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Habían pasado sólo tres días y la mañana se presentaba fría, inusual para un sábado de mayo cuando el calor enciende la savia que hace brotar las flores en el verdor de las macetas del patio. Se acercaba la hora de tomar decisiones, y por muy difícil que resultara había que encontrar las fuerzas en el recuerdo del amor que su madre les daba.

El silencio lo rompió el golpeo de la llamada en la puerta, tres toques secos que despertó de la congoja a los que le esperaban. La hija mayor se incorporó del viejo sillón que presidía el salón y se dirigió a la puerta de madera de nogal que había resistido casi intacta al paso del tiempo, sólo un par de grietas provocadas por la humedad y varias ampollas la reconocían como antiguas huéspedes de la casa familiar. Siguieron los saludos protocolarios que proceden en estas situaciones y tras una breve pausa el caballero al que esperaban entró en el salón. Vestía un traje bastante usado de color oscuro, con corbata negra, camisa de un blanco roto y unos zapatos negros de suela gastada. Su mano agarraba con fuerza un maletín de cuero cobrizo al que se le marcaban las líneas que los pliegues de los años le habían hecho, como las arrugas perfilaban su edad sobre la piel. El señor tomó asiento y se apresuró a abrirlo. Tras sacar varias carpetas puso sobre la mesa unas lentes de lectura y un formulario que se disponía a rellenar con el consentimiento de la familia. Las letras preferiblemente sencillas y claras, sin ningún tipo de adorno ni filigrana, sin inscripciones. Las fechas, las que habían considerado siempre como festejables, alejadas de las que un trozo de papel había marcado como oficial. Se sabe que en aquellos años esperaban a que los recién nacidos lucharan al menos un mes para poder reconocerlos, por lo que se celebraba la fecha que de viva voz su madre les había dicho. Preferían piedra de color grisáceo con aguas que imitara el mármol, desde que ese material se pasaba de las ganancias que la familia había conseguido, mientras que para el recipiente se decantarían por un pequeño tiesto alargado de color blanco, con suficiente espacio para acoger un sencillo ramillete de flores.

En este momento el señor del traje oscuro les preguntó por la imagen que deseaban grabar en la piedra. Intentaban recordar cuál era la imagen a la que su madre le guardaba mayor devoción para que pudiera acompañarla para siempre. Era mucho más difícil de decidir de lo que habían sido las anteriores cuestiones. Su madre siempre les había enseñado a amar a todas por igual, singular es. Había asistido a los triduos de cuaresma y a las novenas de la Virgen, a los festejos del Corpus, y siempre tenía presente en sus rezos a los santos estepeños. Quizás aquella Dolorosa de la iglesia donde contrajo matrimonio o aquel Cristo que la acompañó durante el tiempo que estuvo en el hospital por aquella difícil operación. Podría ser la Gloriosa cuyo camarín se ve desde la ventana de su habitación o el Señor al que Estepa entera espera y al que alumbró cuando los problemas a los que se enfrentaban algunos de sus hijos le rondaban la cabeza.

En ese momento de indecisión la hija mayor se acordó de una vieja estampa que su madre guardaba con celo en la cómoda de su habitación. Su hija recordó aquella estampa porque su madre la colocaba siempre el día de los difuntos en la vieja consola del salón, y mientras le rezaba vertía un poco de aceite en un cuenco y encendía en él las parpadeantes mariposas de aquel día del recuerdo.

Ante tal ritual, cuyo proceso la tradición había marcado, la hija mayor no pudo controlar la pregunta inevitable sobre la procedencia de la estampa. Su madre le respondió que esa estampa la había tenido su abuela y le había acompañado durante los años difíciles de la guerra. Había resistido al saqueo de su casa cuando buscaban al padre porque defendía colores prohibidos, había sobrevivido al incendio provocado de las pertenencias que el fruto del amor había atesorado, guerra incomprensible entre hermanos que no compartían sangre y, sin embargo, sí en el juego de vida y muerte; había estado presente en la oración de su madre cuando no había más remedio que recurrir a las limosnas y a la beneficencia de sus vecinos; y había ayudado a soportar las cruces que en el cartón de racionamiento indicaban el pan que llevarse a la boca. Incontables las lágrimas que se habían mezclado con la tinta y que habían acelerado su desgaste.

La hija mayor subió las escaleras junto a la entrada de la casa y recorrió apresurada el pasillo que llevaba a la habitación de su madre. El olor inconfundible a rosas recién cortadas que su madre usaba para perfumarse todavía perduraba en aquella habitación, impregnado en cada trozo de tela que estaba presente. Se agarró a los tiradores dorados del primer cajón de la cómoda y tiró con fuerza hacia ella. En la esquina izquierda del cajón, bajo un par de sábanas blancas dobladas, había un pañuelo, con la letra tercera cosida en pespuntes, que envolvía un trozo de papel que parecía acartonado. Lo cogió con reserva y recorrió sus propios pasos de nuevo al salón donde la esperaban. Sobre la mesa apoyó el pañuelo y lo desenvolvió entre las hilachas para coger con sus dedos la lámina que guardaba. La reconoció como la estampa que había visto en su casa en los días de difuntos. Estaba arrugada y pintada en ocre sobre blanco, casi parecía hecha a carboncillo, pero el paso del tiempo había conseguido desdibujarla en parte y los dobleces la habían llenado de líneas, como si se trataran de las venas que se desdoblaban y recorrían su cuerpo. Un corte profundo recorría la parte inferior de la estampa, casi de lado a lado, pero tal apertura se había intentado subsanar con una pequeña cinta de color pardo que se había cosido hace ya muchos años. En ella se dibujaba la Madre de Dios en ocre y blanco ofreciéndole el escapulario de la salvación con tres estrellas en el campo del Monte Carmelo. El caballero del traje oscuro, con un breve movimiento para recolocar sus lentes, tomó la nota en su formulario y a continuación se despidió amablemente atravesando la puerta de la casa familiar.


Seis meses habían pasado cuando la hija mayor volvía de arreglar las flores. Rosas blancas había elegido para aquellos días, recién cortadas con mimo del patio de su madre. Entró en el piso que había comprado hace unos años junto a su marido y se dirigió a su habitación. En el primer cajón de la mesilla encontró la vieja estampa envuelta en un pañuelo impoluto con la letra tercera serigrafiada, la cogió con la mesura de la primera vez y la llevó a su modesto comedor. La colocó en el estante central del aparador y junto a ella un jarrón con un par de aquellas rosas blancas. Bajo la atenta mirada de su pequeña y mientras su voz entonaba el rezo del Avemaría, encendió una cerilla y con un rápido movimiento de su mano prendió el pabilo de una vela. Al instante destelló en mil chispas que ardieron con fuerza en la llama que arrojó la luz de la vida sobre la estancia.


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