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LA SOLEDAD DEL ARTISTA (al maestro Navarro Arteaga)

 

                                                 LA SOLEDAD DEL ARTISTA                                            (al maestro Navarro Arteaga)

La soledad acompaña al artista en su taller, es su silenciosa compañera en momentos de profunda reflexión. En el vértigo del primer golpe de gubia, ceniza profética de todo un mundo por descubrir, el autor crea un muro a su alrededor, obviando lo superficial y buscando en el amor infinito de Dios para hallar la inspiración necesaria para transformar la madera en las hechuras del Divino Redentor. El sueño lentamente deja de ser quimera para mostrarse como palpable realidad ante unos ojos ciertamente sorprendidos. Deja de lado el instrumental para ceñir entre sus manos con total suavidad, el atisbo del Cristo sufriente que tras ser consagrado será venerado por generaciones de fieles. Será tesoro en el corazón de quienes buscan la misericordia de Dios en una talla, encarnadura reflejo de la humanidad del Pescador de hombres.

Percibirá una suave brisa en las noches de insomnio al contemplar unos labios implorantes que se dirigen al artista en un lenguaje ininteligible para los oídos, únicamente codificado en el lenguaje universal de la fe. No llegará nunca el imaginero a forjar en sus adentros los confines de su acabada creación y la repercusión que llegará a tener en quienes colman la sed de su espíritu con tan inagotable manantial de bondad. La familia y la fe son los sólidos báculos que sustentan al tallista en los momentos que navega sin rumbo cierto, por las inconexas lagunas de la otra soledad, que lejos de contextualizar un paisaje de paz, lo embarga en los vacíos existenciales del alma.

El Cristo de Pasión y Muerte nace fruto del apego del maestro Navarro Arteaga por su oficio y su afán de superación. De hacer realidad el sueño de un joven e ilusionado artista, valiente en tan delicado menester. Que mejor modelo que el Mentor de la humanidad para propagar el catecismo en la belleza estética de la ternura de un Cristo, que lejos de la quietud de los imprescindibles legados entintados, va conformándose en la tridimensionalidad del ser humano. Algunos dicen que vive, otros que duerme e incluso que reposa inerte e ingrávido. Extiende sus brazos que portentosamente cargaron con la Cruz para entregar su último aliento enclaustrado en sus celdas martirizantes. La dulzura de su declinado rostro nos apena, pero en cambio su Luz radiante nos hacer ver más allende de lo humano y nos eleva como místicos condescendientes al milagro de la vuelta a una vida eterna y hermosa.

No necesitamos acariciar sus llagas ensangrentadas para creer en Él. Como buen Pastor su rebaño le sigue confiado e incondicionalmente. El culto diario, las miradas envejecidas que se clavan en su rostro, los cristos vivos que son alimentados de pan y amor en su nombre, y los hijos que durmieron para despertar a su lado dan sentido a la Imagen de nuestro amantísimo Señor atado de clavos e instrumento de evangelización. Un único Dios que Sevilla muestra en distintos momentos de su Pasión, Muerte y Gloriosa Resurrección bajo distintos trazos de notable belleza.

El imaginero posee inalienablemente el derecho moral a la paternidad de la obra, que incluye la integridad, conservación y respeto de la misma, independientemente de existir un contrato de cesión o venta. Trascendiendo de los derechos que le amparan según ley, merece el trato que como creador de la más sagrada esencia de la Hermandad se ha hecho merecedor.
Con estas líneas trato de hacer justicia con un hombre de bien, que está dejando en nuestra Semana Santa y en otros lugares allende nuestras fronteras una huella que perdurará en el tiempo para el goce de futuras generaciones.

Un necesario ánimo reconciliador me hace abrir una puerta al entendimiento. Me duelen las cosas de mi Ciudad y todo aquello que cause tacha entre quienes comparten conmigo el credo que proceso. La complejidad del ser humano lo lleva a la enemistad con el semejante, su simplicidad a amar sin límites. Los católicos como seguidores de Cristo somos sus herederos universales y las antorchas que apagamos o encendemos con nuestros actos cegando o alumbrando a quienes no tuvieron la fortuna de encontrar a Cristo en su senda amorosa.

Paz y bien a todos mis hermanos.

                       

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