A los pocos días, el rey entraba triunfante en Sevilla por la Puerta de Goles tal como la Virgen le reveló, razón por la que el rey mandó tallar la imagen de la Virgen a diferentes imagineros del reino de Castilla que no lograron labrar con precisión su visión celestial.

Tres jóvenes escultores alemanes, con atuendos de los antiguos peregrinos de Santiago, se ofrecieron para esculpir la imagen de la Virgen y, con la venia del rey, comenzaron a trabajar en una de las salas del Alcazar… Dicen las crónicas que al entrar el rey en la mencionada sala de trabajo, una inmensa luz le cegó y la Virgen le sonreía mientras que los tres jóvenes habían desaparecido. El obispo don Remondo declaró el caso como milagro santo y ordenó que la imagen presidiese la capilla del Alcazar con el nombre de Nuestra Señora de los Reyes. Este relato, contado magistralmente por el historiador José María de Mena, no deja de ser parte de las páginas de la historia hispalense en las que las leyendas y las tradiciones se alean y hermanan provocando, como en otros múltiples casos de imágenes sevillanas, un aura de misterio en torno a los orígenes de nuestra Patrona. El gran Lope de Vega en su obra “La Virgen de los Reyes” dice que la imagen de Nuestra Señora fue donada al rey San Fernando por su primo Luis IX, rey de Francia, no en vano en la zapatillas antiguas de la Virgen está bordada la flor de lis que es el emblema de la Casa Real gala. Otros historiadores dicen que la Virgen de los Reyes ya acompañaba al rey Fernando cuando entró en Sevilla, en contraposición de los que cuentan que fue una donación del rey Alfonso X El Sabio al templo metropolitano, como recoge la Cantiga 324 de su fabuloso código de enseñanzas.

Gran parte de esta historia coincide con los lamentos almohades al salir de Sevilla. El poeta Abul Beka recoge en una elegía las palabras del rey Axataf, cuando al partir, desde la lejanía volvió la cabeza para mirar a Sevilla, a la par que decía: ¿Puede haber ya patria para el hombre, después de haber perdido Sevilla?

Cuando murió San Fernando, en su testamento decía que quería estar sepultado a los pies de la bendita imagen de la Virgen, tal y como hoy contemplamos en la Capilla Real de la Santa Catedral. ¡Dios te Salve, Patrona!