de una arte almorávide, el arte cristiano se materializó, entre otras manifestaciones, en una gran expansión de iglesias y monasterios de estilo románico.


A mediados del siglo XII, la Reconquista había experimentado un notable avance, tanto en Castilla, como en Aragón. Pero Alfonso VII (1126-1157) dividió el reino entre sus dos hijos, Sancho III de Castilla y Fernando II de León, con lo que se inicia un periodo de rivalidad entre los dos reinos.

Mientras Portugal y Navarra afianzaban su independencia, Aragón y Cataluña se había unido (1137) por el compromiso de matrimonio entre la heredera del reino de Aragón, Petronila, y el conde catalán Ramón Berenguer IV (1131-1162) que había heredado los condados catalanes, a excepción de Provenza y las tierras del otro lado de los Pirineos que correspondieron a su hermano.

Ramón Berenguer prometió respetar los fueros, usos y costumbres aragoneses, y solo detentó el título de Príncipe de Aragón, nunca el de rey. Ramón Berenguer fue un excelente diplomático que además de consolidar la unión definitiva entre el reino de Aragón y el condado de Cataluña obtuvo notables triunfos en la guerra contra los musulmanes. A cambio de su alianza con Alfonso VII de Castilla contra Sacho VI de Navarra, consiguió que se le reconocieran los derechos de conquista que los catalano-aragoneses tenían sobre las tierras de Valencia y Murcia y no pagar tributo, ni rendir vasallaje al rey castellano.

Petronila quedó viuda y abdicó en su hijo Alfonso II, que contó con la protección del monarca británico Enrique II.

La intervención de los almohades representó una grave amenaza para los reinos cristianos, donde se creó como medio de defensa y protección las órdenes militares. En 1195, Alfonso VIII de Castilla es derrotado en Alarcos. La reacción cristiana llegó en el año 1212 y en la batalla de las Navas de Tolosa los reyes de Castilla, Aragón y Navarra, al frente de sus respectivas tropas, derrotaron al ejército almohade, lo que significó el fin de su poder. La expansión de los reinos cristianos seguía avanzando.


Después de las Navas de Tolosa, la España musulmana fue cayendo en poder de los cristianos. Tras la conquista de Mallorca (1229) y Valencia (1238) por Jaime I de Aragón; de Córdoba (1236) y Sevilla (1248) por Fernando III de Castilla y León, y de Cádiz y el reino de Murcia por Alfonso X; solo quedó en manos musulmanas el reino de Granada, que subsistió dos siglos como vasallo y tributario de la corona de Castilla. Esta demora en completar la reconquista fue debido a las frecuentes luchas internas en este reino.


La rápida extensión de esta última fase de la Reconquista y la escasez de población de los reinos cristianos hicieron que parte de la población musulmana permaneciera en sus tierras, tributando a los nobles o a las órdenes militares que habían apoyado a la corona en la conquista. Así se formaron los latifundios del sur de España y Portugal. La nobleza, con una clara falta de visión que respondía al desprecio por el trabajo manual que tan graves consecuencias tuvo para España en los siglos siguientes, dedicó con preferencia sus tierras a la ganadería en perjuicio de la agricultura que tan sabiamente se había desarrollado en la España musulmana, esto supuso convertir Castilla en una potencia lanera.

Frente al creciente poder de la nobleza, la monarquía buscó el apoyo de los municipios, que habían adquirido conciencia de su carácter y de su fuerza, de forma que en las Cortes comienzan a participar, además del clero y de la nobleza, representantes de este nuevo y pujante poder. Con las nuevas formas de vida y de economía, surgen nuevas órdenes religiosas, como los franciscanos, que se mantienen en estrecho contacto con el pueblo y está siempre de su parte en las ocasiones de conflicto con la nobleza.

Durante el siglo XIII, el reino de Castilla, por su situación económica desahogada, conoció un importante desarrollo de la arquitectura. Se levantaron iglesias con diferentes estilos. De puro estilo gótico, continuación del románico, son las catedrales de Cuenca, Sigüenza, Toledo, Burgos y León, algunas de las cuales son completadas o rematadas en siglos posteriores. A finales del siglo XIII y principios del XIV, se inicia la construcción de las grandes catedrales de la corona de Aragón: Palma de Mallorca, Gerona y Barcelona.


La numerosa población musulmana de Aragón justifica la existencia de varias torres mudéjares, de las cuales, Teruel, posee un conjunto excepcional.


A mediados del siglo XIV, se abre un largo periodo de crisis que afecta a todos los aspectos de la vida. La peste negra azota la península en 1348, con distinta intensidad de unas regiones a otras; se calcula que algunas de ellas perdieron dos tercios de la población. A consecuencia de ello escaseó la mano de obra, subieron los jornales y se encareció muy considerablemente la vida.

A la muerte de Alfonso XI de Castilla (1312-1350), su hijo Pedro I el Cruel (1350-1369) se vio envuelto en una larga lucha dinástica en la que se vieron implicados los demás reinos cristianos, y que adquirió dimensión internacional al interferir con la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra. Con la muerte del rey Pedro I, terminó la crisis por la lucha de sucesión abierta en el reino de Castilla, pero se inició un periodo de gran decadencia del reino castellano.

Alfonso V de Aragón (1416-1418) ocupó el reino de Nápoles y Juan II de Aragón (1458-1479), por su matrimonio con Blanca de Navarra, se adueñó del reino de Navarra y representó a su padre en el gobierno de Sicilia. A Juan II le sucedió su hijo Fernando II de Aragón, que sería V de Castilla tras su matrimonio con Isabel. Fernando se convirtió en rey de Castilla, de Aragón y Cataluña, de Sicilia y de Nápoles, y su hermana Leonor, nacida del matrimonio de Juan II con Blanca de Navarra, heredó el reino de Navarra.

Los nobles contrarios a Isabel consiguieron que el rey de Portugal, Alfonso V, continuara la guerra de sucesión de Castilla aceptando la mano de Juana la Bertraneja, por su interés de unir Castilla a Portugal. Alfonso penetró en Castilla con un gran ejército, pero Isabel consiguió derrotarlo ante los muros de Toro en 1476.


Isabel y Fernando lograron la unidad dinástica de la mayoría de los reinos de la Península Ibérica. Cuando Isabel subió al trono Castilla estaba compuesta por los reinos de Asturias, Galicia, León, las provincias vascas y Valencia, Murcia y Andalucía, exceptuando el reino árabe de Granada. Fernando aportaba al matrimonio los reinos patrimoniales de Aragón y Cataluña que abarcaban desde los Pirineos hasta Valencia, además de Baleares, Cerdeña y Sicilia. Esta enorme extensión de tierras lo convertía en el reino más poderoso de la Península, pero la nefasta gobernación anterior había degradado el papel de la corona y la autoridad real, por lo que los reyes se entregaron a la tarea de restaurar el orden y la autoridad real. Fernando siempre se mostró solidario con la política de su esposa y apoyó con su sagacidad política y consejos las drásticas reformas introducidas en el reino de Castilla.

Las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, que habían alcanzado un extraordinario poder político y económico durante la reconquista, recibían una renta que superaba en su conjunto el millón de ducados y podían movilizar miles de soldados. Poseían castillos y conventos fortificados por toda la geografía del reino y elegían a sus Maestres internamente. Isabel consiguió que los reyes de Castilla ostentaran la dignidad de Grandes Maestres de las Órdenes y que los papas, que detentaban, hasta entonces, ese privilegio lo perdieran.

Ambos monarcas estaban de acuerdo en destruir el poder islámico, en España, y en unificarla bajo la religión católica. Esto suponía la guerra total contra el reino de Granada, una larga lucha de once años, iniciada en 1481, en la que vencieron gracias a su tesón y coordinada actuación.


En 1476, el rey granadino Muley Hacén se negó a pagar su tributo a los reyes cristianos y en 1481, los musulmanes asaltaron la fortificación castellana de Zahara de los Atunes y ocuparon la zona. Ante esta provocación, los Reyes Católicos declararon la guerra a los granadinos, iniciándose una penosa y larga contienda que necesitó una estudiada estrategia debido a la situación de la capital del reino, Granada. La capital estaba rodeada de fortificaciones, por lo que fue necesario primero ir conquistando otras plazas de menor importancia y también los distintos puertos, para evitar las ayudas procedentes del norte de África. De esta forma, una vez establecido el bloqueo, la ciudad sitiada se rendiría, perdida la esperanza de cualquier ayuda exterior.

La desunión y las luchas internas de los granadinos, enfrentados en una guerra civil, facilitaron las conquistas cristianas. Boabdil se impuso a su padre Muley Hacén en 1483 y a su tío Al Zagal en 1487, pactando el reparto del reino entre los tres. En 1487 caen las tierras de Málaga en manos de Muley Hacén y en 1489 Al Zagal entregó Guadix y Almería. Con esto, Granada y sus doscientos mil habitantes quedaban aislados y sitiados.

En 1491, tras largas negociaciones con los granadinos, se llegó a un acuerdo de rendición de la ciudad. A Boabdil se le reconocía el gobierno independiente de un pequeño territorio en las Alpujarras, mientras que los habitantes de Granada quedaban en libertad de emigrar a África o de quedarse en España, siéndoles respetadas sus propiedades, idioma y religión. El 2 de enero de 1492, Isabel y Fernando, acompañados de un nutrido séquito entran en La Alhambra, donde les esperaba Boabdil para hacerles entrega de las llaves de la ciudad.

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