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Afecta tan profundamente nuestro sentimiento cuanto se refiere a la guerra de la Independencia que no hay detalle, por nimio o insignificante que parezca, que no nos interese en alto grado. Un detalle imperceptible de aquella grandiosa lucha es el que mueve hoy nuestra pluma: le hemos oído narra con admirable sencillez y naturalidad: nada contiene de extraordinario y sin embargo le escuchamos atraidos por el encanto que para todo español tiene cuanto se relaciona de algún modo con aquella gloriosa resurrección de la patria. En la época de la dominación francesa, es decir en la que media el año 10 al 12, adquirió triste notoriedad por sus atrevidos y múltiples robos la partida de malhechores que comandaba Torralvo; pero, aun cuando parezca imposible, esa notoriedad fue mucho mayor por la crueldad refinada, por la exagerada maldad, de una mujer que acompañaba a los ladrones, unida no sabemos por que vínculo al capitán y conocida por ello con el nombre de la Torralva, nombre que después ha quedado popular en Estepa como símbolo y tipo de malas mujeres. La partida de Torralvo rodaba a quién podía sin distinción de nacionalidades, y la Torralva incitaba a su gente a las mayores crueldades y no se contentaba con menos que mutilar de un modo vergonzoso a los que tenían la desgracia de caer en manos de aquellos forajidos.
 
 
Con tales antecedentes, fácil es de presumir cómo serían perseguidos los ladrones de Torralvo. Dedicaron a ese servicio especial preferencia los franceses que guarnecían a Estepa, y un día lograron apoderarse de la Torralva a quien había dejado ciega de una perdigonada unos arrieros de la Alameda. Procedieron los franceses a la curación de la citada criminal y luego que estuvieron cicatrizadas sus heridas la juzgaron y condenaron a muerte. El fusilamiento se llevó a cabo en las plazas unidas de la Concepción y Victoria, y en tan triste acto mediaron dos curiosos incidentes. Fue el uno que asistiendo a la reo espiritualmente fray Rafael Vergara y Vergara, llegado el momento de la ejecución se abrazó a él fuertemente, diciendo no sabemos si por astucia o si por extravío que en su mente hubiera causado el terror, que estaba viendo a un santo que suponía era el mismo fraile auxiliante. La Torralva no se desasía, los esfuerzos de fray Rafael para lograrlo eran inútiles, e impacientados los franceses, que acaso sospecharon que se representaba una comedia, se echaron por dos veces los fusiles a la cara para dispararlos sobre el grupo que formaban la desdichada mujer y su confesor. Un último esfuerzo de fray Rafael le hizo apartarse y la Torralva cayó muerta encharcando el suelo con su sangre. Una vez terminado el acto se acercó al cadáver un soldado, mojó sus dedos en la sangre y con ellos escribió en la sillería de la pared del convento, cerca de la torre, la siguiente breve indicación:
 
5em D. r.
Es decir: el 5º de Dragones, o sea el cuerpo a que pertenecían el soldado que quiso consignar la memoria del hecho. Las manchas de sangre son indelebles. Hace sesenta años el francés don Juan Bernet refería este suceso a su amigo don Manuel Vergara y Carrero, sobrino carnal de fray Rafael, señalándole con la mano la inscripción de la victoria, tan viva de color que parecía hecha el día antes. Hace poco (en 1889) don Manuel Vergara repetía la tradición a don Enrique Crespo Rodríguez, llamándole la atención acerca de la persistencia del color e integridad de las letras. ¿Por qué misteriosa fuerza ha persistido aquel recuerdo, escrito con sangre sin que hallan sido parte a borrarlo ni el tiempo ni los elementos, ni la destructora acción del hombre? Acercaos curiosos al sitio designado: allí en reducida cifra podéis contemplar el nombre de uno de los cuerpos extranjeros que hollaron nuestro territorio, la sangre de uno de aquellos criminales que fueron como sombras de nuestro patriótico esfuerzo, y el recuerdo de la justicia que permanece como cosa eterna, mientras han desaparecido los delincuentes comunes y los delincuentes políticos que por aquel entonces la afrontaron. El robo vulgar y el robo de una patria pasaron: juntos han ido la Torralva y los invasores: la patria y la justicia quedan.
 
Fuente:
-Memorial Ostipense de Antonio Aguilar y Cano, 1888

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