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Las Santas Reliquias en Berzocana

Todo sucedió en los años posteriores a la invasión musulmana. Según cuenta
la tradición, quizás tras unos primeros tiempos de tolerancia, se deteriora la
convivencia, y fue entonces cuando “los clérigos y cristianos piadosos” de Sevilla
huyeron hacia las tierras del norte buscando un lugar seguro, y con ellos se
trajeron sus tesoros más preciados. Entre estos tesoros traían la imagen de la
Santísima Virgen, regalo del Papa San Gregario Magno a San Leandro y las
reliquias de los hermanos San Fulgencio y Santa Florentina. Quizás para aligerar
la carga o por la cercanía de sus perseguidores, al pasar por Berzocana y en la
fragosidad de esta tierra, dejaron enterrada el arca de alabastro, en que estaban
las reliquias de los Santos, siendo tradición que fueron depositadas detrás de un
“brezo cano”. La imagen de la Virgen la depositaron junto al río Guadalupe, del
que luego adoptará su nombre.
La "invención" de las reliquias
La tradición popular cuenta que
su aparición tuvo lugar el 26 de
octubre de de 1223 y las encontró un
campesino que, arando con sus
bueyes, descubre el arca que contenía
las reliquias de los santos, en un
prado fragoso y lleno de maleza. Esto
ocurría siendo rey de Castilla Alfonso
XI. Este hecho es conocido y
celebrado en Berzocana desde
entonces como la “invención”. En el
arca de alabastro se contenían dos
cabezas, una de San Fulgencio y la
otra de Santa Florentina, más otros
huesos enteros, que parecían ser de
pierna y objetos pertenecientes a los
santos. Por este tiempo aparece
también la imagen de la Santísima
Virgen, encontrada por un pastor

cacereño, llamado Gil Cordero. De esta coincidencia dice Juan de Malagón, en
su Historia de Nuestra Señora de Guadalupe, que sucede así.
Ni que decir tiene que el hecho transcendió a los fieles del pueblo de
Berzocana, y desde la aparición de las reliquias, se extiende la devoción a los
santos de tal modo que acude una gran afluencia de cristianos deseosos de
venerarlas. Todo eso originó que el pequeño templo visigodo se hiciera
insuficiente para albergar a cuantos venían a venerar las santas reliquias, y por
eso se sustituye por otro más espacioso en el siglo XIV, que fue puesto bajo la
advocación de San Juan Bautista. Pero será en el siglo XVI cuando se construya el
hermoso templo actual, de estilo renacentista. Como orgullosamente dicen los
berzocaniegos, y dicen verdad, se trata de una Iglesia con trazas de catedral.
El “Pleito de los santos”


Pero la circunstancia que hace salir
la noticia de la presencia de las
reliquias de los Santos Patronos del
ámbito de Berzocana e incluso de la
Diócesis de Plasencia, es lo que se
conoce como “Pleito de los Santos”. Su
solución final se celebra ahora
cuatrocientos años después y es esta
circunstancia la que da lugar a este
Año Jubilar.
Tras el Concilio de Trento, crece la
devoción profunda por las reliquias de
los mártires y de los santos. Eran
tiempos en los que se vivía con
especial intensidad la comunión de los
santos y por eso se valoraba su
intercesión por los vivos y los difuntos.
De ahí que sea lógico el deseo de
poseer una reliquia de San Fulgencio y
Santa Florentina, aunque eso no le
gustara nada a los berzocaniegos.
En el año 1592, el Obispo de la Diócesis de Cartagena, Don Sancho Dávila,
extraordinariamente devoto de los Santos cartageneros, pretende conseguir sus
preciosas reliquias con un argumento: “por ser sus naturales, que fue su Obispo y
los tienen por Patronos”. Fue un pleito complicado y también largo, porque era
una demanda en toda regla presentada ante el mismo Consejo de Castilla. Sin
embargo, como la materia de la demanda debió despertar gran interés, el mismo
Rey Felipe II en persona, muy devoto de las reliquias, separó el pleito de los
cauces judiciales para ser él mismo la última instancia y, por tanto, el órgano
decisorio.

El proceso sería largo, pero se defendió con ahínco no sólo un derecho, sino,
sobre todo, un tesoro muy querido. De este modo se afianzó con especial fuerza
y hondura la devoción a San Fulgencio y a Santa Florentina, tanto en Berzocana
como en la Diócesis. Con la tenacidad de un pueblo, la ayuda inestimable de
Trujillo y sus autoridades, a cuyo término había pertenecido Berzocana, el apoyo
del Prior de Guadalupe, Fray Gabriel de Talavera, y la gestión decisiva de los
obispos de Plasencia y su Cabildo, lograrán que la decisión Real sea que
permanezcan en Berzocana las reliquias de los Santos Fulgencio y Florentina.
Leyenda de la Virgen de Guadalupe
Algunos códices antiguos remontan el origen de esta imagen al siglo I del
cristianismo, atribuyendo su autoría a San Lucas. Cuentan que muerto el
evangelista en Acaya (Asia Menor), fue enterrada con él esta imagen-y siguió la
suerte de San Lucas cuando fue trasladado su cuerpo, a mediados del siglo IV, a
Contastinopla. Desde esta ciudad fue llevada a Roma por el cardenal Gregorio,


que había residido en Constantinopla como legado del Papa Pelagio II.
En el año 590 fue elegido Papa Gregorio Magno. Devoto de esta imagen la
expuso en su oratorio. Un hecho trascendente puso de manifiesto la protección
de María, por medio de esta efigie: presidía el Papa Gregorio una solemne
procesión para impetrar el favor de María sobre Roma, afectada de fuerte
epidemia. Llevada por las calles entre el clamor de las gentes, vio el pueblo cómo
cesaba la peste, mientras aparecía un ángel sobre un castillo llamado desde
entonces Sant Angelo, limpiando la sangre de una espada, al tiempo que un coro
de ángeles cantaba la antífona: Reina del cielo, alégrate, aleluya, que obtuvo la
conmovida respuesta del pontífice: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.
Gregorio Magno envió a San Leandro, arzobispo de Sevilla, por medio de su
hermano Isidoro, esta imagen de María, como obsequio de afectuosa amistad. En
la travesía, desde Roma a Sevilla, se calmó una fuerte borrasca de mar, llegando
incólume la imagen al puerto fluvial hispalense, donde fue recibida por San
Leandro y entronizada en la iglesia principal, en la que fue venerada hasta el
comienzo de la invasión árabe, el año 711. Hacia 714, unos clérigos que huían
de Sevilla, alejándose del peligro sarraceno, trajeron consigo esta imagen y
algunas reliquias de santos, que escondieron en las márgenes del río Guadalupe,
cerca de la falda sur de los montes de Altamira, no muy lejo de las Villuercas

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