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Dedicado con todo mi cariño a Mari-Loli y a toda su familia, Pepe, Miguel Angel y su hermana.
Creo que ahora ya llegó el momento.


En el año 1624, La Hermandad del Cristo de la Expiración más conocida en Sevilla como la del Museo, sufrió la pérdida de su Cristo por un incendio que hubo en la capilla al quemarse los paños del altar en la noche siguiente a su fiesta.

El Cabildo general de los cofrades autorizó a la Junta de Gobierno para que encargase una nueva imagen de Cristo. La Hermandad queria que fuera una imagen que no se pareciera a las que por entonces había en Sevilla.
En este devenir, pasó un año sin ponerse de acuerdo.

Por entonces llegó a Sevilla la noticia de la fama que alcanzaba en la ciudad de Roma un escultor español, quien habiendo sido capitán de los Tercios, había aprendido a alternar el manejo de la espada con el de la gubia. Se llamaba el capitán don Marcos de Cepeda, aun cuando algunos le nombran también como don Marcos Cabrera, quiza por estar emparentado con el linaje de los Cabrera de Córdoba, de donde era natural.

El capitán Cepeda que había comenzado su labor de escultor por entretenimiento, acabó por ser tan conocido que hasta el mismo Papa le encargó obras para el Vaticano.

En 1625, el capitán regresa a Córdoba con el propósito de pasar un corto espacio de tiempo descansando antes de regresar a Italia donde tenía su taller.
Don Pedro Salazar, obispo cardenal de Córdoba lo entretiene varios meses encargándole varias obras lo que dio lugar a que en Sevilla la Junta de Gobierno del Cristo de la Expiración, lo invite a venir a Sevilla para concertar la hechura de la imagen nueva del Cristo de la Expiración.

Tras algunas deliberaciones, el capitán expuso a la Hermandad, hacer una imagen muy distinta de las que por entonces había en Sevilla. En lugar de hacerla en madera, la haría en pasta reproduciendo en moldes de barro la anatomía del Cristo como nunca se hubiera visto.

Se firmó el acuerdo el 6 de diciembre de 1625, festividad de San Nicolás de Bari, y el artista se comprometió en tenerla terminada dieciocho días después de la firma del contrato, es decir el 24 de diciembre y romper los moldes para así evitar su reproducción.

Si parecen poco los dieciocho días para construir tan maravillosa efigie, todavía le sobraron tres al capitán Cepeda, pues cuando pasaron quince días de la firma del contrato, asombró al Cabildo de la Hermandad, presentando la imagen tan original como no se había visto en Sevilla. La técnica que empleó fue reproducir el modelado en barro haciendo unos moldes y rellenándolo de una pasta fundida que daba a la imagen una suavidad de líneas y una morbidez de formas que la hacían aparecer mucho más humana que si se hubiera tallado con la gubia.

La Junta de Gobierno al recibir la imagen, demandó al capitán a que entregara los moldes para que no pudiera reproducir el Cristo nuevamente. Lo puso en cuestión el capitán porque sabía que aquella imagen era la mejor que había labrado en toda su vida. Ni siquiera acertaba a comprender como de tan toscos materiales, que son el barro y la pasta empleada, hibiera salido aquel prodigio de carne que parecía vivir.

En mala hora había firmado aquella escritura con esa claúsula de romper los moldes. Suplicó a la Hermandad todo lo que pudo y más, pero la Justicia mandó a un golilla con dos corchetes que acompañaban a un escribano que transportó los moldes hasta el puente de Triana, el 24 de diciembre, fecha en la que el contrato expiraba.
La Junta de Gobierno y gran número de cofrades acudieron a aquel lugar. El escribano levantaba acta de todo.

El pobre capitán, observaba todo desde lejos viendo como rompían los moldes y lo arrojaban al río. Quienes lo vieron aseguraron que por aquellas curtidas mejillas de hombre hecho a todo tipo de calamidades, rodaban lágrimas amargas. Y allí siguió quieto contemplando el río durante mucho tiempo.

Unos dicen que se volvió a la guerra. Otros sin embargo dicen que volvió a Córdoba y que profesó como fraile enfermero en un hospital y que allí murió cuidando de los apestados.

Y ahora viene la Leyenda que es muy emotiva.

Aquella noche del 24 de diciembre, el capitán Marcos de Cepeda, envuelto en su capa roja se echó al fondo del río desde el puente de Triana para ver si podía rescatar los pedazos del molde de la imagen.

Era Nochebuena, y en el cielo causó asombro el saber que alguien había elegido la hora del nacimiento del Niño Jesús para cometer el horrible pecado de suicidarse. El capitán don Marcos de Ceped, todavía con su capa y su chambergo, fue llevado a presencia del alto Tribunal que juzga a los pecadores.
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