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La Semana Santa de Toledo y Sevilla. Por Gustavo Adolfo Béquer


[Texto publicado en la revista “EL MUSEO UNIVERSAL” el día 28 de marzo de 1869]
"Al tratar de las solemnidades religiosas con que en estos días conmemora la Iglesia la pasión y muerte del Redentor del mundo, ocurren naturalmente los nombres de Toledo y Sevilla, ciudades ambas famosas, así en España como fuera de ella, por la magnificencia y el aparato que en sus templos y catedrales desplega el culto católico.

Algunos escritores, concretándose particularmente a las ceremonias y cofradías de la Semana Santa, han intentado hacer comparaciones entre las de una y otra ciudad; pero es lo cierto que, si bien en ellas puede hallarse un notabilísimo contraste, de ningún modo cabe la comparación: tan diverso es el espectáculo que ofrecen y el sello especial que las caracteriza.

Sevilla, población floreciente y próspera, en la cual el espíritu moderno ha llevado a cabo más radicales transformaciones, imprime a estas solemnidades un sello propio de animación, novedad y lujo, que inútilmente buscaremos en la vetusta capital de la monarquía goda. Sus célebres cofradías, más bien que la continuación de las tradiciones, son una restauración con todos los accidentes propios de este género de obras. Habiendo atravesado al par que las demás de España una larga época de decadencia, han salido de ella merced no tanto al fervor religioso que las dio vida como al espíritu de especulación y vanidad que las mantiene en el grado de esplendor en que se hallan. La Semana Santa de Toledo, con sus escasas y pobres cofradías, es, por decirlo así, la última palabra de la tradición que, ya decadente, guarda, no obstante, en sus destrozados vestigios el carácter y calor de la edad en que tuvo su origen.

Los que han tenido la ocasión de visitar ambas ciudades en esta época del año y las han estudiado con alguna detención, no podrán menos de sentir y apreciar como nosotros el contraste que resulta de la aproximación de sus recuerdos.

Sevilla la llana, donde la primavera que se anticipa al calendario llena ya el aire de luz y perfumes, con su blanco caserío, sus celosías verdes, sus balcones enredados de madre selva y su cielo azul con un sol de fuego que derrama la claridad a mares; Sevilla la alegre y la bulliciosa, con su Plaza Nueva, guarnecida de una guirnalda de naranjos en flor; la muchedumbre que se agita en su ámbito y por entre la cual desfilan, al compás de la música, aquellos miles de elegantes y perfumados penitentes de todos hábitos y colores, blancos, negros, rojos y azules, repartiendo a las niñas dulces de sus canastillas y arrastrando luengas colas de terciopelo o de seda; las andas cubiertas de flores y de luces, las imágenes cargadas de oro y pedrería, los coros de ángeles engalanados de plumas, flecos y oropel, las cohortes romanas con airones de papagayo, armaduras de hojalata y calzas de punto color de carne como los saltimbanquis o los bailarines, todo, en fin, lo que en ella se agita y reluce y suena durante esos días clásicos, ofrece un conjunto en que se mezcla y confunde lo profano con lo religioso, de manera que tiene a intervalos el aspecto de una ceremonia grave o la vanidad de un espectáculo público con sus puntas y ribetes de bufonada.

El fondo que a estas ceremonias presta Toledo, es, desde luego, muy distinto y de más propio carácter. Asentada sobre las escarpadas rocas que rodean el Tajo, retorciéndose entre peñascos y ruinas, envuelta aún en las opacas nieblas del invierno o azotada por los vendavales, sus calles, tortuosas y empinadas, sus denegridos torreones, sus vetustos muros y las musgosas paredes, restos imponentes de iglesias derruidas o monasterios abandonados, dan una tinta melancólica y grave al severo cuadro que ofrece esta solemnidad. En el tránsito de sus cofradías, rara vez se aglomera esa muchedumbre ruidosa e inquieta que acude a todo género de reuniones; más por lucir las galas y ver y ser vista que llevadas de la curiosidad, la devoción o el entusiasmo. Las largas hileras de penitentes negros y los guardadores del Sepulcro, vestidos de hierro, pasan silenciosos con sus cruces, sus pendones y sus alabardas, deslizándose por entre los anchos salientes de sombra de los edificios como una procesión de gentes de otra edad evocados en la nuestra merced a un misterioso influjo.

Desde que el camino de hierro ha puesto la ciudad imperial casi a las puertas de Madrid, aumenta de año en año y de una manera sensible el número de viajeros que acuden en esta época a presenciar las ceremonias y cofradías que han hecho célebre su Semana Santa. No obstante, en otro país cualquiera sería este número mayor, atendiendo que, al interés que la solemnidad religiosa ofrece, se une el de visitar una población tan llena de recuerdos históricos y monumentos de arte, que no sin razón se ha llamado la Roma española.

Sirve, en efecto, de magnífico prólogo y prepara convenientemente el ánimo a la representación del sublime drama, el espectáculo de aquel montón de ruinas y monumentos en que se ve trazado a rasgos todo el gran período histórico que abarca el desarrollo de la idea cristiana. En derredor de los muros, y al través de las calles de Toledo, el arte nos va explicando la historia escrita por él en páginas de piedra que hablan a un tiempo a la razón y al sentimiento.

Los vestigios del circo romano recuerdan los tiempos de los primeros mártires, cuya sangre fue la última a empapar la arena antes teñida con la impura de los gladiadores paganos y desde aquel punto santificada.

Una piedra colocada sobre la tierra removida, humilde sepultura de una virgen que murió por la fe de Cristo, sirvió más tarde de cimiento a la basílica de Santa Leocadia la cual, aunque con otra forma, con la misma advocación, permanece aún en pie desde los primeros siglos de la iglesia, allí donde se elevaban fábricas suntuosas de las que con dificultad se encuentra el rastro entre las ortigas y los cardos silvestres de la desolada llanura. Los muros de Wamba, la misma basílica y los cíclopes cimientos de palacios derruidos traen a la memoria el pasado esplendor de la monarquía goda, cuyos reyes, prelados y próceres echaron el cimiento en sus famosos concilios del código más perfecto de su época, patentizando así el poderoso influjo de la nueva idea que había convertido en grandes pueblos aquellas hordas semisalvajes que, después de hacer jirones el imperio romano, se lo repartieron como un botín de guerra. Huellas de la sangrienta y porfiada batalla que durante siglos sostuvieron en nuestro país los soldados de la Cruz y los sectarios de Mahoma se ven por todas partes. Aquí los templos en que al través de la dominación sarracena guardaron incólumes los mozárabes el sagrado depósito de la fe de sus mayores; allá mezquitas convertidas en iglesias católicas y harenes moriscos transformados en austeros claustros; más lejos monumentos que, como la puerta de Valmardón y el Cristo de la Luz, nos hablan de la reconquista. Un sinnúmero de edificios, monasterios y fundaciones piadosas aparecen a los ojos del que conoce la historia de su fundación como otros tantos arcos de triunfo que recuerdan un hecho heroico o una señalada victoria, descollando entre todos ellos el magnífico San Juan de los Reyes, erigido después del combate en que, como en un juicio de Dios, se decidió la sucesión al trono de Castilla, y que con sus grillos y cadenas entrelazados en los sillares del ábside pregonan los altos hechos de la recuperación de Ronda, Málaga y Granada. La catedral, por último, prodigio del arte que cinco generaciones levantaron como testimonio del levantado espíritu que las animaba, de la medida de lo que es capaz un pueblo que espera y cree, y con la conciencia de su inmortalidad emprende obras que aspira a hacer eternas, realizando las palabras del evangelio: «La fe hace andar las montañas».

Los viajeros que acuden a Toledo durante la Semana Santa, visitan casi todos con infalible entusiasmo, aunque pocos con verdadero provecho, los puntos más notables de la población, viéndoseles cruzar en grupos por sus calles hasta que, al llegar la hora prefijada, buscan sitio a propósito para ver desfilar las cofradías. Éstas se reducen en la actualidad a dos, de las cuales una recorre la ciudad el Jueves Santo y la otra el Viernes. El dibujo que aparece hoy en las columnas de “El Museo”, y cuyo título sirve de epígrafe a estas líneas, representa con gran escrupulosidad en los detalles, los cuales conservan el carácter extraño del original, el grupo de guerreros guardianes del Santo Sepulcro que acompañan a la segunda de las mencionadas cofradías. Después que han desfilado los penitentes, a quienes llama el vulgo «mariquitas negras», y detrás de las andas sobre las que se ve representado por figuras de talla de regular mérito y tamaño natural el “Descendimiento de la cruz”, se ven los armados que, en número de veintiséis y revestidos de corazas, cascos y coseletes, forman una escuadra que precede, rodea y sigue a las andas donde José de Arimatea y Nicodemus sostienen la urna. De estos guerreros, cuyas magníficas armaduras pertenecen a diferentes épocas, aunque en su mayor parte son del siglo XVI, los unos llevan lanzas con enormes hierros, y los otros, que hacen de jefes, estoques y rodelas; acompañando al capitán y al abanderado que lleva el estandarte arrastrando por el suelo en señal de luto, un niño que viste una armadura milanesa grabada de oro y al cual llaman el paje.

El viajero que, conducido en el tren de Madrid, cambia por completo de decoración en menos de tres horas y se encuentra en el Zocodover con tan extraña procesión de figuras que parecen arrancadas de un tapiz antiguo, nada de particular tiene que la encuentre algo fuera de época, y pareciéndole poco menos que ridículos los penitentes con sus altas caperuzas negras, los rostros cubiertos por el antifaz y las inmensas colas tendidas por el suelo, los soldados de la escuadra, que más bien que guerreros vestidos de sus arreos de batalla parecen, vistos a la luz del día, maniquíes ambulantes que arrastran aún trabajosamente y como por escarnio las colosales piezas de hierro de las arrinconadas armaduras de otra raza membruda y gigantesca. Hasta las imágenes de las andas pueden parecer a un purista en las artes de un realismo tal que casi degenera en lo grotesco. No lo extrañamos, volvemos a repetir. Cuando se cambia súbitamente de atmósfera, el pulmón experimenta cierta fatiga hasta acostumbrarse. La inteligencia vive en un medio intelectual que no puede tampoco cambiarse de improviso sin que experimente alguna perturbación. Hoy que tanto se habla de libertad de cultos y de iglesias nuevas, con ritos más sencillos y severos; hoy que casi todos miran adelante y casi ninguno vuelve la vista atrás de buena fe, no para retroceder por donde se ha venido, sino para saber a ciencia cierta, por la comparación de lo andado, en qué punto del camino se encuentra la sociedad española, al llegar del centro en que bullen y se agitan todas las nuevas ideas, ¿cómo no ha de parecernos natural que asome a los labios una sonrisa de compasión ante el espectáculo que la vieja Toledo ofrece en estos días a la curiosidad de los viajeros empapados en el espíritu práctico y positivista de su siglo? Pero cruzad durante algunas horas por las revueltas calles de la población hasta que, a pesar vuestro, os empapéis en la atmósfera de gravedad melancólica que respiran sus ruinas; aguardad a que el día comience a caer, a que las dentelladas crestas de las balaustradas ojivales de la catedral se dibujen oscuras sobre el cielo del crepúsculo y en la gótica torre suene el toque de oraciones en la colosal campana cuyo tañido truena y zumba como una voz apocalíptica, y ved esa misma procesión cuando, de vuelta al templo, cruza por una de las calles características de la ciudad. Las sombras envuelven el fondo, el resplandor de las hachas arroja sobre los muros la fantástica silueta de los penitentes, cuyos pasos se sienten en el silencio con un rumor semejante al del agua que cae y resbala sobre las hojas; las imágenes de las andas se dibujan confusas y asemejan gentes vivas que miran y ven con sus ojos de vidrio, causando la impresión de algo que, semejante a la visión del sueño, flota entre el mundo real y el imaginario; el Cristo del Descendimiento se balancea suspendido en el aire; las ropas de los que lo bajan se agitan al soplo del viento; la ilusión es completa. No se trata ya del arte puro, que se eleva a las regiones de la estética y del idealismo, sino de otra cosa que va a herir profundamente las fibras de la multitud y a buscar en ellas vibración del sentimiento con medios apropiados en genialidad y en carácter. Por último, se ve lanzar chispas de luz de las armaduras y se oyen crujir los hierros al compás de los pasos. Aquellas armaduras estuvieron acaso en Granada, Italia y en Orán; bajo aquellos coseteles salieron corazones llenos de fe, de entusiasmo y de patriotismo. ¡Parece que los hombres que las ceñían han dejado el lecho de piedra donde duermen a la sombra de los altares para cruzar una vez más las estrechas calles de Toledo, donde aún podrían reconocer las portadas y los escudos de sus casas solariegas! La imaginación se remonta desde aquella apariencia de realidad al ancho espacio en que campea y domina como dueña y señora, y reconstruye todo el pasado y lo siente y lo admira en lo que tenía de admirable.
Considerada bajo este punto de vista, la Semana Santa en Toledo no admite parangón con ninguna otra."

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